<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-8273081455983586363</id><updated>2011-07-31T01:18:15.632-07:00</updated><title type='text'>EL MORRION</title><subtitle type='html'>Novela inspirada en el apasionante viaje de un adelantado a su época que lucho con los elementos, la selva, la religión y la Corona de España hasta el fin de sus días.</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://elmorrion.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Pedro Ignacio Altamirano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17642706570438990808</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_eLgEfuYb4U4/SggAM-shrYI/AAAAAAAAAIQ/jf4bvqMF1wM/S220/APOIII.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>21</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8273081455983586363.post-1027333898990455653</id><published>2009-05-26T07:40:00.000-07:00</published><updated>2009-05-26T07:41:12.105-07:00</updated><title type='text'>REQUIEM</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;REQUIEM&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;         Allí lo encontré. Sentado, paciente, con la mirada fija en mi, esperaba ser visto y escuchado. Solo me pidió unos momentos de dedicación para contarme su vida. Allí estaba, sentado sobre una gran piedra, en la arena. Pálido, transparente, pero su armadura brillaba como el sol del mediodía, cegándome con sus destellos, empuñaba su es espada, y la agitaba cada vez que ponía mas énfasis en explicarme algún detalle de su relato, intentando vivirlo de nuevo.&lt;br /&gt;         Yo era el primer hombre con el que conseguía hablar desde su ultimo dialogo terrenal. Intente explicarle como pude todo lo sucedido desde entonces: donde estábamos, quienes y como éramos ahora los españoles. No me entendió, me escuchaba absorto, intentado encontrarle algún sentido a lo que estaba escuchando.&lt;br /&gt;         Poco a poco fue convenciéndose de su triste realidad, mientras cambiaba la expresión de su cara, intentando transmitirme con ella su angustia hasta que, al fin, reconoció el hecho cierto de su muerte. Le prometí contar su historia, buscar a su familia y contarles su verdadera historia y restaurar su buen nombre, nombre que olvide preguntarle.&lt;br /&gt;         Lo único que me pidió por ultimo, fue que lo llevara a descansar a un patio de ocho pares de finas columnas árabes, en cuyo centro, una alberca de agua clara, con peces de colores, lo repescara.&lt;br /&gt;         Se lo prometí, observando como desaprecia su figura, mientras de su cabeza, creía con extrema lentitud la única prueba física de la autenticidad de esta mi historia: el morrión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;FIN.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8273081455983586363-1027333898990455653?l=elmorrion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmorrion.blogspot.com/feeds/1027333898990455653/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/05/requiem.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/1027333898990455653'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/1027333898990455653'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/05/requiem.html' title='REQUIEM'/><author><name>Pedro Ignacio Altamirano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17642706570438990808</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_eLgEfuYb4U4/SggAM-shrYI/AAAAAAAAAIQ/jf4bvqMF1wM/S220/APOIII.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8273081455983586363.post-2622275611349873781</id><published>2009-05-26T07:37:00.000-07:00</published><updated>2009-05-26T07:38:46.090-07:00</updated><title type='text'>XX LAS CATARATAS</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;XX LAS CATARATAS&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;         Embarqué a 100 infantes en las barcazas y nos dejamos arrastrar por la corriente de río. Días después ya habíamos pasado toda la parte conocida del río y comenzamos a navegar por territorio desconocido. La corriente hacia cada vez mas violenta a medida que avanzábamos. Poco a poco la cosa se empezó a complicar y empezamos a tener problemas con las piedras que sobresalían del agua. Por fortuna para nosotros, nos acompañaban varios asturianos expertos en navegación fluvial y, gracias a ellos, pudimos ir sorteándolas hasta llegar un poco más abajo donde,  nos encontramos con un nuevo remanso del río, donde por fin pudimos amarrar las barcazas.&lt;br /&gt;         Al día siguiente y, tras una reparadora noche de descanso, continuamos el viaje por aquel río que ya nos había aclarado las dudas sobre sus posibilidades de ser remontado por nave alguna. De todos modos no teníamos más remedio que continuar bajando y encontrar su desembocadura con única vía de escape.&lt;br /&gt;         Mas abajo, nos encontramos con restos humanos de castellanos atados a troncos de árboles, y con claros signos de violencia extrema. Los desatamos, recogimos y dimos cristiana sepultura. Aquello nos desconcertó de nuevo. Lo que menos podíamos esperar en aquellos parajes era señales de hombres, menos de castellanos. ¿Cómo habían llegado hasta allí? ¿Y lo que para peor, quienes eran estos nuevos indios, responsable de la matanza?&lt;br /&gt;         Preocupados, pero impulsados por el siempre inagotable espíritu de aventura continuamos río abajo. Buscamos por cuantos rincones encontrábamos en nuestro, cada vez, más inquietante río. Podríamos el mayor cuidado al realizar cualquier tipo de incursión. Temía que un nuevo ataque de los indígenas causara bajas entre las ya por si mermadas fuerzas.&lt;br /&gt;         Al poco, el río recobró sus  aguas bravas y tomamos todas las medidas necesarias para poder gobernar y asegurar nuestra navegabilidad. Llegado el momento, y dada la violencia del río y a la vista de lo peligroso que se estaba volviendo todo aquello, decidimos acercarnos a la orilla y continuar a pie. Fue demasiado tarde. No conseguimos controlar las barcazas y cada uno se arreglo como pudo para alcanzar la orilla. Solo dos barcazas lograron llegar a tierra por sus propios medios, y gracias. Pudimos recuperar algunos caballos, cuatro cañones y seis culebrinas. De los doscientos hombres, cuarenta desaparecieron para simple arrastrados por la corriente del río.&lt;br /&gt;         Cuando logramos reorganizarnos y comprobamos que al otro lado del río había llegado otro par de barcazas, todo un problema por la dificultad que supondría haber quedado separados por el cauce del río en dos grupos. El grupo del otro lado lo integraban unos treinta hombres desamparados al no disponer de ningún tipo de pertrechos, y el otro conmigo al frente de ciento y pico de hombres, con lo poco que conseguimos salvar.&lt;br /&gt;         Avanzamos ambos grupos de forma paralela al cauce del río como único medio de no perder el contacto entra ambos grupos e intentar esperar a encontrar algún lugar donde poder reagruparnos. Pero en contra de lo previsto, la corriente cobraba de forma progresiva mas fuerza, a la vez que se ensanchaba el cauce. No parecía haber sitio por donde intentar cruzarlo. En un desesperado intento de conseguirlo, tendimos unos largos cabos a riego de la vida de algunos hombres que se dejaron arrastrar ¡fue patético! Los hombres en su ansiedad por llegar, no tuvieron la mínima precaución y se colgaron más de las cuenta el mismo tiempo, y el cabo tendido con tanta dificultad termino por partir. Quedaron a merced de la corriente y solo uno de ellos logro llegar hasta nosotros con vida gracias a que se agarro al cabo por la parte que nos unía a el y pudimos arrastrarlo hasta nosotros.&lt;br /&gt;         Pero a pesar del desastre no nos quedaba otra opción que continuar con la misión. Un poco mas adelante, al río empezó a estrecharse a la vez que aumentaba aun más la fuerza de su corriente. También comenzó a llegarnos un estruendoso ruido, que delataba de forma clara lo que, un poco mas adelante íbamos a descubrir. En efecto, unas cuantas horas después vimos como ante nosotros desaparecía la tierra entre una gigantesca nube de agua. Cuando conseguimos asomarnos al corte, no pude calcular la altura de la catarata, pero, desde luego, era la mayor que jamás había visto en mi vida.&lt;br /&gt;         Allí pareció acabar el viaje. Tendríamos que sepáranos del otro grupo de hombres a intentar reunirnos abajo. Pero, ¿Por qué donde bajaríamos? Por allí, era imposible. No apreciamos ningún lugar con un mínimo de seguridad para intentarlo. Así pues, mientras empezamos a caminar, vimos como perdíamos de vista nuestros compañeros del otro lado. Desde ese momento todos quedábamos abandonados a nuestras propias suertes.&lt;br /&gt;         El camino se hacia cada vez mas sinuoso. La pequeña vereda por la que avanzábamos, trazada por alguna desconocida tribu estaba en muy mal estado y con muchas piedras que dificultaba el andar a los caballo cargados de enseres. Cada vez se hacía más y más difícil de avanzar con las continuas caídas, que gracias a dios, no causaron ninguna baja entre ellos.&lt;br /&gt;         Nos fuimos alejando de la catarata, pero el corte de tierra no parecía tener fin. Desde allí daba la sensación de que acababa un mundo y quienes abajo existiera otro muy distinto, con gente y pueblos muy diferentes a los visto hasta ahora. Esto era lo único que nos mantenía con moral para seguir avanzado, además de, claro esta, que nos no quedara otro remedio si queríamos regresar alguna vez a Nueva Granada.&lt;br /&gt;         Entre nosotros, las enfermedades empezaban a cobrarse sus tributos debido a nuestra, cada vez, más debilitadas fuerzas y escasos alimentos. Por mi parte, aunque también bastante debilitado, todavía conservaba la suficiente fuerza como para mantener alta mi moral e intentar contagiársela a mis hombres. Parecía como so Dios quisiera siempre castigarme de ese modo, haciéndome ver impotente, todas nuestras desgracias: primero el juicio de la inquisición, después, Maria Luisa y mi hija, Rodrigo, Ledesma, Musí y, quienas, a estas alturas, también mi padre. Todos habían abandonado la vida y pesaban sobre mi conciencia.&lt;br /&gt;         Pera lo que mas me mortificaba, era el hecho de no haber podido conocer a mi hija. ¿Para qué tanta lucha? ¿Para qué tanta conquista? Tan solo mi hermano Luís, del que nada sabia, sacaría provecho de tanto sacrificio. Lo daría por bien empleado, si el menos él, tenia suerte con su destino y utilizaba esto para el engrandecimiento de la familia. Pero, de forma egoísta ¿Qué me aportaría a mí una vez muerto? Ganas me daban de regresar por donde había venido y volver a Osuna, o a Granada para terminar allí mis días, sentado en algún fresco patio. Sin embargo el penoso pasar de los días en estas tortuosas tierras, se encargaba de llevarme de nuevo a la triste realidad diaria: teníamos que seguir avanzando.&lt;br /&gt;         Atravesamos una basta región con frondosa y verde vegetación. A los pocos días, por fin pudimos llegar a donde comenzaba a suavizase la pendiente y permitirnos bajar por ella. Una vez abajo, teníamos que desandar lo andado para llegar de nuevo al río e intentar localizar a nuestros compañeros. Por allí era mucho más fácil avanzar; la vegetación no era tan frondosa y nos permitió caminar con bastante comodidad.&lt;br /&gt;         Lo que encontramos era igual a lo que ya conocíamos. Ningún nuevo poblado indígena, ninguna nueva especia de animal o planta, si vimos un nuevo tipo de fruta, que gracia a Dios y por fortuna, no resulto ser dañino, porque los hombres se atiborraron, en cuanto la probaron y comprobaron su riquísimo sabor.&lt;br /&gt;         Al llegar bajo las cataratas, el arco iris multicolor, que de forma permanente cubría el valle nos pareció la puerta del cielo. Permanecimos bajo sus frescas y claras aguas hasta olvidándonos por un momento de todos nuestros pesares y dedicándonos únicamente a evadirnos, limpiarnos y refrescarnos.&lt;br /&gt;         No pudimos ver a nadie al otro lado. Empezamos a buscar algún lugar por donde cruzar al otro lado. Un poco más abajo, existía un pequeño lago, donde las aguas se amansaban, tomándose un respiro, antes de continuar su violento viaje, pero no nos atrevimos a cruzar en las condiciones en las que nos encontrábamos y arriesgarnos a algún ataque al que no podríamos responder.&lt;br /&gt;         Lo más curioso fue un hombre que se nos había despistado, quien regreso al campamento y nos contó que habiéndose adentrando bajo las aguas de la cascada había descubierto un pequeño pasaje por donde, poco a poco y con muchísimo cuidado, podíamos pasar al otro lado del río. Por él no podían pasar caballos ni cañones, pero, al  menos, podríamos reencontramos con nuestro hombre cuando consiguieran llegar.&lt;br /&gt;         Al otro lado construimos un pequeño campamento, con la ayuda de los pocos enseres que nos quedaban y aprovechando lo que podíamos de la vegetación, según las enseñanzas de los indígenas en esta materia. En el dejamos un grupo de hombres, a la espera de los que faltaban.&lt;br /&gt;         Allí permanecimos el suficiente tiempo como para estar seguros de que ya no volveríamos a ver estos hombres. Dejamos señales de nuestra presencia e instrucciones para que nos siguieran, en caso de que el fin llegara.&lt;br /&gt;         Esa zona del río era mas tranquila, pero no lo suficiente para arriesgarnos a navegar de nuevo por el, eso si, por fortuna, pudimos pescar ricas piezas y alejar el hambre. Más adelante, el río se amanso por completo, animándonos a construir, balsas y con ellas, continuar río abajo. Fue entonces cuando, un poco mas adelante, encontramos los cuerpos de nuestros compañeros desaparecidos, empalados junto al río.&lt;br /&gt;Por el avanzado estado de putrefacción que presentaban sus cuerpos, deba la impresión de haber ocurrido bastantes días atrás. Lo bajamos de allí con las pocas fuerzas que nos quedaban y dimos cristiana sepultura. No nos dieron cuartel, nada mas enterrar al ultimo hombre comenzaron a atacarnos desde todos los ángulos. Nos habían cogido desprevenidos. No pudimos o no supimos reaccionar con la debida celeridad y produjeron numerosos bajas entre nosotros. Aquello fue tal desastre que lo único que pudimos conseguir es salir corriendo cada uno por donde pudo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;         Cuando termine de correr y tuve la certeza de que ningún indígena me perseguía, me senté sobre un grueso tronco cubierto de lecho húmedo. Poco a poco empezaron a llegar los escasos hombres que lograron seguir mis pasos.&lt;br /&gt;Tal como iban llegando, se iban arrojando cada uno allí donde podía, derrotados por el cansancio. Estuvimos mirándonos, sin hablar. Nuestras miradas resultaban suficientemente expresivas. El cansancio, el desamparo, la amargura, la desesperación, la muerte, se reflejaba de modo inequívoco sobre nuestros maltratados y rotos rostros. Después de varias horas, por fin conseguimos incorporarnos y continuar avanzando sin rumbo fijo. Tan solo nos quedaba la esperanza de que se produjese la intervención de María Santísima, realizando algún milagro, que nos librara de esta vez, mas que segura muerte.&lt;br /&gt;         Unos días después, tan solo quedábamos cuatro hombres. Poco a poco iban cayendo uno tras otro, solo lográbamos enterrarlos como podíamos. Ya sin esperanzas, dejábamos pasar los días a la espera de  encontrarnos con la muerte en cualquier instante. Yo no dejaba de preguntarme el porque de mi suerte ¿Cuál era la razón de tan mala suerte y tanta desgracia? Los hombres, para mi ventura, nunca llegaron a perded la fe y confianza en mi. Les intentaba animar y dar la esperanza de que mas tarde o mas temprano, terminaríamos por encontrar alguna salida, seguros como estaban de que la suerte me acompañaba en estos casos: siempre había logrado regresar al poblado, a pesar de todas la veces que me habían dado por desaparecido. Pero en el fondo ya sabíamos cual sería nuestro final.&lt;br /&gt;         Imaginaba lo confundidos que estaban esta vez. Lo más que podía hacer, era intentar mantener alta su moral y animarles para proseguir la marcha. De forma lenta y discreta, la muerte empezó a reinar triunfalmente entre nosotros. No vino a buscarnos la muerte, dejo que fuésemos nosotros mismos quienes la fuésemos a buscar y terminar con todo aquello de una vez. Pero la muerte prefería seguir jugando con nosotros. Nos tocaba levemente con sus manos de seda, sin apretarnos si quiera, conocedora “compañera” de nuestra extremada disposición a irnos con ella a la mínima  señal por su parte.&lt;br /&gt;         Lo extraño era que, físicamente no estábamos tan mal. Si no fuera por la certeza de la inutilidad de nuestros esfuerzos, lucharíamos…. Pero, ¿contra quien? ¿Contra quienes íbamos a luchar cuatro moribundos sin armas? Nunca lo supe, sin embargo continuamos caminando día tras día, como si de nuestro interior saliera esa nobleza castellana que nos llevo hasta aquellas tierras. No queríamos que fuese ella quien nos ordenase el fin de nuestra vida, habíamos decidido no caer en esa tentación, sino ser nosotros quienes decidiéramos cuando y donde encontrados con ella.&lt;br /&gt;         Intentamos con todas nuestras cuezas, cambiar el final de nuestra propia historia. No creíamos que estuviésemos muy lejos de una salida airosa a nuestra situación. Creímos ver el pueblo, la desembocadura del río, e incluso hombres con sus armaduras limpias y brillando a contra luz que venían a nuestro encuentro.&lt;br /&gt;         En nuestros sueños, de interminables luchas agónicas, recordábamos paisajes, pueblos y amigos de nuestra infancia. Pasábamos mas tiempo volando con nuestra imaginación que intentando realmente salir adelante. Nuestro animo y espíritu cambiaba con cada acontecimiento que nos ocurría en el transcurso de los días.&lt;br /&gt;         Luchábamos. Luchábamos por todo, por un paso más, por conseguir algo de alimento, por una oportunidad o por un simple baño con agua clara. Luchábamos por  darle la justa importancia a cada cosa. Convertíamos cualquier cosa en un gran triunfo, incluso aquello que, en circunstancias normales, no se tendría en cuenta. Lo hacíamos. Lo hacíamos, quienas como ultimo acto de independencia y rebeldía contra la muerte, que nos seguía acechando pacientemente esperando nuestra entrega.&lt;br /&gt;         Una mañana, descubrimos como dos de nuestros compañeros, habían cedido a los encantos de tan seductora e infatigable compañera de viaje. Este golpe fue definitivo para nosotros dos. Parecía que al fin se había decidido a reclamarnos y Luís, mi último compañero, decidió también entregarse en un descuido por mi parte: se atravesó con su espada, ayudándose de una roca del camino. Quizás la única roca que vimos durante todo el camino.&lt;br /&gt;         Recogí mi espada del suelo y comencé a caminar, cortando cuantas plantas se me interponían, como si detrás de mi, llevara a todos los hombres que conmigo partieron. Esta vez, estaba seguro de que no estaría Rodrigo para despertare, que nadie estaría allí para hacerlo. Quizás jamás me encontraran, pero decidí morir como había vivido, luchando.&lt;br /&gt;         Por ese único motivo continué y continué haciendo lo único que podía y que me quedaba por hacer, caminar y caminar a la espera que me llegara mi turno, el último, el último turno, que de forma tan caprichosa había dispuesto la muerte para mi.&lt;br /&gt;Ente la inacabable y frondosa selva, anduve y corte todo lo que se me ponía en el camino, aguante todo lo que mi cuerpo pudo dar de si. El tempo dejo de existir, los días, fundidos con las noche pasaban ya sin ser contados. Andaba día y noche sin cesar acumulando esfuerzos y cansancio. Cuando ya no pude aguantar mas me senté sobre unos confortables matojos y me recosté, consiguiendo entrar en el largo sueño del que nunca logre despertar.&lt;br /&gt;Los recuerdos se empezaron a agolpar ante mí de tal forma que conseguía verlos todos juntos y al mismo tiempo. Mi infancia con Luís, las encarnizadas batallas con el Padre Jesús cuando aun era pequeño, mi madre, las enseñanzas de Fray Juan, su formación sobre el arte de la lucha con espada, de la monta, de cómo se debe mandar para ser obedecidos, mi padre, recordándome en todo instante quien era, quien tenia que ser. Mi pasado, mi familia, todo estaba allí conmigo.&lt;br /&gt;         Eso me agradaba. Al mismo tiempo que intentaba volver, despertarme, despertar de forma desesperada, una y otra vez, conocedor del significado de toda aquella paz y tranquilidad. Pero, ¿estaba muerto?... ¿Dónde estaban Luís, Rodrigo, Maria Luisa, mi hija, Musí y todas aquellas personas que dejaron la vida antes que yo? ¿No nos prometieron reencontrarnos en el Reino de los Muertos? Yo continuaba solo, y así seguí buscando, año tras año, algo o alguien que me explicara donde estaba o quien era.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8273081455983586363-2622275611349873781?l=elmorrion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmorrion.blogspot.com/feeds/2622275611349873781/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/05/xx-las-cataratas.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/2622275611349873781'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/2622275611349873781'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/05/xx-las-cataratas.html' title='XX LAS CATARATAS'/><author><name>Pedro Ignacio Altamirano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17642706570438990808</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_eLgEfuYb4U4/SggAM-shrYI/AAAAAAAAAIQ/jf4bvqMF1wM/S220/APOIII.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8273081455983586363.post-675638493398024617</id><published>2009-05-25T12:08:00.001-07:00</published><updated>2009-05-25T12:08:48.879-07:00</updated><title type='text'>XIX IRIQUI</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;XIX IRIQUI&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;            Cuando llegamos a las pirámides donde estaban enterrados nuestros hombre y una vez rezado un responso por el eterno descanso de sus almas, continuamos el viaje justo donde lo habíamos dejado.&lt;br /&gt;Empezamos a bajar la ladera del monte, sin encontrar ninguna pista que nos indicara la existencia de indígenas por aquella zona. Entramos en un valle profundo y estrecho, donde la vegetación llego a espesarse como nunca hasta entonces. Cruzarlo nos llevo bastante tiempo y esfuerzo, lo que nos dejo debilitados durante varios días visto desde mi llegada a estas tierras. Estaba formado por una mullida capa de hierba que rodeaba un pequeño lago, de aguas finísimas y de muy buen sabor. Aquel sitio sería perfecto para fundar alguna ciudad, si no fuese por lo recóndito y extraño del lugar, de todos modos, dejamos allí a unos cuantos hombres con nuestras pesadas cargas, mientras el resto continuábamos la búsqueda.&lt;br /&gt;Realizábamos todo tipo de tareas, no solo la de perseguir indios, recogíamos plantas, aves, frutas y todo aquello que no nos fufa conocida, sin olvidar la importantísima labor que consistía en trazar los planos de todas las nuevas zonas por las que pasábamos. Esta vez si pude dedicar mas tiempo a estas labores, conmigo venían varios aficionados a la botánica, con quienes pude compartir muchos ratos agradables de tertulia, mientas intentábamos clasificar todo lo que recogíamos. Esto era lo anecdótico del viaje, el trabajo diario era bastante mas duro para los hombres debido a lo difícil dureza del terreno por el que caminábamos. Casi a diario teníamos que lamentar la perdida de alguno de ellos, para el decaimiento en general del resto de infantes.&lt;br /&gt;            El tiempo pasaba sin que encontráramos nada. Parecía que para descubrir algo en estas tierras había que pagar su tributo previo, tanto en fatigas y tiempo, como en vidas humanas. Tributo en los momentos más difíciles no era comprendido por los hombres, que como siempre eran los más perjudicados. En el fondo, también eran los cocientes de estos riesgos y lo asumían. Todos habían llegado hasta aquí buscando que la suerte les hicieran ricos y salir de la mísera vida que llevaban en tierras castellanas, extremeñas y andaluzas. De todos modos, solo la mínima parte conseguía su objetivo, el resto, por norma se perdían en las expediciones, de las que nunca se sabia el final, después morían de enfermedades desconocidas y otros muchos de hambre o perdidos en aquella interminable jungla.&lt;br /&gt;            Había quien si conseguía hacer fortuna en las nuevas tierras. Eran estos los que, cuando llegaban a sus pueblos cargados de oro, mandaban a los indias nuevos  contingentes de hombres, intentando que pretendían seguir su misma suerte. Por ahora, gracias a Dios, los hombres que venían conmigo, y yo mismo, estábamos entre los elegidos por fortuna.&lt;br /&gt;            Una vez que nos cansamos de perseguir fantasmas, dimos media vuelta y regresamos a las pirámides. Cuando nos estábamos acercando, los indígenas que llevábamos como guías,  regresaron y nos contaron que el campamento estaba lleno de aborígenes celebrando algún extraño rito.&lt;br /&gt;En efecto, cuando pudimos acercarnos los suficientes para ver con claridad, apreciamos con horror que habían desenterrado los cuerpos de nuestros hombres y, una vez descuartizados, los espaciaban por los alrededores, utilizando cuerdas a modo de onda. No lo pensamos: de nuevo cogimos las armas y cargamos violentamente contra ellos. No paramos de combatir hasta despejar toda la zona de las pirámides. No se si se libro de la muerte algún indígena, pero, por primera vez, no sufrimos bajas entre nosotros, lo que reflejaba hasta que punto se emplearon en el cuerpo a cuerpo los hombres.&lt;br /&gt;            La amenaza parecía haber sido eliminada, pero seguíamos sin obtener resultado en la búsqueda del poblado que contacto ahínco buscamos y, para mayor desgracia, no logramos capturar a ningún indígena vivo a quien poder interrogar y desvelar la localización del poblado.&lt;br /&gt;            Un par de días depuses, continuamos la exploración por la ladera opuesta. Esta zona parecía mucho mas fácil, avanzamos mucho mas y los hombres, después de lo las pirámides habían recuperado la moral.&lt;br /&gt;            Bajamos por lo que parecía el cauce seco de algún torrente en el que el agua, aparecía, y desaparecía a su capricho, hasta llegar por fin otro lago, de parecidas características al que anteriormente habíamos encontrado. Allí decidimos establecer un nuevo campamento y buscar en círculo el poblado. Tuvimos suerte; en la primera salida que hicieron los hombres, encontraron algo extrañísimo que no supieron explicar con suficiente claridad.&lt;br /&gt;            Hacia allá nos dirigimos con mayor rapidez. Al acercarnos, tampoco yo supe explicarme que era lo que veían mis ojos. Parecía una rara y gigantesca colmena de abejas. Que de cada celda, se despenaría una escala hasta el suelo.&lt;br /&gt;            Ante de adéntranos en su misterio, me permití el lujo de dedicarme unos momentos a dibujar tan extrañas formas. Cuando termine empujado por las prisas de mis oficiales, entramos sigilosamente, con las armas empuñadas. Por aquel lugar parecía no haber nadie. Quizás fueran sus arbitrantes las victimas de nuestro último ataque, pero de que entre ellos no había mujeres ni niños, por lo que alguien debía haber quedado allí, y no tardaron mucho en salir. Instantes después comenzaron a aparecer desde todos los rincones. Incontenibles en su primer momento, nos vimos obligados a replegarnos contra un pequeño muro de tierra, que por lo menos nos cubrió la retaguardia. Desde esa posición empezamos a deshacernos del inesperado ataque consiguiendo disparar las culebrinas, que dieron al mismo buen resultado de siempre: los indígenas emprendieron la huida despavoridos entre la vegetación de la selva, como si nunca hubiesen estado allí, pero esta vez si tuvimos que lamentar la perdida de algunos hombres. Incendiamos todo aquel extraño poblado, más digno de animales que de seres humanos y regresamos a las pirámides.&lt;br /&gt;            Reunidos todos junto a una fogata, llegamos a la conclusión de que aquel pueblo no era al que buscábamos. No era posible que una construcción  tan solo como una pirámide fuera obre de los mismos que Vivian en tan primitivo poblado. Teníamos que seguir buscando a los constructores de aquellos monumentos.&lt;br /&gt;            Cuando por fin decidimos regresar a Nueva Granada, con las manos tan vacías como cuando salimos, uno de nuestros hombres atrapo a un indígena. Una vez interrogado, nos relato la existencia de un gran poblado al otro lado del río. A este poblado lo conocían con el nombre de Iriquí, que traducido de su extraño dialecto, significaba algo parecido a “la ciudad que brilla”. La traducción literal que nos hizo el oficial encargado de ello nos abrió los ojos de tal forma que a más de uno parecieron salirse los ojos de las orbitas. No hizo falta organizar nada, esta vez: esas mágicas palabras en boca del oficial, fueron la orden más rápidamente cumplida por un infante  que yo recuerde. A las pocas horas de ser pronunciadas ya estábamos nuevamente en marcha.&lt;br /&gt;            Continuamos bajando por el río para aprovechar su corriente. La llegada hasta las proximidades de Iriquí, fue rápida. Al tener ante nosotros aquella majestuosa ciudad. Ordene pasar de largo y un poco más abajo, apostados en la orilla, pensar mejor los planes trazados, en vista de las dimensiones.&lt;br /&gt;            En un primer momento, estuve tentado de enviar por más ayuda, pero la gran distancia que nos separaba me hizo desistir ya que si esperábamos a los refuerzos, lo mas seguro es que seriamos descubiertos antes de su llegada. Así pues decidimos quedarnos allí y vigilar al poblado, antes de tomar una decisión.&lt;br /&gt;            Cada día enviábamos a algunos hombres a vigilar el poblado. Salían temprano y volvían al anochecer, informando de todo lo que habrían visto y que nos fuese de utilidad. De ese modo descubrimos que era el primer poblado con algo parecido a un ejército organizado, convirtiéndose esto desde ese momento, en nuestro principal problema.&lt;br /&gt;            ¡Menos mal que tuvimos tiempo! Gracias a ello, pudimos hacernos una idea bastante aproximada de cómo funcionaban. Tenían de todo, excepto caballos y armas de fuego. Los hombres venían contentas las excelencias de los tiradores indígenas, los que erraban muy poco en el tiro. Un poblado, en fin, digno de ser conquistado por nosotros, con todos los honores.&lt;br /&gt;            Acordamos permanecer allí y organizarnos mientras enviamos a Nueva Granada por más gente ya que, tan peligroso era ser descubiertos, como atacar con nuestras fuerzas todo aquel ejercito.&lt;br /&gt;            Por primera vez, el tiempo pasaba tan deprisa que no nos daba tiempo a preocuparnos de las pequeñeces que, en otras ocasiones, nos parecían de tan difícil solución y causa de graves enfrentamientos y desmoralización entre nosotros. Así, sin apenas darnos cuenta, llegaron los refuerzos, gracias a la experiencia acumulada tras nuestras primeras incursiones en el nuevo río.&lt;br /&gt;            Mi padre no vino debido a una dolencia que le impedía andar más de tres o cuatro minutos. Representándolo, al mando de las fuerzas de refresco, venia otro experto capitán de nuestra confianza, llamado José de Mendoza. Con el llegaron otros quinientos hombres totalmente pertrechados con todo tipo de armas y artilugios. Montaron tal escándalo que no me explico como no fuimos descubiertos por el enemigo, pero este, andaba tan ocupado y seguro de si, Clen podía imaginar lo que tan cerca se estaba organizando.&lt;br /&gt;            Cuando al fin estuvo todo organizado, colocamos los cañones y culebrinas en los puntos donde pensamos harían mayor daño y crearían mayor confusión en los primeros momentos, ya que eso seria nuestro mejore aliado. Aprovecharíamos la confusión para entrar al galope, y dar tantas pasadas como dos fuese posible. Intentaríamos sacar a la gente del pueblo, con el fin de no entablar combate directo con ellos, porque nos superaban infinitamente en número y un ataque frontal seria nuestra perdición.&lt;br /&gt;            En las primeras horas del día, y tras observar que nadie andaba por las calles de Iriquí, ordene abrir fuego. Con el estruendo de los primeros impactos sobre sus edificios, sus moradores saliendo a la calle, tan despavoridos como estaba previsto, mineras buscaban algún lugar seguro donde esconderse, pero no lo había. Cuando vimos que existía suficiente confusión, entramos en el pueblo a galope y empuñando las armas, cortamos cuantas cabezas se cruzaban en nuestro camino. Cuando todo termino, entro el resto de los hombres. Por fortuna, cuando estos entraron ya no quedaban muchos indígenas con ganas de seguir peleando y tardaron poco en comenzar a tirar sus armas. Concentrándose en las plazas.&lt;br /&gt;            Reunidos a todos los supervivientes en una gigantesca plaza que daba al río. Allí su Rey les explico la nueva situación, que acataron de inmediato. Poco a poco  fuimos registrando casa por casa, sacando de ellas todo aquello que poseía algún valor para nosotros. Lo recogido se iba acumulando en la plaza, bajo unos cuantos cobertizos, construidos para tal fin, por los mismísimos indígenas. ¡Que poco les imputaba que sacáramos todo aquello! Era como si de nuestras casas se llevaran lo que menos valor tuviese para nosotros. Escala de valores pensé.&lt;br /&gt;            De inmediato regrese a nueva Granada fui recibido por mi padre que se encontraba bastante decaído, a pesar del empeoramiento que había sufrido su estado general de salud, aguanto estoicamente todo mi relato. El principal problema que encontró era el de siempre: como llevar todo aquel oro hasta Nueva Granada. Remontar el río era tarea imposible, y llevarlo a pie de locura, así pues no quedaba otro remedio que encontrar una vía a través de es nuevo río. Misión que me ordeno preparar de inmediato. Tras dejar organizado Iriquí, al que bautizamos con el nombre de “San Julián” en honor a este santo tanta devoción tenia mi padre.&lt;br /&gt;            A San Julián llegue con mas hombres para establecerme allí mientras buscaba voluntarios para la misión que me había encomendado mi padre. Esta vez fue mucho más difícil conseguir la gente necesaria: los hombres se encontraban cansados y el oro conseguido les parecía suficiente para saciar la ambición de la mayoría, solo pensaban en regresar lo más rápidamente posible a sus casas y disfrutar.&lt;br /&gt;            Utilizando este motivo, intente convencerlo de la necesidad y urgencia de esta misión: para poder ir a sus casas, debíamos descubrí la nueva vía por donde hacerlo, ya que por Nueva Granada era del todo imposible. No tuve mucha suerte, me tuve que conformar con reclutar soldados entre aquellos que llevaban menos tiempo en las nuevas indias y aún no habían conseguido recompensa alguna, y entre aquellos cuya ambición parecía no terner fin. De ese modo, apena reuní doscientos hombres, por lo que la misión se me antojaba mucho mas complicada de lo que en un principio me pareció.&lt;br /&gt;            Tampoco le di la mayor importancia, pero creo que debería haber regresado a Nueva Granada. Informar de mis problemas y reunir allí a los hombres que me hacían falta. Las ganas de germinar con aquello rápidamente, y un exceso de optimismo, me llevaron a comenzar la búsqueda con lo que pude conseguir en San Julián.&lt;br /&gt;            Sobre Iriquí no doy más señales, por ser de muy parecidas características a las de Nueva Granada, pero con muchísima más riquezas. Según que cuando regresara habiendo descubierto esa nueva vía de comunicación se convertiría en la más ciudad importante de las que hasta entonces habíamos descubierto.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8273081455983586363-675638493398024617?l=elmorrion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmorrion.blogspot.com/feeds/675638493398024617/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/05/xix-iriqui.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/675638493398024617'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/675638493398024617'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/05/xix-iriqui.html' title='XIX IRIQUI'/><author><name>Pedro Ignacio Altamirano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17642706570438990808</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_eLgEfuYb4U4/SggAM-shrYI/AAAAAAAAAIQ/jf4bvqMF1wM/S220/APOIII.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8273081455983586363.post-398763283400299504</id><published>2009-05-25T11:23:00.000-07:00</published><updated>2009-05-25T11:24:40.896-07:00</updated><title type='text'>XVIII EL OTRO RIO</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;XVIII EL OTRO RIO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;            Andaba Rodrigo preocupado por la lenta marcha que llevábamos debido a la cantidad de hombres que componían la expedición y la tremenda espesura de la selva. Durante todo el día, estábamos obligados a ir de forma continua cortando matojos y más matojos. Los caballos, fatigados por el calor y la humedad, se negaban a continuar caminando, obligándonos a fustigarlos más de lo necesario, tanto a ellos, como a nosotros mismos.&lt;br /&gt;            Desde mi primera andadura por esta tierras no recordaba nada igual, y menos mal que no estábamos en época de lluvia, porque en ese caso si que no hubiésemos podido hacer el camino. Por lo que menos preocupado estaba en esta misión, era por lo referente a la organización de nuestra defensa. Los hombres y animales que integrábamos la larga serpiente metálica, avanzando entre la basta vegetación, era mas que suficiente para mantener a raya a los indígenas que pudiesen cruzarse en el camino. Por el momento no habíamos visto a ninguno.&lt;br /&gt;            Tardamos poco en encontrar el río, estaba más cerca de San Juan de lo que habíamos previsto en un principio. De forma inmediata envíe emisarios a nueva Granada con la grata noticia. Los que nos quedamos en el río comenzamos  a construir balsas con las que empezar a navegar por el río y averiguar si era el mismo u otro distinto al conocido, en cuyo caso, deberíamos encontrar su desembocadura.&lt;br /&gt;             El lugar donde habíamos encontrado el río era ideal: tenía un gran claro, rodeado de buena madera y el fondo del cauce parecía lo bastante profundo para permitir construir balsas de gran tamaño con el fin de llevar al mayor número de gente posible.&lt;br /&gt;            Construimos tres balsas, donde subimos setenta hombres en total. Yo mandaba todo el grupo y la primera de ellas, Rodrigo capitaneaba la segunda y la tercera iba bajo el mando del joven capitán Hernández. El resto de hombres quedaron esperando a mi padre para ponerse bajo su mando.&lt;br /&gt;            Nos dejamos llevar por la corriente del río con la máxima atención posible, tanto para no perdernos como para no ser sorprendidos por un ataque inesperado. Si conseguíamos llevar el rumbo corriente y estábamos en el mismo río, no tardaríamos mucho en encontrar San Juan. El único y grave problema era la posibilidad de equivocarnos y, en vez de seguir río abajo, meternos en algún afluente de que terminara por perdernos por aquella selva.&lt;br /&gt;            Los primeros días de navegación transcurrieron con la misma monotonía de la selva cuando esta tranquila. Al tercer día vimos aparecer un pequeño poblado en la margen derecha del río. Estaba todo el pueblo congregado en la orilla, observando con curiosidad nuestra llegada. Era la primera vez que ocurría que todo un pueblo saliera a recibirnos por las buenas: esto logró sorprendernos y nos pusimos en guardia ante tanta inesperada amabilidad.&lt;br /&gt;            Al llegar junto al diminuto embarcadero, pusimos pie en tierra, mientras dejábamos en las balsas a los hombres con las armas preparadas por si tenían que salir a rescatarnos. Unos cuantos indígenas nos cogieron de la mano y nos llevaron ante presencia de un anciano que parecía ser su jefe, rey o como llamaran a este individuo. Una vez situados frente a él, no quería que acabáramos con sus vidas. Así y para nuestra mayor sorpresa, acataron de buen grado nuestra llegada, reconociendo a Dios, al Emperador y cuantos les pusiéramos delante. Creo que la fama que habíamos adquirido, después  de tantas masacres, el mismísimo Satanás, hubiera acepado todos nuestros condones, con tal de no provocar nuestra cólera.&lt;br /&gt;            Le preguntamos si este río comunicaba con otro mayor que existía por allí cerca, nos dio unas nada esclarecedoras respuestas de las que dedujimos que no conocían bien el terreno más Allá de sus propias tierras. A este pequeño pueblo, le pusimos el nombre de “San Judas”, capricho del Agustino que nos acompañaba.&lt;br /&gt;            Después de dejar a diez hombres en el poblado, proseguimos río abajo. Rodrigo andaba algo inquieto, sin saber a ciencia cierta la razón. Decía que tanta tranquilidad y sosiego no le gustaba, prefería la acción aunque era mas duro de llevar. Como era normal entre los hombres, siembres había división de opciones, yo desde luego prefería a la tranquilidad. A eso de media tarde, el río empezó por primera vez, desde que llegue a estas tierras, a embravecerse por la corriente y así ahorrando por primera vez la engorrosa necesidad de impulsarnos de forma manual.&lt;br /&gt;En un principio nos alegro pero, de inmediato caímos en las dificultares que esto acarrearía a la hora de regresar por el río en caso de que fuese necesario. Rodrigo, como buen optimista, no le dio la menor importancia, decía que al llegar a San Juan, volveríamos caminando, y en paz. ¡Quizás llevara razón! Por el momento ya teníamos un pequeño problema, no habríamos como volver en caso de no estar en el río que pensábamos.&lt;br /&gt;            Con la corriente más fuerte de lo acostumbrado, avanzamos más terreno de lo previsto. A este ritmo ya deberíamos haber llegado a San Juan y, sin embargo no teníamos la minima señal. El paisaje era muy distinto, por lo que o, nos habíamos despistado, o bien, y más lógico, este no era el río que conocíamos, sino uno distinto al principal. Decidimos continuar unos cuantos días más y en caso de no alcanzar San Juan, volveríamos como pudiésemos río arriba dando por sentado, haber descubierto un nuevo río mucho más bravo que el anterior, siendo inútil por tanto para nuestros propósitos. A cambio teníamos ante nosotros, todo un nuevo territorio para explorar y conquistar.&lt;br /&gt;            Cuando empezábamos a pensar en dar media vuelta, vimos a lo lejos, cruzando el río unas canoas decoradas con colores muy vivos. Estos indígenas no nos hicieron el menor caso. Rodrigo, de inmediato se puso alerta y mando preparar todas nuestras armas disponibles, ya que, justo al cruzar el río, esos hombres habían desaparecidos.&lt;br /&gt;            Cuando llegamos, pudimos explicarnos el porque de su desaparición, el río por donde habíamos bajado no era sino un afluente de otro mucho mayor, por donde pasaron las canoas divisadas. Lo más extraño era el modo en que desembocaba el afluente; totalmente vertical. Sin ningún tipo de delta, meandro o accidente. Allí, en perpendicular ese mismo lugar, amarramos las balsas, mientras decidíamos que hacer.&lt;br /&gt;            Yo opinaba que lo mejor seria reiniciar el camino de regreso y volver más preparados, lo que sin duda, era todo un reto. Rodrigo, compartía la opinión de los hombres que querían continuar por el nuevo cauce y  buscar nuevos poblados, con la esperanza de nuevas recompensas en oro. Así pues, me dejé convencer y  nos dejamos arrastrar por la corriente del nuevo río.&lt;br /&gt;            El cauce se hacía cada vez más ancho. Parecía ser aun mayor que el que conocíamos, si no fuese por la fuerte corriente, nuestros barcos podrían rebotarlo sin ninguna dificultad. Sin embargo, su tamaño era también el mayor obstáculo para nosotros. Nos obligaba a navegar pegados a una de las márgenes del mismo, porque, de hacerlo por el centro perderíamos el control sobre la barcaza.&lt;br /&gt;Navegábamos por la izquierda, tal como habíamos decidido tras mucho discutir, pero, en verdad, parecía que la diosa fortuna nos había dado la espalda, ya que por allí no se podía ver nada, solo la misma vegetación de siempre. Por esta razón, cambiamos de margen, pero por desgracia, obtuvimos el mismo resultado negativo: por ningún lado aparecían signos de vida.&lt;br /&gt;            Más adelante, en una diminuta pero suficiente playa para nuestro desembarco, montamos el campamento y nos dispusimos a Hacer algunas incursiones desde allí.  En la primera partió Rodrigo acompañado por quince hombres. A los pocos días regresaron sin resultado alguno. Organizamos algunas incursiones más de este tipo, sin que ninguna nos diera señales de nada. Así pues, recogimos el campamento y continuamos río abajo.&lt;br /&gt;            La siguiente playa en la que desembarcamos era mayor que la anterior y pudimos permitirnos el “lujo” de montar las tiendas. Desde esta playa observamos unos montes, no muy lejanos de donde estábamos. Y a los que podíamos sin demasiadas dificultadas.&lt;br /&gt;            Hacia allá partió Rodrigo acompañado por más de veinte hombres. Como esta misión llevaría algún tiempo, aproveche el mismo para internaros en la selva y empezar a buscar la comida que ya nos estaba haciendo falta. Nos volveríamos a encontrar transcurridas varias semanas, una vez cumplido el plazo, no tener noticias de Rodrigo, me dispuse a partir en su búsqueda.&lt;br /&gt;            Seguimos el sendero dejado por él y sus hombres. No veíamos ninguna señal que nos hiciera suponer que hubieses ocurrido nada extraño. El camino hasta llegar a las faldas de los montes fue fácil, pero no así el ascenso. Sus pendientes eran muy pronunciadas y resbalosas, por ellas caímos una y otra vez haciéndonos polvo cada vez que resbalábamos. Cuando al fin logramos alcanzar la cumbre, descubrimos, para nuestro asombro, como aquello no era sino el comienzo de una nueva, enorme y cada vez más alta cadena montañosa y, lo que era peor, de Rodrigo, ni señal.&lt;br /&gt;            No nos quedaba más remedio que continuar avanzando en busca de algo que nos ayudara a encontrar a Rodrigo y a sus hombres. Empezamos a bajar el sendero y avanzar por el valle. Las cumbres eran cada vez más altas. De forma lenta comenzamos a subir por la que nos indicaba el sendero de Rodrigo. Poco a poco, paso a paso, nos acercábamos a su cima. Un poco más arriba, después de cruzar una zona de niebla que resulto ser una gigantesca nube, descubrimos a lo lejos, un poco más arriba de donde nos encontramos, pero en el monte de al lado, un gran monumento en forma piramidal, semejante a los que existían en Nueva Granada.&lt;br /&gt;            Hacia aquel punto nos dirigimos de inmediato, acelerando en lo que pudimos nuestro paso. Con más trabajo de lo que previmos, conseguimos alcanzar la falda del monte contiguo y comenzar a subir por él. A medida que subíamos, comenzamos a presentir alguna tragedia. Aquel lugar estaba completamente lleno de cráneos humanos, colgados de los árboles, señal inequívoca de la presencia de caníbales.&lt;br /&gt;            Continuamos el ascenso con las armas empuñadas dificultando aun más el ascenso. Al alcanzar un pequeño rellano, paramos a descansar el tiempo justo para comer algo y continuar en el intento de llegar al monumento aún con luz.&lt;br /&gt;Cuando llegamos a su pie, quedamos sorprendidos de la altura real de la pirámide. Eran muchas más altas de lo que parecía desde lejos. Empezamos a subir, peldaño a peldaño, aquella interminable escalera, lo extraño fue, no ver a nadie por allí y su descuidado aspecto exterior. Al empezar a retirarse la luz del sol, alcanzamos la puerta de una pequeña caseta que coronaba la pirámide. Encendimos una antorcha y penetramos en ella. Curiosamente, empezamos a bajar otra vez, por unos cada vez más estrechos y húmedos pasillos.&lt;br /&gt;Después de bajar con la impresión de bajar mas escalones de los que habíamos subido, entramos en una gran sala. Una vez en su interior, encendimos más antorchas para ver por completo el aspecto que la sala ofrecía, pero, al lograr iluminarla, no pudimos observar más que paredes desnudas, de donde partía otro pasillo que conducía a la sala contigua. Al entrar en ella nos encontramos el horrible espectáculo que ofrecían los cuerpos de nuestros hombres, incluyendo el de mi queridísimo amigo Rodrigo.&lt;br /&gt;            Sus cuerpos estaban colados de los pies, enterrados en polvo de oro hasta más arriba de la cintura. Consternados y preocupados, descolgamos uno a uno a nuestros compañeros. Terminada la desagradable misión de darles cristiana sepultura, el Padre Jaime, santifico el campo donde descansaban los cuerpos y fundamos un pequeño cementerio, al mismo pie de la pirámide, con el nombre de “San Justo”. Jamás llegué a recuperarme del tremendo pesar que para mí, supuso la perdida de Rodrigo.&lt;br /&gt;            Nos quedamos varios días por aquella zona, recogiendo el polvo de oro y buscando a los indígenas responsables de tan horrible asesinato. De igual modo, buscábamos comida, que, al llevar tanto tiempo de marcha, ya escaseaba.&lt;br /&gt;El regreso fue lento, lo tuvimos que hacer a pie ante la imposibilidad, por otro lado ya prevista, de utilizar las balsas para remontar el río. Por el borde del mismo empezamos a caminar, subiendo por el camino por el que habíamos llegado allí. Los días, eran interminables. Pasábamos el día arrancándonos las sanguijuelas y escupiéndonos  los omnipresentes mosquitos.&lt;br /&gt;Quienes iban cargados con las sacas de oro eran, en cierto modo, los sentenciados a muerte porque, soportando el peso, se hundían más en el fango del pantanoso terreo y terminaron rendidos.  Por si fuera poco, fuimos atacados por unos indígenas desconocidos que, debido a nuestra extenuación, nos causaron numerosas bajas, hundiéndonos aún más nuestra ya escasa moral.&lt;br /&gt;De los setenta hombres que iniciamos el camino, apenas quedábamos veinte, y en más de la mitad, la fiebre estaba haciendo verdaderos estragos. Para nuestra ventura y gracias a la intuición de uno de nuestros hombres, encontramos de nuevo el cauce del río donde el agua amansaba. Construimos una pequeña y rudimentaria balsa y con el mínimo esfuerzo alcanzamos San Judas, donde nos recibieron los diez hombres, quienes habían organizado a la perfección todo el poblado.&lt;br /&gt;Estuvimos descansando durante varios días, recuperándonos de lo acontecido. Lo más significativo fue la “casualidad” de haber conseguido llegar con todo el polvo de oro que arrastramos desde la pirámide. En el pueblo construimos, con la ayuda de los indígenas, una balsa mayor para volver al pueblo todos juntos, incluido el oro, que serviría de recompensa a los hombres que consiguieron sobrevivir y hacerles llegar su parte a las familias de los fallecidos, cosa esta que agradecieron todos los hombres.&lt;br /&gt;Si poco tardamos en rebotar el río, menos aún en llegar a Nueva Granada. Entramos en medio de la algarabía general de sus moradores, que poco a poco, fue transformándose en preocupación, según se iban dando cuenta del estado de los pocos hombres que llegábamos. De todos modos, la gente siguió jadeándonos, con más fuerza si cabía, al instruir la epopeya que acabamos de vivir.&lt;br /&gt;Cuando llegamos ante el gran palacio, mi padre estaba sentado en un pedestal de piedra, labrado con los escudos de Castilla y el de mi familia. Ni siquiera se levantó. Tuve que llegar a su altura y saludarlo de forma solemne, solo entonces se levantó y me abrazó con fuerza. Emocionados los dos, me costó verdadero trabajo separarlo de mi. Cuando conseguí que se tranquilizara y al fin pudimos sentarnos, y sin que nadie nos molestara, comencé a relatarle mis venturas y desventuras en el viaje que acababa de terminar. Me llevó casi toda la noche. Empecé a extrañar la presencia de María Luisa, pero, dada la importancia del tema que tratábamos no quise preguntar pensando que mías tarde me reuniría con ella. Cuando terminé el relato, él me miro fijamente, con una mirada delatora de que algo no iba bien. Se lavando, se me acerco lentamente y me abuzo de nuevo. Esta vez con lágrimas en sus ojos, no sabia como empezar a contarme la trágica noticia que también yo empezaba a intuir: durante mi ausencia y a causa del parto, habían perdido la vida María Luisa, como mi pequeña hija. Estaban enterradas bajo el altar de la que seria una gran catedral ordenada construir por mi padre. La pequeña solo pudo vivir el tiempo necesario para ser bautizada con el hombre de su madre. Juntas descansarían para siempre.&lt;br /&gt;Aquel suceso termino de hundirme en una profunda tristeza, no por la soledad, o la perdida de mi amigo y familia en sí, sino porque pensaba que estaba siendo castigado por Dios, al ser el responsable de tanta injusticia y crueldad con los indígenas, que a mi pesar, se había realizado de forma infrahumana y con mas frecuencia de lo debido. Con todo esto, empezaron a acumularse en mi mente preguntas para las que nunca encontré respuesta. Cambio mi carácter, de tal forma, que ni yo mismo me apuntaba.&lt;br /&gt;De aquella trágica experiencia solo recuerdo y creo que lo único que saque en claro, es  la existencia de aquel otro río, que mi para  ponerle nombre tuvimos tiempo. Alguien pensó en bautizarlo como Río de la Tranquilidad de los Muertos, “pero”, claro esta, no queríamos recordar eternamente estos sucesos, por lo que decidimos dejar el bautismo para una mejor y más alegre ocasión.&lt;br /&gt;Mi padre me aconsejo que emprendiera de inmediato una nueva expedición, en el fin de sacarme de la depresión, que, poco, a poco, empezaba a minar mi espíritu, perdiendo todo interés por cualquier asunto.&lt;br /&gt;Acepte sin vacilar volver a las pirámides y buscar, desde allí, a los responsables de la matanza y su poblado, que en vista de la grandiosidad presumimos, debería ser de baste rico.&lt;br /&gt;Esta misión  que iba a emprender, iba a ser muy triste y distinta sin los sabios consejos de Rodrigo ¿Cómo podía un capitán bajo cuyo mando habían muerto tantas personas, organizar otra misión? No lo se, pero había que hacerlo, y como siempre se hizo.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8273081455983586363-398763283400299504?l=elmorrion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmorrion.blogspot.com/feeds/398763283400299504/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/05/xviii-el-otro-rio.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/398763283400299504'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/398763283400299504'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/05/xviii-el-otro-rio.html' title='XVIII EL OTRO RIO'/><author><name>Pedro Ignacio Altamirano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17642706570438990808</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_eLgEfuYb4U4/SggAM-shrYI/AAAAAAAAAIQ/jf4bvqMF1wM/S220/APOIII.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8273081455983586363.post-1717641604580626540</id><published>2009-05-25T09:16:00.001-07:00</published><updated>2009-05-25T09:16:54.696-07:00</updated><title type='text'>XVII NUEVA GRANADA</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;XVII NUEVA GRANADA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;            Los días de espera de la llegada de los refuerzos de España, con los remordimientos por lo sucedido con el Güají, ¡cuando odio debió tener acumulado en contra nuestra para actuar como lo hizo! Pero nosotros éramos infinitamente peores, matábamos sin sentimientos, ni siquiera el de odio.&lt;br /&gt;Al poco el milagro esperado. Vela río arriba. Esta vez era toda una flota completa que trajeron, nada más y nada menos, que a mil quinientos hombre, y al  frente de todo aquello, mi padre en persona.&lt;br /&gt;            La alegría fue inenarrable, allí hubo de todo, fiesta, comida, bebida, hasta alguna de las cabras que traían en las Naos se aso por ahí. Mi padre, enterado de las buenas noticias y de la mercancía recibida, organizo todo al detalle justificando de ese modo su retraso. Lo más fácil fue encontrar los hombres, quienes, al olor del oro, se ofrecieron voluntarios y sin paga alguna a cambio. En este caso, tuvo que quitárselos de encima, y lo peor estaba por llegar: por lógica y al venir tanta gente, había hombres de todas las calañas.&lt;br /&gt;            Una vez puesto al día, empezamos a relatar a mi padre nuestros planes a la vista de lo observado y descubierto por aquellos parajes. Como, por fortuna no faltaban hombres, decidimos organizar dos primeras expediciones: una por Rodrigo y  la otra por mi mismo, quedando mi padres como Gobernador de San Juan, que para eso venía nombrado por el mismísimo Emperador.&lt;br /&gt;            Rodrigo partiría en dirección a ese gran pueblo de las montañas, mientras que yo continuaría río arriba intentando localizar nuevos poblados. La primera en partir fue la de Rodrigo, quien lo hizo muy de mañana, encabezando a más de quinientos hombres, elegidos entre la enorme multitud de voluntarios que se presentaron a la convocatoria.&lt;br /&gt;            Por mi parte, yo embarque en la nao de menor porte de las que llegaron de España, pensando en las ventajas de esta maniobra por el río. Partimos hacia el mediodía, en medio de un sofocante calor que nos tuvo toda la jornada empapados de sudor. Para esta misión, debido a que solo utilizábamos una embarcación, dispuse solo con ciento cincuenta hombres, que apenas pude acomodar en su interior.&lt;br /&gt;            En los primeros días todo transcurrió con absoluta tranquilidad. Pronto dejamos atrás, tanto la zona pantanosa como los restos del poblado que destruyo Rodrigo. El río parecía igual día a día de modo monótono, sin tener nada más que ofrecernos. De ese modo pasaron casi dos semanas, sin el mínimo vestigio de actividad. Los hombres empezaban a protestar pidiéndonos regresar al poblado y comenzar por otro sitio, quizás por tierra. Permanecí firme en la decisión tomada: estábamos aquí para conquistar tierras y lo demás seria bien recibido, pero desde Lugo mientras estuviese yo al frente de la misión, ningún oro se interpondría en nuestro principal motivo, aun así, comprendía que para la tropa era difícil entenderlo la impaciencia empezaba a hacer mella en ellos.&lt;br /&gt;            Gracia a Dios, no paso mucho mas tiempo antes de encantarnos en un enorme llano, donde pudimos desembarcar. Los hombres corretearon por el como jóvenes cachorros, estirando sus piernas. Cuando se desbocaron lo bastante, mande, reunirlos. Allí mismo acordamos introducirnos una buena parte de nosotros en la selva, con la esperanza de encontrar algo que mereciera la pena. Envíe a cincuenta hombres bajo el mando de un nuevo capitán, de los que habían llegado con mi padre. Desde la toldilla observe como desaparecían entre la bastísima vegetación de la selva.&lt;br /&gt;            Nosotros permaneceríamos allí durante una semana, si una vez trascurrida esta no teníamos noticias de ellos y según lo acostumbrado, enviaríamos a otro grupo en su busca. No hizo falta, cinco días después de su partida, volvieron sin resultado alguno y sentidos en un tremendo desengaño, por lo que embarcamos todos en la Nao y regresamos a San Juan con las manos tan vacías, como cuando partimos.&lt;br /&gt;            Allí estaba mi padre, esperándome en el embarcadero. Durante mi ausencia había, sido enviadas a España casi todas las Naos cargadas con todo  lo que habíamos acumulado. Solo quedaron cuatro Naos incluidas la mía y la de Rodrigo. De este tampoco se tenia noticias, pero como partió en la misma fecha que yo, no nos preocupo demasiado.&lt;br /&gt;            Mi padre ya había organizado San Juan, tanto en lo administrativo como en lo social y militar, demostrando de nuevo con ello, sus grandes dotes como militar y administrativo. En poco tiempo gano el respeto de todos los moradores de San Juan.&lt;br /&gt;            El estaría en San Juan solo el tiempo necesario para dejar abiertas y bajo control las líneas de comunicación que se encargarían de llevar hasta España todo lo que aquí encontráramos, y dejar como Gobernador en San Juan a quien yo me temía. También se encargaría de administrar mis bienes en Osuna y los de mi familia, que de forma tan justa se había ganado. Propiedades que junto con lo que aquí empezaba a acumular con tanta rapidez, que tan solo mi buen Padre conocía a ciencia exacta a cuando se elevaba toda mi fortuna.&lt;br /&gt;            Varias semana después, por fin apareció Rodrigo contándonos que en efecto, había conseguido llegar a las proximidades de un enorme pueblo en que no se atrevió a entrar el solo con sus hombres, por ello había regresado en busca y por mas hombres, para cometer la empresa de su conquista con las mayores garantías de éxito. Tras otra semana de descanso, partimos con otros doscientos hombres más, armados con todo lo que disponíamos: culebrinas, cañones, ballestas, arcabuces etc.&lt;br /&gt;            El camino hasta el pueblo resulto mucho más fácil de lo que estímanos en un principio. Lo más complicado fueron las pendientes que subimos arrastrando tan pesadas cargas, lo  logramos gracia a lo seco que encontraba el terreno. Una vez que tuvimos a la vista el enorme pueblo, observamos lo complicadísimo que seria tomarlo, según lo acostumbrado hasta ahora, ya que no podríamos rodearlo sin ser antes descubiertos por ellos. La única Manera de hacerlo seria por las bravas, entraríamos a caballo, seguidos de los arcabuceros, aprovechando la presumible confusión creada por el efecto de culebrinas y cañones.&lt;br /&gt;            Al amanecer, cuando el sol acuno había acabado de salir, empezó el machacón retumbar de los cañones. Desde nuestros puestos veíamos como el gene salía despavorido de sus casas, corriendo sin sentido. Cuando consideramos suficiente la confusión creada, entramos al galope, espada en mano, cortando cuantas cabezas se nos interponían. A continuación avanzaban los lentos, pero contundentes, arcabuceros y ballesteros, cubriéndose unos a otros; mientras unos cargaban sus armas otros disparaban sistema este que resulto muy eficaz en la primera fase de la ocupación. No así cuando, vencido el inicial miedo, los indígenas empezaron a respondernos. Entonces la lucha llegó al enfrentamiento cuerpo a cuerpo, en desigual lucha, ya que nuestras espadas atravesaban con facilidad los pequeños y frágiles cuerpos de aquellos hombres. Estuvimos pelando casi todo el día. Fue el combate más largo de los que me habían tocado en suerte hasta ahora, pero al final de la tarde, empezaron a dejar sus armas, vencidos, agotados y humillados.&lt;br /&gt;            Esa noche descansamos como pudimos, permanecimos siempre con uno de los ojos entreabiertos, y con las armas empuñadas, por si menester era el utilizarlas. Al despertar comprobamos la verdadera magnitud del pueblo, por llamarlo de algún modo, era mucho mayor que muchos de nuestros pueblos y ciudades importantes. Sus casas eran todas de piedra. Tenían numerosas imágenes gigantescas extraños labrados. En la plaza que parecía ser la de mayor tamaño, se encontraban dos pirámides de enorme altura con una larga y bella escalera que llevaba hasta la cima, desde la que se podía observar todo el pueblo.&lt;br /&gt;            En este pueblo, llamado Panui, o por lo menos así lo pronunciaban, sus habitantes eran gobernados por un Rey que se llamaba Racha. Este Rey era mas anciano de lo que parecía en un principio, tenia, o se le suponía, poderes sobrenaturales, que le venia dado por los dioses. Podía llegar a ordenar el suicidio de alguno de sus súbditos, sin que éste ni su familia protestaran, en mas lo consideraban un honor que les reportaría todo tipo de venturas y riquezas.&lt;br /&gt;            Todas sus costumbres nos resultaban extrañas. Era el pueblo mas raro de los que habíamos encontrado hasta ahora, pero también el mas grande, completo y organizado. Una vez asegurado el pueblo, mande buscar a mi padre para que pudiera ver con sus propios ojos la extraña belleza de sus monumentos, imágines, la delicada confección con la que estaban confeccionados sus vestidos, el inmenso yacimiento de oro, la fácil obtención de piedras preciosas. Sus animales, plantas, vegetales y demás extraños objetos. Todo aquello nos daba la inequívoca impresión de haber encontrado al fin, esa gran ciudad donde asentarnos y desde allí, fundar todo un nuevo reino para nuestro Emperador. Llamamos a la ciudad “Nueva Granada”.&lt;br /&gt;            Cuando llego mi padre comprobó con asombro la realidad de lo que le habían contado. San Juan quedaba a varias semanas de camino, por lo que en principio, no quedaba mas remedio que utilizar la senda que habíamos abierto, mientras no encontráramos otro punto más cercano al río.&lt;br /&gt;            Por fortuna, esta vez no tuvimos que construir viviendas para nosotros. Mi padre se alojo en el “palacio” del Rey a quien relego a una gran casa de algún súbdito suyo. Yo había traído a María Luisa, y con ella me aloje en otra de las grandes casas del pueblo. Mis capitanes y el resto de hombres se repartieron las casas más habitables, en las que permanecieron los indígenas, ya que prefirieron compartir sus casas con los Españoles a abandonarlas. En general, recuerdo que no hubo demasiados problemas.&lt;br /&gt;            Transcurrió mucho tiempo antes de que pensáramos en más conquistas. Estuvimos muy ocupados en sacar buen provecho de Nueva Granada y reforzando nuestras rutas con San Juan. Tampoco mi padre estaba mucho por la labor de nuevas misiones, sin antes haber “normalizado” las rutas de comercio con Sevilla. Así pués, tuvimos que esperar un tiempo para que mi “Santo padre” le diera la gana de autorizar una nueva misión.&lt;br /&gt;            Allá por noviembre, dejando Nueva Granada en manos de mi padre, con sus negocios y a maría Luisa “entretenida” con el embarazo de nuestro, muy esperado y retrasado primer hijo, partí en busca de un punto mías cercano al río, que nos permitiera ahorrar tiempo e incomodidades en el envío a España de tan ricos enseres.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8273081455983586363-1717641604580626540?l=elmorrion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmorrion.blogspot.com/feeds/1717641604580626540/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/05/xvii-nueva-granada.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/1717641604580626540'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/1717641604580626540'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/05/xvii-nueva-granada.html' title='XVII NUEVA GRANADA'/><author><name>Pedro Ignacio Altamirano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17642706570438990808</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_eLgEfuYb4U4/SggAM-shrYI/AAAAAAAAAIQ/jf4bvqMF1wM/S220/APOIII.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8273081455983586363.post-6004243896365932341</id><published>2009-05-25T08:01:00.000-07:00</published><updated>2009-05-25T08:24:52.348-07:00</updated><title type='text'>XVI EL GÜAJI</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;XVI EL GÜAJI&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya habían transcurrido varios meses desde la partida de nuestras naves con rumbo a España. Esperábamos no tener que esperar demasiado para verlas regresar con los refuerzos que estábamos esperando. Mientras tanto, y para no perder las formas, realizábamos pequeñas incursiones por los alrededores de lo que, por lo general, no sacábamos nada importante, tan solo alguna que otra nueva y extraña planta o raro animal. De igual modo, siempre lográbamos atrapara algún indígena que deambulaba, como nosotros, por aquellos parajes.&lt;br /&gt;De entre los capturados, me fijé un uno que por su aspecto me resultaba familiar. Durante algún tiempo estuve observándolo y confirmando cada vez más mis sospechas. Cuando la curiosidad pudo con mi paciencia, lo mané traer a mi presencia. Entonces pude comprobar que eran ciertos mis presentimientos: el indígena en cuestión era un Güaji de los que masacramos. Mi impresión se noto en la expresión de mi cara, preguntándome al unísono tanto María luisa como Rodrigo, que se encontraban presentes en ese momento, por el motivo del extraño gesto.&lt;br /&gt;Estuve un buen rato explicándoles el motivo mi reacción, lo que aclaró en ese instante muchas de las duras de Rodrigo tenía sobre lo sucedido en aquellos días, mientras que a María Luisa le sirvió para empezar a comprender que no siempre, iba a ser todo tan fácil y bonito como hasta ahora.&lt;br /&gt;Este indígena me explicó como había logrado escapar del poblado en medio de todo el fragor del combate. También relato como pudo resistir tanto tiempo en medio de la selva, solo y sin ningún tipo de contacto con nadie, ya que ver a un Güaji solo, era una extraña ocasión que aprovechaban las demás tribus para eliminarlos por considerarlos sus más peligrosos enemigos. Resaltó en sus explicaciones, hasta que punto estaban unidas con la naturaleza estas criaturas de Dios. Algún día nos haría pagar Dios a todos por lo que estábamos haciendo con estos hijos suyos y con su “jardín privado”.&lt;br /&gt;El Güaji nos resultó de mucha utilidad por el profundo conociendo que de aquella zona adquirió durante el tiempo que permaneció en ella escondido. También comprobamos su nobleza y sumisión. Probablemente a que estaría cansado de tanta soledad y sufrimientos, prefiriendo permanecer voluntariamente entre nosotros para su bienestar y nuestro provecho.&lt;br /&gt;Otro asunto que particularmente me traía de cabeza era la identidad de aquellos misteriosos indígenas que vimos bajar por el río. No podían preteñiré a ninguna de las tribus conocidas hasta el momento lo que aumentaba mi curiosidad. Rodrigo, que también estaba intrigado, tampoco observó ningún indígena parecido a aquellos por lo que el tema lo discutíamos con bastante frecuencia.&lt;br /&gt;Aprovechando el periodo de descanso que nos habíamos impuesto hasta la llegada de la gente de España, organicé el ascenso por el río en una de las embarcaciones para intentar localizar a los misteriosos indígenas. Seria simplemente un pasatiempo con el fin de caer en la desidia y rutina diaria, por tanto debíamos evitar cualquier tipo de riesgo, que no fuese el estrictamente necesario.&lt;br /&gt;Como el pueblo estaba bien organizado, pude partir junto a Rodrigo, cosa que no hacíamos desde tiempo atrás. Utilizamos una sola embarcación, acompañados por diez hombres y dos culebrinas. El río era cada vez más tranquilo, permitiéndonos subir impulsados únicamente por la acción del viento sobre nuestra vela. Subíamos lentamente y disfrutando del esplendió paisaje, que como siempre se presentaba ante nuestros ojos. Lo que me extrañaba era no escuchar ningún ruido desde que cruzamos un pequeño lago, donde parecía empezar una zona bastante pantanosa. No alcanzábamos a ver la orilla, que se perdía entre la cada vez más frondosa masa de árboles. La oscuridad y silencio que de su interior llegaban tan escalofriante que aceleramos la marcha saliendo de aquella zona lo más deprisa que pudimos.&lt;br /&gt;Cuando escuchamos de nuevo los pájaros, el movimiento de las ramas de los árboles y el chapotear de las ramas, atracamos la balsa en una pequeña bahía arenosa, para intentar estirar un poco las piernas. Por allí tampoco encontramos nada interesante y, mucho menos, rastro alguno de los indígenas que andábamos buscando.&lt;br /&gt;Después de merodear por los alrededores, comer y dormir un poco, subimos nuevamente a la balsa y reiniciamos el camino. Andábamos con muchísimo cuidado, decanto todo tipo de señales para inténtalo, por todos los medios, no volver a perdernos, que ya fue suficiente con la padecida en carnes propias.&lt;br /&gt;Pasamos la primera noche en la misma balsa fondeada en el centro del cauce por no encontrar ningún lugar que nos ofreciera el mínimo de seguridad exigible para nuestra tranquilidad. Lo peor fueron los mosquitos, que nos obligaron a taparnos con las mantas que llevábamos.&lt;br /&gt;Al despertarnos vimos que alguien había clavado en nuestra balsa una lanza indígena con una cabeza de pájaro disecada de la que colgaban amuletos y otros extraños objetos. Eso, sin duda, era una advertencia. Dimos media vuelta y regresamos de inmediato al poblado, portando con nosotros aquel amenazante objeto. Al observarlo, los indígenas salían corriendo despavoridos entre gritos y espavientos, aumentando con ello nuestra, ya de por sí, gran curiosidad. Por fortuna, el Güaji fue el único que no mostró tenerle miedo al amuleto y permaneció junto a nosotros. Al preguntarle que era tal cosa, nos contesto que no lo sabia, pero que intentaría enterarse de inmediato, en cuanto pudiera hablar con algún otro indígena que dejara de correr.&lt;br /&gt;Así lo hizo. Permaneció hablando con uno de ellos durante un tiempo. Por los gestos que hacía, parecía no estar muy dispuesto a explicar que significaba aquello pero, al final, vino a contarnos lo que había podido sacarle a su interlocutor, este amuleto era el símbolo de la tribu “Secota” que según todos los indígenas, eran caníbales muy peligrosos del temor de los hombres.&lt;br /&gt;Nuestro Güaji no conocía tal tribu ni sus “satánicas” costumbres lo que explicaba su “valentía”. Este suceso ratifico nuestra necesidad de buscar a los Secota. Su simple existencia no lejos de allí, tenía muy preocupados a nuestros indígenas e interfería en su normal ritmo de trabajo. No se atrevían a ir a recoger nada sin la compañía de algunos de nuestros hombres, provistos de sus armas.&lt;br /&gt;La discusión entre Rodrigo, nuestros hombres y yo mismo, se centraba en la conveniencia o no de esperar al resto de los hombres que no habrían de tardar mucho más en llegar desde España. Al final, como casi siempre, me salí con la mía, o me dejaban salirme, nunca lo sabré, y logré convencerlos de que no podíamos esperar más tiempo. Partiría con una partida de los hombres disponibles, quedando el resto a la espera de acontecimientos.&lt;br /&gt;Tres días más tarde, salía con cincuenta hombres a bordo de dos barcazas. Al llegar al lugar donde pernoctaríamos, nos parapetamos y, con las armas preparadas, empezamos a remontar el río. No pudimos observar nada fuera de lo ya acostumbrado árboles, pájaros, extraños sonidos etc, así continuamos durante algunas jornadas. Lo lógico era pensar que, si por allí existía algún poblado, seguro que ya hubiésemos tropezado con él o lo habríamos pasado por que no iban a estar tanto tiempo navegando estos Secota solo para dejarnos el “regalo” que dejaron.&lt;br /&gt;Dimos media vuelta y comenzamos el regreso, intentando poner el máximo de atención posible, hasta en los más pequeños detalles cada orilla, intentando encontrar, lo que lo mas seguro, habíamos pasado de largo.&lt;br /&gt;Al día siguiente uno de los hombres observo unos troncos cortados que flotaban juntos atados a una de las ramas de los árboles que se introducen en el lecho del río. Al acercarnos a ellos resultaron ser un grupo de canoas vacías puestas al revés que pasaban ese modo desapercibías. Aquello explicaba como no las habíamos visto en el viaje de subida.&lt;br /&gt;Por allí no encontramos sitio donde amarrar las balsas. La orilla estaba detrás de las ramas y era muy estrecha, lo que nos obligo a fondear lo más cerca posible y llegar hasta la orilla introduciéndonos en el agua hasta el mismísimo cuello.&lt;br /&gt;Una vez puesto en pie sobre el fangal, por llamarlo de algún modo, comenzamos a centrarnos en la selva con el lodo hasta la altura de los tobillos. Esto, sin duda alguna, era lo que quedaba de una zona pantanosa que, en cuanto empezara a llover de nuevo, se inundaría otra vez. Para mayor desgracia, allí no había forma de dejar rastro alguno el barro era tan blando que ni las huellas de nuestras pisadas quedaban fijadas.&lt;br /&gt;En esas condiciones proseguimos hasta alcanzar tierra algo más firme, sobre la que continuamos la marcha aprovechando un seco y firme sendero, pero tampoco por esos lugares encontramos señal de los indígenas. Al llegar la noche, montamos la guardia e intentamos dormir y descansar algo. Al no poder ninguno pegar ojo en toda la noche, levantamos el campamento mucho más temprano de lo acostumbrado y reanudamos la marcha.&lt;br /&gt;Todo continuó igual, hasta llegar a un rellano, totalmente engalanado con unos palos, en cuyos extremos mantenían cráneos humanos. Allí había, sin exageración, por lo menos doscientos que nos pusieron la “carne de gallina”. Con toda la concentración que un hombre puede conseguir continuamos la marcha, cada vez más pegados unos a los otros, intentando de ese modo disminuir el miedo y sentirnos más arropados.&lt;br /&gt;Rodrigo marchaba junto a mí, atento a cualquier ruido o extraño movimiento ajeno a los nuestros. De vez en cuando observábamos con pavor algún nuevo cráneo engarzado en una lanza o colgado de un árbol, pero a esto, aunque parezca mentira, conseguimos acostúmbranos rápidamente.&lt;br /&gt;Lo que seguía creciendo era la intranquilidad y el miedo a que nos atacaran, hecho este que ocurrio de modo inmediato. Tal como presentimos empezaron a llovernos flechas desde todos los rincones de la selva. Comenzamos a disparar con nuestros arcabuces; pero solo cuando conseguimos montar y disparar una de las culebrinas, corrieron como liebres, asustados de lo que nunca habían visto ni oído. Al realizar el recuento, los indígenas habían conseguido acabar con la vida de cinco de nuestros hombres, herido de consideración a otros tantos y había algunos, entre ellos Rodrigo, con algún que otro rasguño.&lt;br /&gt;Mandé trasladar a los muertos y heridos a la barcaza y continuar el resto con mayor precaución. Un poco más adelante encontramos otro claro con más cráneos y un pedestal labrado en piedra que estaba custodiado por una extraña figura de oro. Cogimos dicha figura y continuamos caminando. Tras una pequeña colina vinos el poblado Secota. En principio en nada se diferenciaba del resto de poblados encontrados hasta el momento únicamente se distinguía por ser sus cabañas mayores y por la utilización del barro para su construcción.&lt;br /&gt;Estas cabañas estaban coronadas por un gran agujero del que salía gran cantidad de humo blanco, sospechamos todos lo mismo y al mismo tiempo, y volvimos a estremecerlos. Debían de estar todos allí reunidos, disfrutando de algún “suculento manjar” porque fuera de allí no se veía a nadie, lo que suponía una gran ventaja para nosotros. Ya habíamos decidido, en vista de la peligrosidad y las satánicas costumbres, que no daríamos la minima posibilidad de escape: simple y llanamente los eliminaríamos y en paz.&lt;br /&gt;Rodeamos la gran choza, dispusimos a los arcabuceros en segunda línea, justo detrás de las culebrinas. El resto, ballesteros y nosotros mismos, tras los arcabuceros. Las culebrinas abrieron el fuego, impactando sobre el techo provocando el derrumbamiento de la edificación. Cuando empezaron a salir del interior, los Secota se iban encontrando con la muerte. No recuerdo el tiempo que duró la matanza, y no lo recuerdo porque suele ocurrir, cuando te encuentras matando y defendiendo tu vida a la vez, el tiempo deja de tener sentido, lo único que importa es acabar con el enemigo lo más rápido posible.&lt;br /&gt;El suelo estaba cubierto por completo de cuerpos indígenas, lo único que nos falto fue comérnoslos también, pero, gracias a Dios, mantuvimos la cabeza “fría”. Al terminar la desolación fue indescriptible, aun la retengo en mis retinas. Allí mismo enterramos a los indígenas en una fosa común, y comenzamos el regreso a casa para dar cristina sepultura a los nuestros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante el viaje de regreso, el Guaji no pronuncio palabra –ni falta le hacía…-. Nos miraba fijamente a los ojos uno a uno, preguntándonos si siempre teníamos que actuar de ese modo. Con el pueblo recuerdo que hicimos exactamente lo mismo, aunque algunos escaparon sobreviviendo milagrosamente. Matábamos sistemáticamente a los más guerreros, mas por miedo que por el peligro que suponía en si. Tan solo nos quedábamos con aquellos que demostraban su docilidad y sumisión, pero, los hombres solemos distinguirnos por nuestra cobardía.&lt;br /&gt;Antes de llegar, el Güaji se me acercó y, en su “castellano” me pidió que le dejara en libertad, que no quería seguir ayudándonos exterminar en su propia raza. Me lo pidió de tal forma que fue imposible negárselo, pero le rogué que se quedara entre nosotros sin acompañarnos en las expediciones, a lo que accedió de buen grado.&lt;br /&gt;A nuestro regreso, aún no se tenían noticias de los hombres que deberían llegar de España, por lo que comenzaba a sospechar que alguna tragedia le había podido ocurrir. Ya había transcurrido tiempo suficiente para ir y regresar. No obstante, seguiríamos esperando un tiempo prudencial antes de embarcarnos en alguna nueva aventura. No podíamos permitirnos el lujo de perder ni un solo hombre más. La última aventura con los Secota nos había costado diez hombres, mas los heridos, entre ellos Rodrigo, quien de forma lenta se recuperaba de su brazo. Y eso que tuvimos suerte de encontrarlos a todos juntos y distraídos en aquella enorme choza que si no, hubiese sido aún mayor desastre.&lt;br /&gt;Varios días después, una de las patrullas de la que se dedicaban a merodear por los alrededores, trajo la noticia del descubrimiento de un pequeño poblado al otro lado del río. Desde la distancia que lo observaron no llegaron a concretar el numero exacto de indígenas que lo habitaban, pero si la enorme cantidad de figuras de oro que, según ellos, tenían dispuesta a modo de decoración. Suficiente motivo para desplazarnos con urgencia hasta allí. Para esta misión se presentaron voluntarios todos los presentes en la reunión, y es que el Oro tira, y mucho.&lt;br /&gt;Preguntamos al Güaji sobre la nueva tribu, pero no los conocía. Rodrigo, por su parte, se dedicó a organizar nuestra partida con la mayor urgencia. No quisimos esperar a los refuerzos, pensando en la ventaja que supondría la sorpresa. El capitán me pido permiso para llevarse al Güaji, permiso que denegué en un principio, pero, en vista de la insistencia, a cedí con la condición de que evitaran en la medida de lo posible todo tipo de violencia con los indígenas y mas en su presencia, a quien había dado mi palabra, y no iba a falta a ella bajo ningún concepto por muy indígena que fuese a quién se la diera.&lt;br /&gt;Partieron en dos balsas, con treinta hombres a bordo con cuatro culebrinas por si se “torcían” las cosas, y se torcieron. Nada mas llegar al poblado, y a la vista del Oro, comenzaron a disparara a todo ser vivo. Aquello duro muy poco, demasiado poco, pero el caso fue que, de nuevo, el suelo se cubrió de sangre indígena. Recogieron todo el oro que encontraron y tras pasar varios días holgazaneando por allí, en busca de algún superviviente. Regresaron por fin a San Juan.&lt;br /&gt;La bronca que monumental Rodrigo había ejecutado exactamente al revés, todas las ordenes que le di y fue incapaz de justificar su actuación. Todo lo achacaba a la desobediencia de sus hombres, que presos de no se que miedo, empezaron a dispara sin autorización previa, desencadenándose de forma inmediata toda la cadena de acontecimientos que terminaron en una nueva masacre.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Al preguntarle a Rodrigo sobre la actitud del Güaji, ya que desde su regreso no se había vuelto a dirigirme la palabra, me contestó que, al comienzo del combate salió corriendo sin rumbo y que, desde entonces, tampoco lo había visto nadie. Me pidió disculpas y me prometió salir en su busca. Del mismo modo me volvió a pedir disculpas por el fiasco de la misión de la que lo único positivo fue la gran cantidad de oro encontrado.&lt;br /&gt;            Dos días después, y tras mucho buscar, trajo al Güaji. Estaba muy serio y no pude conseguir sacarle una sola palabra. Allí lo tenía con sus ojos clavados en los míos. Lo deje marchar, no pude decirle nada. Estos Güajis eran muy diferentes a resto de indígenas conocidos por mí hasta ese momento, quizás gracias a mi inolvidada Mussi. Creí que dejándole marchar, al menos no tendría que soportar su mirada. Esperaba que se adentrara en la selva, tan natural y conocida para él, que al final conseguiría reanudar su vida de indígena, pero de nuevo me equivoque.&lt;br /&gt;            Varios días después de su marcha y a media noche, note como alguien se acercaba a mis aposentos. Con el mis ojos como siempre, medio cerrados, medio en alerta, pude observar la silueta de un hombre que empuñaba un arma; empuñé la mía y cuando se acercó presto a quitarme la vida, de un rápido y mortal movimiento de mi espada, acabe con la vida de mi atacante.&lt;br /&gt;            Ya de pie, sobresaltado, abrazado por María Luisa, y en presencia de mis hombres que llegaron rápido a mi grito de auxilio, pude contemplar con horror y rabia el cuerpo sin vida del Güaji.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8273081455983586363-6004243896365932341?l=elmorrion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmorrion.blogspot.com/feeds/6004243896365932341/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/05/xvi-el-guaji.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/6004243896365932341'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/6004243896365932341'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/05/xvi-el-guaji.html' title='XVI EL GÜAJI'/><author><name>Pedro Ignacio Altamirano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17642706570438990808</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_eLgEfuYb4U4/SggAM-shrYI/AAAAAAAAAIQ/jf4bvqMF1wM/S220/APOIII.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8273081455983586363.post-6969453501891722235</id><published>2009-05-25T05:18:00.000-07:00</published><updated>2009-05-25T05:19:28.669-07:00</updated><title type='text'>XV NUEVO COIN</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;XV  NUEVO COIN&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;            Lo que no recuerdo muy bien, es el tiempo que empleamos en cruzar todo el enorme trecho de mar que nos separaba de las nuevas tierras, pero eso quizás sea de menos importancia. Lo importante empezó cuando apareció ante mis ojos el pueblo entre las frondosas orillas del río. ¡Que distinto había sido este viaje! Esta vez remontamos el río en las propias Naos, que con todo el valor de mundo, nos aventuramos adentrar en el  cauce y comprobar así su perfecta navegabilidad.&lt;br /&gt;Cuando llegamos, el poblado entero se arremolino en el pequeño embarcadero y asombrados por el tamaño de los barcos. Lo que me extraño, fue el hecho de que nadie me hubiese reconocido, y ya que para mi ego, esperaba un recibimiento con la pompa que creía merecer. Tuvieron que pasar varias horas para que, por fin, uno de los ancianos me recordara. Este se encargo de transmitir la noticia y, el poco tiempo. Tenía en mi cabaña a todo el consejo de ancianos.&lt;br /&gt;Durante mi ausencia, el poblado, que ya había crecido lo suficiente como para denominarlo “pueblo”, cobró una nueva perspectiva. Ya se apreciaban algunas casas de piedra y nos habíamos adaptado bastante al terreno al construirlas utilizando con buen provecho las enseñanzas de los indígenas. A mi, durante los primeros días, me alojaron en una de las antiguas chozas mientras terminaban una gran casa de piedra, que sería sede el Gobernador al que desde hace tiempo estaban esperando y que yo representaba.&lt;br /&gt;María Luisa, no salía de su asombro; por más que intenta explicarle como era todo aquello, no logré hacerlo con detalle. No paraba de repetirme que no había logrado transmitírselo a pesar de tanta descripción. Mejor así, pensé yo, de este modo estará más entretenida descubriendo por ella misma, todos esos “detalles” y dejándome, de camino, más tiempo disponible para el trabajo.&lt;br /&gt;Desde aquella vez, antes de nuestro regreso a España, que vimos al bajar por el río aquellos indígenas, no se me había ido la idea de averiguar de donde provenían, que ni los más ancianos del pueblo supieron identificar. Como por algún lugar había que comenzar, ¿por quien no intentar localizar el origen de estos extraños indígenas? Tras emplear bastante tiempo en convencer a Rodrigo de mí idea, este término aceptándola, más por obediencia que por propia convencimiento, pero, al fin y al cabo, logare lo que me proponía.&lt;br /&gt;            Partiríamos utilizando como siempre el río en unas barcazas semejantes a las que usamos durante el primer viaje, pero con madera mas robusta y ligeras, lo que nos proporcionaba mayor velocidad. Esta vez, tardamos muy poco tiempo en tenerlo todo preparado. Rodrigo había hecho un buen trabajo con los hombres, y eso se notaba. Estaban bien instruidos y con bastante moral, conseguimos, gracias a la experiencia adquirida por el capitán. Otro logro que conseguimos fue, resolver la falta de alimentos y la extremada dureza con la que, en algunos casos, capitanes más soberbios de la cuenta, trataban a los soldados: logramos reunir gran cantidad de alimentos y conseguimos un buen ambiente de compañerismo entre los hombres, lo que suponía mayor garantía de éxito para nuestra misión.&lt;br /&gt;Entre tanto, el resto de hombres se habían ocupado de cargar las Naos con todo aquello que durante nuestra ausencia, se había acumulado: extrañas semillas, oro, plata, piedras preciosas y todo aquello que por allí encontraron. Sería un buen presente para mi padre.&lt;br /&gt;Tras despedirnos de todos, muy en especial de María Luisa, desatracamos las cuatro barcazas y comenzamos a remontar el río. Me habían contado que nada se había hecho desde mi partida en cuanto a exploración se refiere. Nada, ni siguiera se intentó colonizar aquella zona de tan crueles recuerdos de los Güajis. Desde luego, y como, de antemano supuse, quedaba mucho por realizar.&lt;br /&gt;Cuando llegamos al antiguo poblado, y tras restablecer el contacto con los indígenas, deje una barcaza con su dotación. Bautizamos aquel lugar con el nombre que tanto y a tantos nos unía a todos “Osuna”. En este lugar se encargarían de construir un embarcadero permanente e iniciar desde allí la comunicación con Nuevo Coin, intentando crear un segundo punto más hacia el interior.&lt;br /&gt;Continuamos el viaje. Esta vez por aguas por las que no habíamos navegado antes, pero eso, en cierto modo, nos era indiferente, ya que al poco tiempo de estar por allí, todo terminaba por resultar igual de conocido como de desconocido. Con la lección aprendida navegábamos parapetados para protegernos de los ya experimentados y peligrosos ataques por sorpresa de los indígenas, de los que, de forma curiosa, no habíamos vuelto a tener noticias. Eso nos extrañaba, lo lógico para que, de una forma u otra, ya hubiesen dando señales de su existencia, pero nada nos indicaba que anduvieran por allí.&lt;br /&gt;Nosotros buscábamos algún nuevo lugar, descampado, hueco entre la maleza o cualquier cosa parecida donde desembarcar pero parecía que una y otra vez se nos negaba. Tuvieron que transcurrir casi cuatro días para que al fin, llegáramos a un inmensa llanura en una inesperado ensanche del río. Allí mismo desembarcamos, junto al bosque, al resguardo bajo los árboles, montamos el campamento. Al día siguiente, mandé a Rodrigo que organizara la primera expedición hacia el interior, en busca de algo que nos indicara la bonanza de esas tierras. Así lo hizo, al mando de una treintena de hombres partió de madrugada.&lt;br /&gt;Nosotros mientras tanto, empezamos a merodear por los alrededores de la zona, buscando las mismas cosas que Rodrigo. Aquello parecía un juego en el que todos participan muy gustosamente. Les servía de entretenimiento y no los dejaba pensar en cosas “extrañas”.&lt;br /&gt;Lo que con más insistencia buscábamos eran indicios de oro o plata, pero sin despreciar el hallazgo de nuevas semillas, plantas o especias raras de aves, que también se cotizaban en los mercados de España.&lt;br /&gt;Varios días después regreso Rodrigo, informándonos de la exigencia no mucho más allá de donde había llegado con sus hombres, de un poblado que se asentaba sobre una leve elevación del terreno. Lo que más le sorprendió fue que el mismo estaba defendido por una empalizada de madera que rodeaba todo el poblado, a semejanza del nuestro. Era la primera vez que dábamos con un pueblo de esas características. Hacia el nos dirigimos.&lt;br /&gt;Al llegar, pudimos observar la magnitud que tenia la misma extensión que cualquiera de nuestros más grandes pueblos castellanos. Se comunicaba con el río mediante un ingenioso sistema de poleas, que utilizaban para subir y bajar sus  canoas, conocían la fundición de metales y la construcción en piedra, detalles todos estos que pudimos constatar, gracias al tiempo que permanecimos ocultos, observando sus movimientos y costumbres.&lt;br /&gt;Como resumen de la situación en la que nos encontrábamos, podría  recordar que tras una larga reunión con mis oficiales, la única opción valida que encontramos fue la de atacar por sorpresa, ya que suponíamos que estarían, de igual modo, buen organizados militarmente.&lt;br /&gt;Rodearíamos al poblado con nuestras culebrinas, cañones y arcabuceros, cerrando la huida de los indígenas que intentaran escapar. Mientras, el resto de los hombres, entrarían conmigo por el hueco que haríamos con los cañones en la empalizada.&lt;br /&gt;            Aún recuerdo el susto que se debieron de llevar los pobres indígenas al escuchar el estruendo que ocasiona tanto la explosión de la pólvora, como la caída de los troncos de la empalizada. Aprovechamos los primeros momentos de confusión y entremezclándonos con la densa polvoread levantada, entramos en el poblado sin dificultad alguna abatiendo a cuanto indígenas encontrábamos a nuestro paso sin distinguir si eran niños o mujeres. En plena lucha, ya es bastante difícil intentar salvar la vida propia, como para ir preguntado que, o quien eres. Por lo menos, eso siempre decía Rodrigo.&lt;br /&gt;El pueblo resultó ser mucho más complicado en su configuración urbanista de lo que en principio parecía. Sus calles eran muy estrechas y de trazado anárquica, lo que dificultaba mucho nuestros movimientos. Además los indígenas, una vez superado al primer instante de aturdimiento, reaccionaron con fuerza y empezaron las complicarnos las cosas. Salían desde todos los rincones. Parecía salir de la tierra o que conseguían resucitar a sus caídos, poniéndolos de nuevo en combate. Nuestras bajas empezaron a ser lo suficientes como para ordenar la retirada, cosa que realizamos en completo desorden, a la desbandada. Menos mal que los cañones y culebrinas nos cubrieron la retirada, que si no, aquello terminado en tragedia para nosotros.&lt;br /&gt;Una vez reagrupados de nuevo, decidimos castigarlos, previamente desde el exterior, para entrar después con mayores garantías de éxito. Pero no hizo falta los indígenas inteligentes como siembres. Aprovecharon la oscuridad de la noche, el conocimiento del terreno y utilizando como nadie su mejor arma, el silencio consiguieron escapar, sin que nos diésemos cuenta de lo que sucedía, ante nuestros ojos.&lt;br /&gt;Esto cambio por completo nuestra imagen de los indígenas. Esperábamos que nos ofrecieran resistencia, pero por nuestro primer ataque, debieron de reconocer nuestra superioridad y temieron ser exterminados.&lt;br /&gt;Al entrar de nuevo al pueblo, comprobamos su grado de desarrollo. Sus calles, hasta tenían empedrado y conducción para el agua. Plazas, soportales, campos de cultivo etc.; era sorprendente, con parado con lo que habíamos encontrado hasta ahora. Hallamos gran cantidad de utensilios de oro y platas vasijas, paltos, puntas de fechas, cuchillos…, lo que más llamo nuestra atención fue el poco valor que parecían dar al metal, lo cual nos dio la pista para el hallazgo del enorme yacimiento de oro que encontramos un poco más al sur del poblado.&lt;br /&gt;Después de registrarlo todo, comer en abundancia y descansar, ordené a Rodrigo que intentara localizar a algunos indígenas del poblado para interrogarles sobre todo esto. Tardó muy poco en regresar con varios de ellos, a quienes consiguió atrapar mientras dormían más confiados de la cuenta.&lt;br /&gt;Con ellos estuvimos entretenidos toda la tarde. Logramos entender que el oro lo sacaban del mismo cauce del río, y la plata, de un pequeño monte que desde allí se podía divisar. Que sus compañeros habían decidido huir definitivamente, a la espera de tiempos mejores, por lo que intenté convencer, al menos eso creo, a estos indígenas de que partieran en su búsqueda, son la promesa de que no les haríamos daño y los ayudaríamos en lo que necesitasen para reconstruir su maltrecho poblado. El indígena partió raudo, bajo la generalizada sospecha de no volverlo a ver jamás.&lt;br /&gt;Comenzamos a organizar todo lo acostumbrado en el pueblo que bautizamos como “San Juan”. Estos Agustinos se mostraban muy diferentes al resto de los clérigos con los que anteriormente había tratado. Dedicaban primero sus esfuerzos a organizarse a sí mismo y después, poco a poco, con una encomiable paciencia, intentaban dialogar con los pocos indios que habíamos conseguido reunir hasta entonces. Esto me daba la necesaria tranquilidad como para ocuparme únicamente de mis asuntos, sin la necesidad de dedicarme a temas religiosos que no me incumbían.&lt;br /&gt;La cantidad de oro encontrada era suficiente para llamar la atención de todos. Para muchos, aquello colmaba todas sus aspiraciones y las esperanzas depositadas al iniciar este viaje. Enviamos la noticia a Nuevo Coin y de forma inmediata llegaron como locos a bordo de la Nao que había quedado, que con la verificación de la navegabilidad del río, habían adentrado hasta San Juan.&lt;br /&gt;            Menos mal, que cuando llegaron lo teníamos todo perfectamente organizado, porque, con la ansiedad de llegar y ver el precioso oro, hubiese resultado fatal no haberlo tenido previsto. En teoría, todo el metal encontrado se repartía de la siguiente manera: el cincuenta por ciento, para la Corona; el treinta por ciento para mi familia, y el restante veinte por ciento, para la tropa y acompañantes. Así con todo claro y los escribamos llevando las cuentas, deje que se ocuparan del asunto manos expertas y me dedique a lo mío.&lt;br /&gt;            Al poco tiempo de la llegada de los de Nuevo Coin, regresaron la mayor parte de los indígenas del poblado con más miedo del que nunca pude ver antes reflejado en rostro humano. Esta vez, en vista de la confianza que había adquirido con los Agustinos, dejé por completo en sus manos la custodia y organización de los indígenas.&lt;br /&gt;Mientras tanto, Rodrigo andaba indagando entre los indígenas donde podía haber más oro e, insistió tanto, que lo consiguió. Logro sonsacar a uno de ellos que, más al norte, donde las montañas dominan toda la selva, había rocas amarillas de donde sacaban el metal, el que ellos fabricaban todos sus utensilios. Como era de esperar, Rodrigo dispuso inmediatamente una expedición para ir en busca de tales rocas. Partió con cincuenta hombres y mandaría noticias en cuanto encontrada algo, en caso contrario, regresarían transcurridas varias semanas.&lt;br /&gt;            Yo me quede, muy a mi pesar, en el pueblo. Aproveché la ocasión que me dio la partida de Rodrigo, y la relativa tranquilidad existente en San Juan, para regresar a Nuevo Coin con María luisa. El viaje fue corto, sin y con un afectuoso recibimiento por parte de todos muy en especial por María Luisa.&lt;br /&gt;Los indígenas estaban cada vez más integrados. La influencia de los nuevos frailes se empezaba a notar en todos los aspectos, pero en el que mías sobre salían, era en el aspecto integrador, respetando con esmerado cuidado las costumbres de los mismos.&lt;br /&gt;            Todas las preguntas que me hacían iban enfocadas hacia el monótono tena del oro, interrogándome tanto por la cantidad, como por la localización, transportes, calida. La Nao regresaría a España con las buenas noticias yy cargadas con estos preciosos metales y piedras que sin duda, atraerían a muchísimos más hombres, buscadores de fortuna, quienes facilitarían la labor de la conquista de más tierras. Regresamos  a San Juan a bordo de una de las barcazas. El viaje fue tan rápido como el de ida, gracias al empuje de los hombres, en su impaciencia por llegar. Una vez allí, pregunte si había noticias de Rodrigo, obtuve una negativa como reexpuesto, que ya esperaba, por el poco tiempo transcurrido desde su marcha.&lt;br /&gt;            De lo que si me informaron, fue de la cantidad de hallazgos que habían realizado por los alrededores. El más importante una gran beta de plata, al mismísimo ras de suelo y de muy fácil explotación. También se descubrió otro de menor tamaño, pero de igual de metal de cobre. Parecía que,  gracias a Dios, teníamos por fin la recompensa a todos nuestros sufrimientos y penalidades, en estas tierras tan generosas.&lt;br /&gt;La navegabilidad del río era otra bendición al permitirnos la comunicación directa con España, ahorrando los tan costosos transportes por tierra hasta el puerto más cercano como había oído que pasaba en otras tierras conquistadas con anterioridad. Por tanto tuvimos la fortuna de poder abrir, un poco más adelante, una línea marítima directa entre los puertos de San Juan y Sevilla, relegando Nuevo Coin a un segundo plano en lo económico, pero es que donde se encuentra el oro, lo demás deja de tener importancia.&lt;br /&gt;            En vista de que aquellas tierras eran de tan buen provecho, envié a Nuevo Coin por el resto de hombres que hasta allí quisieran ir, dejando en aquel pueblo a los indígenas, que poco les importaba el metal y a los Agustinos, quienes de forma voluntaria decidieron quedarse y terminar el pequeño monasterio que empezaron a construir con la ayuda de los indios. No tampoco ellos habían venido a estas tierras por el oro, el resto de Agustinos llegaron andando a San Juan como promesa por alguna gracia concedida: cosa de curas pensé.&lt;br /&gt;            Al cabo de otras tres semanas y no teniendo noticias de la expedición de Rodrigo, envié a un grupo de hombres en busca de alguna señal. Deberían haber regresado en el plazo máximo de dos semanas en caso de no regresar en este plazo establecido, partiría otro grupo de hombres. Estos decidieron partir de inmediato y pasar la primera noche ya en el interior de la selva, para aprovechar de esa forma el máximo de horas de luz. Llevaban pocas armas, intentando avanzar entre la maleza lo más rápido posible.&lt;br /&gt;            Yo me dedicaba a escribir las cartas necesarias para mi padre, donde intentaba relatarme todos los hallazgos y le pedía todo tipo de cosas que aquí empezaba a hacer falta, aunque tenia la seguridad de que cuando viera llegar estas Naos, cargadas con tan esplendidas mercancías, le sobrarían mis encargos y se anticiparía a ellos, como nuestra de su dilatada experiencia en estos temas.&lt;br /&gt;            Lo más importante eran los equipos de fundición, par poder enviar el oro en las mejores condiciones de pureza posible y ahorrar peso y espacio en las  y rentabilizar al máximo la capacidad de carga de los mismos. En fin, eran tantas las cosas que se tenían que organizar, contabilizar, improvisar sobre la marcha, que me estaba dando la impresión de estar convirtiéndome en un simple escribiente, y la idea no me gustaba en absoluto.&lt;br /&gt;            A los diez días de la partida del segundo grupo, regresaran cinco de ellos con la noticia de haber contactado con Rodrigo y los suyos: continuaban buscando por los alrededores, pero de forma inmediata iniciar el camino de regreso al campamento y ya nos contarían entonce lo sucedido durante el viaje por el interior de la selva.&lt;br /&gt;En efecto, así fue, varios días después de la llegada de estos hombres, regresaba Rodrigo con sus fuerzas, traían cara de agotamiento y sus ropas daban nuestras de su intenso uso, declarando con ello que Ho había sido un viaje placentero el suyo.&lt;br /&gt;            Deje que descansaran, con la promesa de Rodrigo de que a primera hora se presentaría en mi casa dispuesto relatarme con todo detalle lo acontecido. Sentados  por la mañana, alrededor de una buena y bien surtida mesa, empezó a relatarme lo de menos importancia y que a continuación resumo: encontrar, encontrar…., no habían encontrado nada, pero si localizaron a indígenas de minúsculo poblados, todos coincidían en la existencia de un gran pueblo en las montañas, que, según ellos, se encontraba donde nace el río. De este pueblo, contaron grandes historias, de guerreros invencibles, de hombres que eran capaces de volar, que dominaban los metales y lo más importante, todos los utensilios estaban realizados en plata y oro.&lt;br /&gt;            Allí pasamos toda la mañana, intentando sacar algo en claro de todo lo que Rodrigo contaba. Por lo general y apoyándonos en las experiencias de otros, que como nosotros, trataban con indígenas eran formidables en el arte de mentir, debiendo poner todas sus historias en cuarentena. Pero sin embargo, nuestro indígenas poco trato habían tenido con castellanos, por lo que todavía coserían capaces de mentir e inventar tan fantásticas aventuras, y más si las contaban indios de tribus distintas, como era nuestro caso. Este era el único argumento válido para justificar una nueva aventura. Cuando llegaran los esperados refuerzos de España, pues ya era mucho el terreno a controlar, y a pocos los hombres que quedábamos para ello.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8273081455983586363-6969453501891722235?l=elmorrion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmorrion.blogspot.com/feeds/6969453501891722235/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/05/xv-nuevo-coin.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/6969453501891722235'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/6969453501891722235'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/05/xv-nuevo-coin.html' title='XV NUEVO COIN'/><author><name>Pedro Ignacio Altamirano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17642706570438990808</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_eLgEfuYb4U4/SggAM-shrYI/AAAAAAAAAIQ/jf4bvqMF1wM/S220/APOIII.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8273081455983586363.post-6411570264048675644</id><published>2009-05-25T04:04:00.000-07:00</published><updated>2009-05-25T04:08:32.339-07:00</updated><title type='text'>XIV OSUNA, COMIENZA EL REGRESO</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;XIV  OSUNA. COMIENZA EL REGRESO&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era aún de anoche cuando ya teníamos todo lo necesario para partir. Mi padre había organizado nuestra estancia en Osuna con el propósito de planificar mi nueva expedición a la Indias, dada la tranquilidad tan acogedora del pueblo, pero mucho sospechaba que mi María Luisa y nuestros respectivos padres, eran la otra parte de nuestra presencia en Osuna, aunque a mi, todo hay que decirlo, tampoco me desagradaba la idea.&lt;br /&gt;Tal como nos alejábamos de la vega Granadina, ésta se iba llenando de luz a medida que se elevaba el Sol y estrellar sus rayos sobre las blanquísimas paredes de las casas, daba la impresión de estar riendo miles de diminutos pañuelos al aire, despidiéndonos. Lo último que recuerdo era una inmensa y deslumbrante mancha blanca, extendida entre la Alhambra y la vega. En un momento, sentí que nunca volvería a tener la ventura de recorrer sus calles. Las lágrimas recorrieron mi rostro, hasta el punto de hacer que mi padre extendiera su mano casta mi hombro, en un cariñoso gesto de compresión y apoyo.&lt;br /&gt;El viaje lo realizamos sin parar en ningún pueblo. La única noche que pasamos, descansamos en el mismo borde del camino, al Carlo de una fogata, que Rodrigo, quién si no, se encargo de mantener viva. En las fechas que nos encontrábamos, empezaba a hacer frío y no era cosa de que alguno de nosotros callase enfermo ahora que teníamos que organizar una nueva expedición. Intentaría que sirviera para “limpiar” mi nombre y el de mi familia de tantas “habladurías”.&lt;br /&gt;Allí estaba en la puerta del caserón de Osuna, compuesta con sus mejores galas. Su tez roja, las piernas no dejaban de moverse de forma tan nerviosa que hacían vibrar sus pechos al mismo tiempo. Era María Luisa. No pudo esperar, nada más desmontar de mi caballo, arrancó a correr haciendo caso omiso de las reprobadotas palabras de su madre me abrazó con tal cariño que, no tuve más remedio que corresponder en igual medida, ante el asombro de los allí presente.&lt;br /&gt;Imaginaba la soledad y aburrimiento, que transcurrirían sus días. No podía entender como me había tomado tanto cariño en tan poco tiempo, tan solo habíamos estado juntos varios días y yo no había prodigado el arte escribirme con ella. A no ser, claro está, que todo esto hubieses estado previamente preparado, posibilidad que, conociendo levemente a María Luisa, no debía desestimar. Solo había que esperar paciente los acontecimientos.&lt;br /&gt;Las primeras jornadas en Osuna, transcurrieron con una tranquilidad que jamás antes tuve. Dedicaba mi tiempo, de la misma forma que en Granada, a leer, escribir, pasear, tomar vinos con Rodrigo e intentar olvidar, por el momento, cualquier otra cosa que no fuese el puro descanso y la compañía de María Luisa. Mi padre, gran aficionado a la caza, salía desde muy temprano con D. José, padre de María Luisa, a ver si lograba abatir alguna pieza de las presumir ante el resto des sus amigos, pero, si en la guerra tenían la misma suerte que en la caza, no me explico como a estas alturas seguían con vida, después de tantas batallas de las habían salido victorioso. Desde luego, viendo cosas como ésta, se comprende lo grande y misericordioso que llega a ser Dios con algunos de sus hijos.&lt;br /&gt;Cuando decidimos comenzar a organizar del viaje andábamos todos con algunos kilos de más. Estábamos más desganados de la cuenta y, se nos había borrado la cara de ”fieros guerreros” y lo mas indigno y humillante, las armaduras apretaban por todos lados, inadmisible, por ahí empezó a castigarnos de forma verbal mi padre.&lt;br /&gt;- ¡Vergüenza me da veros así! En estas condiciones olvidaos de los motivos por los que estamos aquí. Seguro que pereceríais en un trecho de cualquier viaje, así, desde luego, no tengo esperanza alguna en esta misión que queremos organizar. Espero que a partir de ahora, empecéis a cuidar cuesta forma física con el entrenamiento de las armas, porque si no, mal asunto.&lt;br /&gt;- Padre, no se preocupe, que ya nos las arreglaremos. Además, tampoco vuestra merced da muy buen el tipo, que digamos, replico mi hermano con cara de mucha juerga.&lt;br /&gt;- Sin embargo, seguro que ahora mismo, os derrotaría ante de que pudieseis reaccionar, dijo con voz y mucha ironía. Pero no estamos aquí para bromas, si no para ver que hacemos, he empeñado mi palabra ante el Emperador y no tenemos más remedio que cumplir con ella, y más tú, añadió mirándome de forma directa a los ojos. A ti te corresponde de nuevo el honor de capitanear la expedición, en nombre de nuestra familia. El Emperador se ha dignado a concederte un nuevo titulo y eso hay que responder. Así elige lo que quieras y me lo dices dentro de unos días. Cuando tengas algo pensado, que lo comunicas y ya veremos si es factible económicamente; del mismo modo debes pensar quienes te acompañaran, descartando por supuesto a tu hermano Luis, que se maneja mejor en las finanzas de la familia.&lt;br /&gt;- Pero padre, le respondí, ahora soy yo el casadero, ¿Qué dirá maría luisa y su familia?&lt;br /&gt;- Pobre iluso, D. José esta de acuerdo con ella, además de financiar buena parte de la aventura, consiente en que lleves a su hija contigo.&lt;br /&gt;- ¿Qué dice padre?&lt;br /&gt;- Es fácil, te casas… y te la llevas.&lt;br /&gt;- ¡Os habéis vuelto loco!, ¿Cómo me voy a casar con María Luisa, cuando ni siquiera estoy seguro de amarla?, menos llevarla conmigo a las Indias! ¡Qué ideas tiene Padre!&lt;br /&gt;- No es solo una idea, es una orden. Tienes edad más que suficiente para casarte. María luisa, la pobre, está cansada de esperarte, ¿Cómo la vas a dejar? Lo dicho, te casas y te la llevas, ¿entendido?&lt;br /&gt;- ¿No hay otro remedio, padre?&lt;br /&gt;- No, no lo hay.&lt;br /&gt;Dicho y hechos, salí de allí en compañía de Rodrigo. Mi hermano ni se atrevió a hablarme, supongo que por la cara que llevaba puesta. No entendía nada, ¿Cómo se podía organizar tantas cosas a la ver?, mi expedición, la boda. A mi padre era un hombre más especial de lo que yo creía, o lo que en realidad buscaba era casarme con María luisa y conseguir al mismo tiempo, la inestimable amistad y alianza de D. José.&lt;br /&gt;Bien pensado, no era mal negocio la boda: María Luisa era hija única y hedería toda la hacienda, títulos de más pertenencias. Esto era lo que menos me encajaba en el negocio de nuestros padres, porque lo lógico, supongo yo, sería que nos quedáramos en Osuna, ayudando a D. José en la administración de la hacienda, pero, no, nos mandaban a las Indias, “de conquista”. No había quien lo entendiera, pero como buen hijo, callar y obedecer era lo único que podía hacer. A pesar de mi obediencia y sacrificio, mi padre no paraba de recordare lo agradecido hablar de estarle, el haberme librado de la Inquisición, ante la irónica y burlona presencia de mi hermano.&lt;br /&gt;Mientras tanto María Luisa comenzaba a mostrar su verdadero rostro e interes con continuos comentarios: que no estoy segura, que no lo se, no creo que me améis, ir tan lejos etc.… pero ¡mentira! Allí no había nada que pensar. Aquello estaba más hecho que la toma de Granada. Así un día, harto de tanta estupidez, le dije a María Luisa que, o se dejaba de tonterías, o el que abandonaba el asunto era yo. Una cosa era hacerse la remolona, por eso de cubrir las apariencias, y otra muy distinta querer tomarme el pelo.&lt;br /&gt;Ella, como era suponer, aceptó de inmediato, entre lágrimas y reproches por mi falta de cariño en el trato con ella. La cosa estaba hecha, solo faltaba dar la noticia de forma oficial a las familias y fijar el día de la boda. Todo este teatrillo se monto en menos de quince días, estaba arreglado.&lt;br /&gt;Mi padre, en un acto de supremo ingenio, invitó a celebrar la misa al Calificador, al Obispo y al Padre Prior de los Franciscanos, en un acto de reconciliación para todos. También se pensó en hacerlo extensible al Padre Jesús, pero este no se encontraba aún en buenas condiciones para ello y un viaje hasta Osuna, podría ser fatal para un enfermo como él. Además ¡que falta hacia allí un fraile como este! Lo único que podría suceder es que la liara otra vez con cualquiera de sus tonterías. Mejor estaba en Granada, recuperándose a nuestra costa.&lt;br /&gt;Llegó el día de la boda y esta se celebró como ordenaban cánones de la época para familias como las nuestras: Gran Gala, festejos, misas y donaciones. Un verdadero derroche. Durante días hubo continuas celebraciones, sin que pudiéramos retirarnos, por no tener, no tuvimos ni noche de bodas. Cuando por fin pude retirarme a descansar con María Luisa, ya habíamos pasado cuatro noches sin pegar ojo. Un verdadero desastre.&lt;br /&gt;Desde el primer momento viví en casa de D. José. Se empeñó en ello para que fuera tomando contacto con mis nuevas posesiones de inmenso valor. Allí transcurrieron las dos siguientes semanas, durante las que ni intente cruzar el portalón de la calle. Eso sí, tanto mi hermano como mi padre y Rodrigo, me visitaban casi a diario, reportándome todos los cotilleos de un pueblo que tardo muchísimo tiempo en recobra la normalidad. Parecía como si de repente, hubiese desparecido la idea de la expedición. Yo, por mi parte, tampoco ponía mucho empeño en recordarlo, prefería mil veces permanecer en casa con María luisa, pero pronto iba a terminar toda aquella quietud: mi padre retomo el tema con todas sus fuerzas.&lt;br /&gt;Después de mucho pensármelo, creía que lo mejor era continuar donde lo había dejado: ir hasta “Coin” y, desde allí, continuar con la expedición aquellas tierras. De este modo, también resultaría mucho mas barato ya que contábamos con un punto de partida, pudiendo dejar en el a María Luisa, mientras nosotros nos adentrábamos en la selva. Así me fue fácil convénceles de mis planes. El único inconveniente, según Rodrigo, era el posible problema de encontrarnos con algún fiel colaborador del Padre Jesús, pero, para mí, ese era el primer motivo de la elección. Con ello lograría volver y demostrar mis razones a los enemigos y alegrar al mismo tiempo la vida a los indígenas.&lt;br /&gt;Debíamos proveernos de hombres, comida, animales, armas, Naos, herramientas y un sin fin de cosas más. Esta vez, al ser yo quien, desde el principio, iba a organizar la expedición, mimé al máximo del atención en cada uno de los detalles. Como ejemplo, recuerdo que, para las cosas de la despensa hicieron falta de forma aproximada 300 ristras de ajos, dos jarras de alcaparras, diez fanegas de almendras con cáscara, ciento ochenta barriles de anchoas, trecientas libras de arroz, trescientas de azúcar, catorce arrobas de harina de pescado, dos mil dinteles de bizcochos, noventa cajas de membrillo, diecisiete sacos de higos, diez jarras de mostaza, trescientas arrobas de tocino, doscientas de queso, etc.., y todo esto además de tres vacas, que se encargarían de proveernos de leche fresca, para los casi trescientos hombres que calculé me harían falta para tal empresa. También teníamos que conseguir seis barcos con un costo aproximado de seis millones de maravedíes. Lo que seria costeado aparte iguales por mi suegro y mi padre.&lt;br /&gt;El reclutamiento comenzó nada más terminar de hacer las cuentas, en el mismo Osuna, donde había muchos ex infantes preparados, con experiencia e interesada en ir a las indias en busca de fortuna. A cada hombre le correspondería una media de tres mil maravedíes fijo por ir con nosotros como soldados. No querríamos llevar a hombres que andaban por Sevilla queriendo embarcar por tratarse en general gente mala condición y no plantear más que problemas en los viajes, como ya habían demostrado muchas ocasiones, amotinándose contra sus propios capitanes. Lo de los oficiales, era otra cosa. Con ellos por generalmente de buenas familias, debíamos pactar sus fijos uno a uno, según su experiencia y linaje. Muchos de estos jóvenes oficiales, pagaban su propio viaje para adquirir la experiencia necesaria, ya que más tarde ellos podrían capitanear sus propias expediciones.&lt;br /&gt;Tardamos casi tres semanas en preparar todo para nuestra partida hacia Sevilla. En su principio acordamos el primero en salir sería mi padre con mi hermano Luis para ir agilizando los trámites. María luisa iría conmigo y el resto de la gente en cuanto recibiéramos noticias de mi padre desde Sevilla. Así fue, al alba, como era su costumbre, partieron. En osuna quedó comigo también Rodrigo, que seguía con el reclutamiento de los hombres, haciéndoles pasar un riguroso examen.&lt;br /&gt;Esta vez no quería ningún problema con los hombres elegidos y mucho menos con los religiosos. ¡Bastante habíamos tenido ya! No fue difícil encontrarlos entre los hombres de estos alrededores, ya que eran más o menos conocidos al haber estado o estar trabajando para D. José.&lt;br /&gt;Sin darnos cuenta, teníamos ante nosotros la carta que desde Sevilla me hacía llegar mi padre. En ella reclamaba nuestra inmediata presencia. Tenía en su poder todos los documentos necesarios, y comenzado el reclutamiento del resto de los hombres que nos acompañarían. De igual modo, comenzó a buscar las naves que nos llevarían a las nuevas tierras.&lt;br /&gt;Dos días después partíamos de Osuna toda la expedición, a excepción de María luisa que permanecería en casa de sus padres hasta el último momento. De esa forma le ahorrábamos las incomodidades de un viaje con tantos pertrechos y la estancia en Sevilla. Así cuando me vería libre de su cuidado y podría concentrarme aún más dedicación en el organizar de todo aquel. Yo me adelante y realice el trayecto en una sola jornada y conseguí llegar a última hora. Rodrigo llegaría al día siguiente, con todo los demás hombres y pertrechos&lt;br /&gt;Nos alojamos en nuestra casa Sevillana, mientras que los hombres lo hicieron en el campamento que levantamos muy cerca del recinto portuario. Tal como íbamos reclutando hombres, íbamos concentrando en el campamento, donde empezaban a ser instruidos y armados por el incansable Rodrigo. El reclutamiento en Sevilla resultó mucho más caro y difícil de lo que en un principio calculamos, ya que no encofrábamos el tipo de gente que íbamos buscando. A los que nos interesaba, le pagábamos un poco más de lo normal, huyendo de los que venían a alistarse voluntariamente, al fin, poco a poco seguimos reclutando a todos los hombres, que aunque no tenían aspecto muy aguerridos y con cierto abandono personal, con paciencia y con las buenas instrucciones de Rodrigo, seguro que terminarían siendo buenos infantes.&lt;br /&gt;Sevilla cobraba día a día más influencia. Estaba convirtiéndose en el centro neurálgico de todo el tráfico con las indias. Por allí pasaba todo lo que entrada o salía, oro, plata, patatas, tabaco y todas aquellas especies de alimentos, plantas, pájaros y todo un sin fin de cosas. Esperaba que pronto pudiésemos volver con nuestras Naos llenas de oro, y en vez de cargados de problemas como en mi primera misión.&lt;br /&gt;El Emperador pasaba por Sevilla muy a menudo en busca de financiación entre las los nuevos mercaderes a cambio de nobleza. No era por tanto difícil tener la fortuna y privilegio de ser recibido por él. El Emperador utilizaba un gran salón anexo a la Catedral, al que se accedía atravesando paradisiaco jardín. Menos mal que empezaba a refrescar, porque nos tuvo esperando varias horas para desesperación de mi padre. Allí había mucha gente esperando ser recibida por el Emperador. No entendía que si le habían concedido audiencia para una hora, le estuvieran allí esperando entre tanto nuevo rico y mercaderes, así que, en un ataque de soberbia de que nos tenía acostumbrados, nos hizo dar media vuelta y marcharnos por donde habíamos llegado. Esperaba, como así sucedió que mandara mensajero con una nueva cita.&lt;br /&gt;A las seis y media de la mañana, entrábamos por la puerta del gran salón, El estaba sentado, mientras hablaba con dos hombres. Al llegar justo delante de él, nos hizo una señal con la mano para indicarnos que nos atendería en instante. Tras despachar a estos dos hombres, que saludaron a mi padre cuando pasaron junto a él, el Emperador nos pido que nos acercáramos. Empezó a dialogar con nosotros. Lo que más me impresiono fue el conocimiento que tenia de cada uno de los problemas: sabía perfectamente cuales habían sido nuestros pasos y, por lo que me contaban, le pasaba igual con todos los demás temas importantes que concernían al Imperio. La conversación fue muy fluida y práctica y adema breve conseguimos todos nuestros objetivos.&lt;br /&gt;Dio su consentimiento y protección, recomendándonos a franciscanos y dominicos como acompañantes religiosos, pero, el comentarle nuestro “problema” con los mismos, accedió a que fueran los Agustinos, tal como yo había propuesto. Agradeciéndole todos sus favores y con la promesa de nuevas y ricas tierras, nos despedimos de él, con todo tipo de reverencia.&lt;br /&gt;Con aquel ajetreo, los días pasaban sin darnos cuentas, yo quería partir pronto, pero en esos días no era tarea fácil encontrar marineros para las Naos. Solo nuestro dinero y la necesaria utilización de influencias, hicieron posible, poco a poco, ir completando todo lo necesario para nuestro viaje.&lt;br /&gt;Al fin teníamos todo dispuesto. Las naves eran la Esperanza, la Macarena, la Ascensión, El Sagrado Corazón de Jesús y la Rosario, buenos barcos, muy marineros y de buena madera y porte, que nos llevarían a Nuevo Coin. Pensaba en estaría y cada vez que me venía el recuerdo, se repescaba la imagen de Mussi. De quien intentaba olvidar sin éxito.&lt;br /&gt;Dos días después lo teníamos todo completamente organizado. Mande por María Luisa y el resto de cosas que allí quedaban. Mientras llegaban estuve dialogando larga y de forma provechosa con los diez agustinos que fueron presentados para tal fin. Estos venían bajo la obediencia de fray Antonio. Este era un fraile bajito de cabeza casi calva, con un único hilo de pelo que le circundaba por la parte superior de la cabeza, con la mirada fija y bastante franco a la hora de hablar y plantear los problemas. Como buen Agustino era filósofo me intentaría ayudar todo lo que pudiera en aquellos aspectos mías complicados de mi carácter, dudas o planteamientos religiosos.&lt;br /&gt;Parecía pues que todo Irina bien. Solo quedaba rezar y que María Santísima nos enviara buenos vientos, buena suerte y colmara de venturas esta nueva misión en su nombre.&lt;br /&gt;Al alba y con buen viento, desatracamos e iniciamos el lento recorrido por el Guadalquivir hasta llegar a mar abierto, desde donde, con la solicitada ayuda divina, navegaríamos rumbo a las Nuevas Tierras.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8273081455983586363-6411570264048675644?l=elmorrion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmorrion.blogspot.com/feeds/6411570264048675644/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/05/xiv-osuna-comienza-el-regreso.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/6411570264048675644'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/6411570264048675644'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/05/xiv-osuna-comienza-el-regreso.html' title='XIV OSUNA, COMIENZA EL REGRESO'/><author><name>Pedro Ignacio Altamirano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17642706570438990808</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_eLgEfuYb4U4/SggAM-shrYI/AAAAAAAAAIQ/jf4bvqMF1wM/S220/APOIII.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8273081455983586363.post-4659343386755897922</id><published>2009-04-30T07:54:00.001-07:00</published><updated>2009-04-30T07:54:59.274-07:00</updated><title type='text'>XIII  D. LUIS DE TORRES</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;XIII  D. LUIS DE TORRES&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;El sol empezaba a ocultarse tras las cercanas montañas que rodean la vega granadina, con el acostumbrado espectáculo multicolor con que regala a los privilegiados habitantes de dicha vega, día tras día. Parece un intento, por parte de Dios de resarcir a este pueblo de tanto dolor y sufrimiento recibidos durante los últimos años del reinado de Boahbil “El Chico”, en los que tanto él, como la Alhambra y sus moradores, resistieron hasta el final para no abandonar su Al-Andalus.&lt;br /&gt;Siempre nos hemos empeñado los españoles en despojar a los contrarios de todo aquello que poseen. No somos capaces de respetar sus nombres, menos aún su religión, hacienda y costumbres, por mucho que hayan demostrado hidalguía, nobleza y cariño por su tierra. Nosotros, impulsados por la “siempre justa” Ley de Dios, en manos de sus representantes más directos, hemos aplastado todo aquello que se nos ha interpuesto en el camino, sin reparar en nada y, lo que es peor aún, creo que así continuaremos hasta que el mismísimo Dios no cambie sus propios representantes. Este es el principal problema personal con Dios, ¿Cómo permite que sus pastores actúen como actúan? ¿Por qué se empeñaban en intentar evangelizar a estos pobres indígenas, con la misma saña que nos lo impedían los romanos nos quemaban, o arrojaban a los Leones, por el simple hecho de reconocernos que cristianos? ¿No estaremos nosotros haciendo lo mismo? Quiero pensar que Dios crea a cada ser con su propio destino y dejando que sea este quien elija la forma más correcta para llegar hasta él. De cualquier forma, modo o camino, Será el quien únicamente nos juzgue y, sobre ese concepto, intento llevar mi vida y mis acciones, pero de todo esto solo cuando nos acoja en su seno, estaremos completamente seguro?&lt;br /&gt;Cuando más ensimismado estaba, oí un gran revuelo en la entrada de mi casa. Al salir me lleve una gran sorpresa allí estaba D. Luis de Torres, Rodrigo y mi hermano Luis, con los dos únicos indígenas que pudieron soportar el viaje y el radical cambio de vida. Traían numerosas noticias, que mi hermano Luis empezó a relatar.&lt;br /&gt;hace justo seis días, llego a Sevilla D. Luis – aquí presente-.&lt;br /&gt;Hace una semana que llegó D. Luis. En vista de la desaparición de Padre Jesús y de que el Procurador General, D. Juan González, no daba la menor importancia al asunto, decidimos trasladarnos a Granada para ponernos a las órdenes para lo que haga falta. D. Luis como ahora os relatará, tomo buena nota de todo lo sucedido en el poblado de Nueva Coin. Esto, junto con el testimonio de Rodrigo y los comentarios, que aunque poco válidos, de los indígenas, el Padre Jesús tiene pocas posibilidades ante el Juicio del Santo Tribunal, aunque tratándose de la Iglesia, habrá que tener mucho cuidado. Comienzo el relato, dirigiéndose a mi padre, quién pregunto a D. Luis.&lt;br /&gt;- Veras! Después de tu marcha, empezaron a venir indígenas, contándome las atrocidades del Padre Jesús, y la verdad, una cosa es la evangelización de los indígenas y otra bien distinta su esclavización mal trato. Ya que me habían llegado noticias de que fraile llamado Sahagún, relataba ciertos desmanes por parte de los españoles. No creo que Dios acepte esto y menos que se haga en su Santo Nombre. En este contexto entran las acciones de Padre Jesús. En mi opinión, no creo que este tema interese mucho a los Franciscanos que llegue al Santo Tribunal, puesto que sería mucho más perjudicial para ellos que para vuestro hijo. Además de con mi declaración a favor del mismo, debemos tener en cuenta los siguientes aspectos: para acusar a alguien, lo primero que exige el Santo Tribunal es la absoluta solvencia del acusador. Segundo, que este no se amigo ni enemigo del acusado y tercero, que los testigos sean imparciales. También puede el acusado rechazar las acusaciones de los que pueda demostrar que tienen algún motivo personal en su contra. Así mañana, más descansados, analizaremos punto por punto. Ahora, acabó diciendo, refrescarnos con poco de vuestro buen vino, que bien lo tenemos merecido.&lt;br /&gt;Por fin pude estar a solas con Rodrigo, al que no veía desde mi partida de Sevilla. Estaba mucho más tranquilo. Volvía a ser el mismo hombre frío y responsable, dándome innumerables consejos sobre lo sucedido. Esa misma noche fuimos a un bodegón cercano a la Antequeruela, donde casi vimos amanecer y digo casi, porque el tabernero se empeño en echarnos.&lt;br /&gt;Por la mañana, tras el desayuno, nos reunimos alrededor de una mesa bien surtida de viandas, agua fresa y buen vino, por temprano que fuese para tomarlo. Cuando estuvimos todos presente, comenzó a hablar mi padre, haciendo una breve introducción y pesando la palabra a D. Luis de Torre, quien comenzó a decir: ¡Bueno!, Lo primero de debemos tener muy en cuenta es la fuerza que tendremos enfrente en el caso de que, tanto el Padre Prior, como el Padre Jesús, lleguen al acuerdo de presentar como definitivas las acusaciones ante el Santo Tribunal. Sin embargo, el primer punto a poner sobre la mesa es el de la solvencia del acusador. El Padre Jesús de solvencia, nada, pero como todos buen sabemos, los sacerdotes tienen el respaldo de la Iglesia y de sus respectivas ordenes, en este caso, de los Franciscanos, que no son de los más pobres. Donde debemos estar duros es en el tema de la amistad. Como sabéis, las envidias del Padre Jesús fueron siembres muy claras y conocidas por todos. Deberemos utilizar este término para basarnos en el echo de que el Padre Jesús, lo que quería era hundir moral y públicamente a nuestro querido amigo en común para, de ese modo, aumentar su propio prestigio y ego. Por ultimo creó testigos podría presentar el Padre Jesús, con la suficiente pero moral, que no fuesen parte interesada en el letigio. Pero, de todos modos, insisto en que debemos frenar aquí, en Granada el tema, impidiendo que este llegue al Santo Tribunal. Nuestras, me encargaré de averiguar lo que hayan avanzado los calificadores y que me una referencia exacta del estado de este tema. Y todo ello, sin contar con mi declaración, que será definitiva, llegado el preciso momento.&lt;br /&gt;- ¿Qué te ha hecho ponerte tan a favor de mi hijo? Indagó mi padre, más cuando ibas como fiscal y obligar regresar de forma tan rápida a mi hijo.&lt;br /&gt;- Ya lo he explicado de algún modo, fueron los indígenas quienes, con su actitud, demostraron que tu hijo no estaba tan descaminado. Al fin y al cabo, son hijos de Dios y, como tal hay que empezar a tratarlos.&lt;br /&gt;Así continuamos toda la mañana. El que no abrió la boca fue Rodrigo, extraño comportamiento este, lo que me animo a preguntarle cuando fuimos a pasear.&lt;br /&gt;Rodrigo no has abierto la boca&lt;br /&gt;Yo, ¿para qué? ¿Qué tengo que añadir yo, después de todo lo dicho por D. Luis? No te preocupes que ya hablaré yo cuando haga falta.&lt;br /&gt;Continuamos caminando hasta volver a casa para comer. Estábamos a los postres cuando nos trajeron la noticia de la llegada al convento del Padre Jesús. No habían conseguido verle, por llevar la cara totalmente hundida entre las telas de su túnica. Lo metieron a volandas desde el coche, lo que extrañó a los allí presentes. Mucha protección y cautela, para un simple fraile pensamos todos. Ya conseguiría alguien enterarse de lo que pesaba con tanto misterio.&lt;br /&gt;Al día siguiente, muy temprano, como era de esperar, fuimos todos a ver al Prior. En principio nos negó la audiencia, alegando encontrase sumergido en sus oraciones. Nos comunico que nos recibiría hacia el mediodía, así pues, mientras tanto, nos sentamos como una pandilla de chiquillos bajo la sombra de unos cipreses junto a una fuente, que alegraba el patio contiguo al principal del convento. Entre cantos de pájaros, curas y el continuo y relajante sonido del agua, terminamos todos en un reparador sueño. Los demás no puedo asegurarlo pero yo si estaba seguro de que estaba dormido cuando llegaron a avisarnos. Empujé a Rodrigo quien cayó de espaldas sobre los incómodos chinos del patio, ¡que buena construiré la sevillana, menos chinos y más albero! murmuraba Rodrigo mientras se incorporaba del tropiezo y se quitaba los chinos que le habían quedado pegados al cuerpo.&lt;br /&gt;De nuevo empezamos a subir esa absurda escalera, que podría haber construido con la mitad de peldaños, ya que no levantaban medio palmo cada uno, pero conociendo a estos Franciscanos seguro que tenían alguna utilidad.&lt;br /&gt;Esta vez, los frailes que paseaban no se atrevieron a mirarnos. Íbamos tan seguros que, en aquel instante, podíamos con cualquier cosa. Al ponernos delante del Padre Prior, no dejamos que empezara, con alguna de sus costumbradas “tretas”, para desviar la conversación a su terreno.&lt;br /&gt;- Padre, le presento a D. Luis de Torres, al que con tanta ansiedad esperabais, empezó mi Padre con dirigente tono, podeis poner atención a sus palabras o, por el contrario, hacerle cuantas preguntas queráis. D. Luis, queda a vuestra entera disposición.&lt;br /&gt;- Espero que haya tenido vuestra Merced un buen viaje de regreso.&lt;br /&gt;- Sí! Bastante bueno, gracia a Dios y a la siempre imprescindible ayuda de María Santísima.&lt;br /&gt;- Bueno, contadme D. Luis.&lt;br /&gt;Comenzó a relatar, según él, todo lo acontecido, con esmera dedicación a aquello que más significancia podía tener para mi defensa. Cuando terminó, tomo nuevamente la palabra el Padre Prior.&lt;br /&gt;- Según escucho con atención, su hijo un verdadero Santo, le comentó a mi Padre, mientras clavaba su mirada en mis ojos.&lt;br /&gt;Mi hijo no es un santo, pero tampoco, estad seguro, lo quemaran en ninguna hoguera y, menos mientras alguno de los aquí presentes vivamos para impedirlo. Así que déjese de monsergas e intentemos arreglar este asunto, de una vez por todas. ¿Cuánto costará arreglarlo…, padre?.&lt;br /&gt;- Vuelvo a repetirle, que el Santo Tribunal lo decidirá, contestó indignado. Después de hablar con el Padre Jesús, que como ya sabrá, esta con nosotros, y que me repite una y otra vez, una versión bastante distinta a la vuestra, pensamos apoyarlo hasta el final en este asunto. Espere, y verá como se lleva una desagradable sorpresa.&lt;br /&gt;- Padre, empecé a dirigirme a él, con toda la rabia contenida durante tanto tiempo, son tantas las atrocidades que he visto, que ni Vos mismo en persona lo hubiese permitido. Ante tanta injusticia, desobediencia, envidia, maldad y cobardía, ¿Cómo estar allí y permanecer impasible ante tanta atrocidad? Le recuerdo unas palabras de San Agustín que viene ha mi memoria sobre este tema: “podéis arrastrarme y colocar allí mi cuerpo, pero ¿Cómo obligaréis a mi espíritu y a mis ojos a fijarse en tales espectáculos?, yo no estaré presente: y vosotros, vosotros y ellos, sentiréis vergüenza”. Lo mismo le digo, Padre: no permitiré, mientras viva, que hombres como el Padre Jesús esclavizan a los indígenas en el Santo Nombre del Señor.&lt;br /&gt;- Estáis muy seguro, para decir lo que decía. Espero que ante el Santo Tribunal, os mantengáis tan entero.&lt;br /&gt;- Dios, no lo dudéis, estará conmigo.&lt;br /&gt;A continuación y sin mediar palabra salimos y regresamos a casa. Deberíamos solucionarlo de inmediato. Mi padre, en un ataque de soberbia, decidió tomar la iniciativa y, aprovechando la estancia del Emperador en Sevilla, plantarse ante él y pedir su intervención en el asunto, llamando al orden al Padre Prior. Partió al día siguiente, nada más despuntar el día. Se llevó con el a nuestro infatigable amigo D. Rodrigo, acompañado por diez hombres más como escolta durante el viaje. Impidió que le acompañara, ya que creía mucho más serio, presentarse solo ante el Emperador, en vez de con su hijo, el “ofendido”.&lt;br /&gt;De nuevo me tocaba esperar. Cada día me gustaba más Granada. Intentaba descubrir algo nuevo, y esta vez, con la agradable compañía de mi hermano Luis, al que en principio no le gustaba demasiado la idea de quedarse en la ciudad, pero que tal y como la iba descubriendo, cambiaba de opinión al respecto. Un día, después de contarle la odisea de quedarme dormido toda la noche en el Generalife y, detallarle el fausto espectáculo del amanecer, me obligó a pasar esa misma noche en los jardines, ya que quería sentir esa misma sensación. Así avisamos de ello al servicio y, en medio de aquel frondoso jardín, fuimos contemplando como poco a poco, se cubría el cielo de más y más estrellas.&lt;br /&gt;Dos días después, tras recuperarnos de la “nochecita” en el Generalife, en la que nos cayó encima toda la “rocía” del mundo, salimos a tomar unos vinos a un bodegón al que solíamos ir con asiduidad. Una vez en su interior, observamos como unos franciscanos levantaban mas y mas la voz, a medida que bebían más vino, cuando estuvimos seguros de que este había empezado a hacer efecto, nos acercamos a ellos con la intención de aprovechar la situación, e intentar sonsacar toda la información que pudiésemos sobre el Padre Jesús.&lt;br /&gt;- A la paz de Dios, hermanos –saludo mi hermano Luis, mientras nos sentábamos a su mesa.&lt;br /&gt;- Que ella sea con vosotros, sentaos, contestaron al unísono.&lt;br /&gt;- Tabernero! tráiganos unas jarras de algún vino mejor que éste, grito mi hermano, mientras me miraba irónicamente.&lt;br /&gt;- ¿Bueno, hermanos… de paseo? pregunté&lt;br /&gt;- Si, porque llevamos unos días en el monasterio que para que le vamos a contar.&lt;br /&gt;- ¿Mucho ajetreo?&lt;br /&gt;- ¡jaleo! Si vuestra merced supiersa, tres días sin dormir llevamos.&lt;br /&gt;- ¿Y a que se debe? ¿Estáis de ejercicios? Indagó con intención mi hermano, a los cada vez más parlanchines frailes.&lt;br /&gt;- ¿De ejercicios? Si. Que más quisiéramos que estar de ejercicios&lt;br /&gt;- ¿Entonces, de que os quejáis?&lt;br /&gt;- No se ofenda vuestra merced, dijo uno de los franciscanos mirando muy fijo a Luis, pero es que lo que ocurre en el monasterio, no podemos contarlo, al estar bajo secreto de confesión…, ya me entiende lustra merced, no&lt;br /&gt;- Sí hombre, no se preocupe, que no tiene importancia. Era solo por puro gusto al cotilleo. Como comprenderá, hermano, ¿Qué interés íbamos a ternera nosotros así lo que ocurra en un monasterio? ¡tabernero, más vino!&lt;br /&gt;- ¡Eso, más vino! Que un día es un día y vuestras mercedes parecen buena gente, gritaron los curas.&lt;br /&gt;- ¿Sois de Granada hermanos?, bueno, perdón pregunto si sois de esta comunidad de Granada o estáis simplemente de paso.&lt;br /&gt;- No! ¡que va!. De Granada no somos. Hemos venido escoltando a un hermano de Sevilla, para que vea al Prior por algún asunto.&lt;br /&gt;- ¿Desde Sevilla? – pregunto mi hermano con la certeza de haber dado casualmente, nada más y nada menos, que con los acompañantes del Padre Jesús.&lt;br /&gt;- Si, desde Sevilla, ¡Menudo viaje que nos ha dado el hermano!&lt;br /&gt;- El hermano&lt;br /&gt;- Bueno verán Vuestras Mercedes, ese precisamente el secreto. Pero ¡que importa! Vosotros no vais a ver al Padre Prior a contarle lo que decimos., ¿no?&lt;br /&gt;- ¿Nosotros? replicamos los dos al mismo tiempo. No hermanos, no. Que se nos ha perdido a nosotros en su convento. Además mi hermano, decía Luis, mientras apoyaba su mano en hombro, tiene la promesa de no pisar un convento hasta que en ello permitan entrar mujeres. Terminó diciendo entre las carcajadas de todos.&lt;br /&gt;- ¿Qué más da? Os lo contamos – dijeron ya completamente borrachos.&lt;br /&gt;- Se trata de un hermano que ha regresado de una misión en las Indias, donde por lo visto, ha tenido numerosos problemas con el Capitán responsable de la misma. Por lo que hemos entendido, resulta que este hermano, tal como volvió, fue entrando poco a poco, en una cada vez más profunda depresión, hasta terminar pendiendo la “chaveta”. El pobre se pasa todo el día echando escupitajos a todos los que pasan, y maldiciendo continuamente a Dios y todos sus Santos, tanto, que se cree que está endemoniado, por lo que están realizando exorcismo. No sé por que extraña razón dice el Prior que es urgente que se recupere de inmediato, cuando lo normal es que ya se le estuviera quemando. Yo personalmente, no creo que vuelva a recuperarse de esta.&lt;br /&gt;- Así que el Padre Jesús, esta loco. Dije en voz alta sin darme cuenta de con quien estaba hablando.&lt;br /&gt;- ¿Le conocéis? Preguntaron los frailes extrañados.&lt;br /&gt;- No, si lo has dicho tú antes. Reaccione de forma tan oportuna como rápida.&lt;br /&gt;- Ahí. Dijeron tranquilizándome por ello.&lt;br /&gt;- Bueno, ¿Estáis seguros de ello?&lt;br /&gt;- Claro! ¿No digo que llevamos varios días sin poder pegar ojo por los continuos gritos del hermano Jesús y sus exorcistas? ¡menudo jaleo arman! Lo que no me explico, es como no lo sabe ya toda Granada.&lt;br /&gt;- Bueno hermanos, nos dijeron, contamos con vuestra discreción, vamos a regresar al convento.&lt;br /&gt;- ¿Cómo? Dudáis de ella.&lt;br /&gt;- ¡No! dijeron todos a la vez.&lt;br /&gt;- ¡Pues…, con Dios ¡Dejad! ¡tabernero! No cobréis lo que los frailes, que yo me encargo. Terminó diciendo mi hermano en voz alta.&lt;br /&gt;- Gracias y hasta otra, que sea pronto.&lt;br /&gt;- Cuando queráis. Con dios.&lt;br /&gt;¡Ya lo teníamos!La casualidad nos lo ponía justo ante nuestras narices. Ahora solo hacia falta esperar el regreso de mi padre y desenmascarar al Padre Prior.&lt;br /&gt;Los días que transcurrieron hasta la vuelta de mi progenitor, se hicieron interminables, solo alegradas por la continuas correrías de mi hermano Luis, que de no gustarle Granada, había pasado a no dejar ni un bodegón por visitar, un día si y otro también. Empezábamos a ser más conocidos de lo recomendable, pero nos daba exactamente igual. Mi problema parecía haber desaparecido, como por el mismísimo diablo ¿Qué validez tendrían las acusaciones contra mi, ante el Santo Tribunal, cunado estas estaban realizadas por un poseído del diablo?&lt;br /&gt;Cuando por fin apareció mi Padre, dejamos que nos contara antes él lo que traía de Sevilla, para después, relatar nuestra magnifica noticia. Empezó a contarnos lo sucedidos al llegar a Sevilla se entrevistó con algunos amigos suyos muy cercanos al Emperador, indagando las posibilidades reales de conseguir sus propósitos. Lo teníamos más o menos fácil. El Emperador andaba metido en muchas guerras a la vez, y esto consumía muchísimos recursos económicos y, por muy poderos que fuera el Santo Tribunal, más poderoso es el dinero.&lt;br /&gt;La suprema, que, como sabes, controla al Inquisidor, está dominado por nobles, fieles colaboradores y amigos de mi padre, así pues todo se arregló, sin llegar siquiera a entrevistarse personalmente con el Emperador. Bastó el anuncio del envío de una nueva expedición a las indias, sufragada con el dinero de mi familia, para que se despejaran todas las dudas. Aquí traigo los documentos necesarios para convencer al Padre Prior de desistir en su intento de alargar este asunto, del que intenta claramente sacar el máximo provecho.&lt;br /&gt;Entre los documentos venía uno, donde los calificadores decían encontrar herejía en ninguno de los hechos por los que se me acusaba ante el Santo Tribunal, aparte de la debilidad de los testigos, por lo que desestimaban pasar dichas acusaciones a la calmosa. La suerte estaba echada. Si además de esto, le añadimos nuestra averiguaciones sobre el Padre Jesús. Era de suponer la gran alegría que nos embargó a todos en aquellos momentos. No pasar a la calmosa, el Padre Jesús endemoniado y, por si fuera poco, el compromiso de mi padre a pagar una nueva expedición a las Indias, aunque, por el momento, eso era lo menos importante.&lt;br /&gt;Al día siguiente, al alba, ya estábamos todos en pie y vestido con nuestras mejores galas, dispuesto a presentarnos ante el Prior. Esta vez pasamos por el monasterio como si lo hubiésemos conquistado y fuésemos a fijar las condiciones de la rendición de la plaza, que, bien pensado, al fin y al cabo era a lo que íbamos.&lt;br /&gt;Como de costumbre, no nos quiso recibir en ese preciso momento, pero de una patada mi padre dio en el portalón de su despacho, entramos, sin mía dilatación ni permiso, donde estaban reunidos el Prior y algunos frailes. Seguro que como engañarnos. El vernos entrar de ese modo, hizo retroceder sobre sus pasos a estos frailes, hasta sentarlos en sus sillas correspondientes.&lt;br /&gt;- ¿Cómo os atrevéis a entrar así en mi despacho, sin mi permiso?&lt;br /&gt;- Porque no dispongo de mucho más tiempo que perder con Usted. le contesto&lt;br /&gt;- Podíais haber esperado al menos a que terminara de empachar con estos hermanos, con quienes estoy reunido ¿no?&lt;br /&gt;- Pocos asuntos más vais a poder dempachar Vos, si no os avenís a razones padre Pior.&lt;br /&gt;- Bien, pues… decidme ¿a que viene tantos humos?&lt;br /&gt;- ¿Cuál fue, Padre, la última oferta que le hice?&lt;br /&gt;- Un miserable millón de maravedíes! ¡un miserable millón por la vida de vuestro hijo!&lt;br /&gt;- Consideradlo perdido prior, le contestó mi padre&lt;br /&gt;- ¿Cómo?&lt;br /&gt;- Si, lo que habéis escuchado; ni un maravedí más para vuestra orden, a no ser que traigáis ante nuestra presencia al Padre Jesús.&lt;br /&gt;- Imposible, el Padre Jesús se encuentra enfermo.&lt;br /&gt;- ¿Enfermo?, o poseído por el mismísimo diablo.&lt;br /&gt;- ¿Qué decís? ¿Cómo os atrevéis? Se encuentra enfermo, nada más.&lt;br /&gt;- Traedlo de inmediato a lo buscaremos nosotros por todo el recinto.&lt;br /&gt;- ¡Como gustéis! Nos contestó el Prior.&lt;br /&gt;- ¿Es que lo habéis sacado del monasterio Prior?&lt;br /&gt;- No, solo que cuando lo encontréis, le veréis en malas condiciones, a causa de su grave enfermedad.&lt;br /&gt;Salimos del salón seguidos por el Prior y todo su séquito. Empezamos a buscar por todos los rincones, pero sin resultado positivo para desesperación de todos. Cuando creímos que no lo encantaríamos en el interior del convento, vimos pasar a los frailes que encantamos.&lt;br /&gt;- ¿Dónde esta el Padre Jesús? Le pregunto enfurecido.&lt;br /&gt;- ¿No eres tú uno de los del otro día? Si y ese es tu hermano.&lt;br /&gt;- Sí en efecto, pero responded que es importante.&lt;br /&gt;- ¡Me engañasteis!&lt;br /&gt;- Si, pero ahora no importa eso. Dime donde está el Padre Jesús.&lt;br /&gt;- ¿Por qué?&lt;br /&gt;- Porque lo digo yo, amenazándolo con la espera en la mano.&lt;br /&gt;- ¿Cómo se atreve?&lt;br /&gt;- Me atrevo a todo. Dime, por última vez, donde esta o cometo una locura ahora mismo ¡vamos!.&lt;br /&gt;- Escondido en las caballerizas.&lt;br /&gt;Partimos hacia allá y lo encontramos. Estaba oculto entre las pajas, como si de algún animal se tratara. Lo sacamos. La mirada la tenía perdida y no paraba de gritar, gesticular y decir freses sin sentido. Tanta lástima daba, que decidimos llevárnoslo a casa cuidarlo y hacer lo que estuviese en nuestras manos. Para ello nos dio su autorización el Padre Prior, quien viéndose descubierto, no tuvo mío remedio que aceptar todas nuestras exigencias, ya que de lo contrario, seríamos nosotros quienes llevásemos el asunto ante el Santo Tribunal.&lt;br /&gt;El padre Prior había retirado también las denuncias presentadas por el Padre Jesús y alegó la enfermedad de este como motivo de las mismas, pidiendo el correspondiente perdón al Santo Tribunal.&lt;br /&gt;Una vez concluido todo el problema, de aguanté todo el discurso que me soltó mi padre, refiriéndose a la suerte que tenía al ser hijo de quien era, ya que, de otra forma, lo mías seguro era, que ya me hubiesen quemado en las purificadoras hogueras de la Santa Inquisición. La verdad es, ni yo mismo era consciente de la cantidad de casualidades que se habían dado para terminara todo de esta forma, tan ventajosa para mis intereses.&lt;br /&gt;Por el momento me dedique a dejar correr el tempo mientras intentábamos planificar el futuro más próximo mientras recordaba otra frase de San Agustín, del que tanto había aprendido en mi lecturas “olvidamos el pasado para lazarnos hacia el provenir” (S. Pablo en la epístola a los filipenses). &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8273081455983586363-4659343386755897922?l=elmorrion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmorrion.blogspot.com/feeds/4659343386755897922/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/xiii-d-luis-de-torres.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/4659343386755897922'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/4659343386755897922'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/xiii-d-luis-de-torres.html' title='XIII  D. LUIS DE TORRES'/><author><name>Pedro Ignacio Altamirano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17642706570438990808</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_eLgEfuYb4U4/SggAM-shrYI/AAAAAAAAAIQ/jf4bvqMF1wM/S220/APOIII.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8273081455983586363.post-458409617016619345</id><published>2009-04-30T04:08:00.000-07:00</published><updated>2009-04-30T04:09:03.417-07:00</updated><title type='text'>XII  LA ALHAMBRA. EL RENIO DE LA LUZ</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;XII  LA ALHAMBRA. EL RENIO DE LA LUZ&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Alcalá de Guadaíra, El Arahal y la Puebla, hasta llegar por fin a Osuna después de un cansado viaje. En principio, teníamos previsto continuar viaje al día siguiente, para llegar esa misma jornada a Loja, pero por la mañana, al ir a visitar al comendador, éste logró convencer a mi padre para quedarnos unos días más y participar de ese modo en las fiestas. Por mucho qué intentó eludirlo, no tuvo otro remedio que terminar aceptando, ya que no estaba por esas tierras desde hacía mucho tiempo, y al mismo tiempo comentar el problema, que cuantas más personas a favor, mejor.&lt;br /&gt;Para mí fue fantástico. Tuve tiempo para relajarme y olvidar durante algunos días la Inquisición, al Padre Jesús y todo los problemas que me reodeaban. De igual modo, pude fijarme en la hija mayor del Comendador, de tal belleza que hacia que dejara de recordar a mi inolvidable Mussi, a quien tenía que terminar apartando de mi mente, si quería ilusionarme con alguna otra mujer. Así pues me dediqué a cortejar a María Luisa, que es como se llamaba, animado por la sensación de ser correspondido por ella. Esa misma tarde me atreví a acompáñala a la procesión que, en honor de la Patrona, se celebraba en el Pueblo. Como era lógico, estuvimos acompañados por varias damas de compañía e intercambiar frases tan ridículas como cursis, pero fue suficiente el cruce de nuestras miradas para comprender que aquello iba por buen camino.&lt;br /&gt;Allí quedó María Luisa apenada y con la miel en los labios, mientras observaba como me marchaba con la promesa de regresar por ella en cuanto resolviera el asunto que me llevaba a Granada. Esperaba que quedara solucionado lo más rápido posible.&lt;br /&gt;Continuamos el camino soportando el sofocante calor. Hicimos primera parada en la Roda, donde dimos de beber a los caballos.Continuamos hasta llegar a Archidona, donde convencidos de no llegar a Loja esa misma jornada, decidimos aceptar la invitación para pasar allí la noche, en casa de otro de los múltiples amigos que tenía por estar tierras mi padre. Por fortuna, esta vez no había hija en edad casadera y pudimos continuar con el viaje al amanece y llegar a Loja a eso del mediodía, sin más complicación que el calor, que no desistía en su empaño de acompañarnos allá donde íbamos.&lt;br /&gt;Loja, importantísima ciudad, donde tantas cruciales batallas se libraron durante la conquista de granada. Esta enclavada en la cuenca del río Genil, que la nutre de una finísima agua procedente de la ya cercana Granada.&lt;br /&gt;Como nos solía ocurrir, llegábamos para parar unas horas, y terminamos pasando unos días. Yo me ocupé de las buenas relaciones con las familias principales de Loja, visitar tropas y algún que otro convento, para ir tomando contacto con el clero, por lo que pudiera acontecer en Granada con el Prior de los Franciscanos. Como curiosidad, recuerdo que tuve que explicar continuamente mis experiencias en las indias, ya que el interés que por allí había era grande, y siempre se ofrecían bastantes voluntarios para nuevas aventuras, si es que éstas se llegaban a realizar.&lt;br /&gt;Mi padre terminó sus asuntos en estas tierras mucho más rápido de lo previsto, lo que posibilitó que, tras descansar todo el día, pudiéramos salir de Loja con dirección a la deseada Granada, donde llegaríamos, si no surgían contrariedades, esa misma noche.&lt;br /&gt;El camino, tal como avanzaba la jornada, se hacía cada vez más pesado por el calor y las ganas de llegar. Comimos en Alhama y por la tarde llegamos a Santa Fe, desde donde ya se divisa Granada coronada por la majestuosa Alhambra. Desistimos de una nueva invitación para quedarnos en la ciudad y continuamos hacia Granada, llegásemos a la hora que llegásemos.&lt;br /&gt;Nuestra casa estaba justa en el centro del Albaicín. La había comprado mi padre a buen precio a uno de los pobres judíos que tuvieron que salir de Granada. Tenía dos plantas alrededor de un patio, en cuyo centro, una enorme fuente repartía el sonido del agua por toda la casa. Un artesonado labrado en madera hasta media pared y, desde ahí hasta el suelo, azulejos blancos con estrellas de color azul berebere. Esterticias, azucenas y una incontable cantidad de claveles, inundaban todo el patio, recordándome el poblado junto al río, al que tanto empezaba a echar de menos. Sus pequeñas ventanas dejaban pasar la luz necesaria para dar la sombría y fresca sensación que tanto ayudaba a soportar el calor.&lt;br /&gt;Desde una de esas ventanas, junto al mismo pie del recinto, pude recibir la indescriptible sensación que produce observar el espectáculo del atardecer granadino. De forma lenta, el blanco se opaca, igual que hace el azul del limpio cielo. También se apaga el encalado de las casas cuyas siluetas recortan en lo oscuro de la noche, que cuando llega, transforma colores, fragancias y sombras. Si en ese momento, se sube a la azotea, y acostado mira el firmamento, puede observar como pasan las estrellas, lunas, luceros, cometas y mil astros inimaginables, que hacían repetir. Allí recostado recordé el sueño del que logró despertarme Rodrigo, cuando quizás no soñaba, sino que traspasaba el umbral de la muerte.&lt;br /&gt;Aquellos primeros días en Granada fueron inolvidables. Sus calles, su olor, tascas, gentes y sonidos marcaron, aún más, si cabe, mi admiración por las otras culturas no castellanas, al mismo tiempo que recordar el motivo por el que me encontraba en Granada. No podía caer de nuevo en esa falta, solo quedaba que me convirtiera en defensor de los Judíos, Moriscos etc.…, en la mismísima Granada.&lt;br /&gt;Mi padre consiguió audiencia con el Prior de la Orden Franciscana para cuando mejor nos conviniera. Bastaría con enviar la víspera a un paje con el día y la hora, para que el Prior nos recibiese. Allí nos “plantamos” dos días después, el encargado de explicar el motivo de nuestra visita fue mi padre, que no se atrevió a que yo pudiese ni abrir la boca.&lt;br /&gt;A medida que relataba mi padre los acontecimientos, la cara del Padre Prior cambiaba de color y de expresión, reflejo de, que por suerte, aun no tenia noticias del Padre Jesús. Al terminar la larga exposición, el prior concluyó con una simple y escueto me extraña no tener noticias de tan desagradable asunto, volved pasados algunos días, que para entonces ya tender noticias. Nos despedimos de él previa donación de una importante cantidad de maravedíes para el mantenimiento de la orden, como signo de buena voluntad.&lt;br /&gt;Los días transcurrieron lenta, pero de forma provechosa. Respirar a diario la fragancia de las flores que lo inundaban todo, observar las perfectas formas arquitectónicas de la Alhambra, o perderte por los jardines del Generalife, era más que suficiente para no sentir el pasar de los días, a la vez que se colmaban todas mis necesidades sensitivas.&lt;br /&gt;Recuerdo que una tarde, paseando por el Generalife, me acurruqué sobre la hierba, cerca de unas matas de azucenas, quedándome dormido. Al despertar, me encontraba “chorreando” de agua, que el rocío se había encargado de depositar sobre mi cuerpo durante la madrugada. Amanecía, la vega poco a poco, empezaba a inundarse de luz; el único ruido que dominaba era el canto de los pájaros que revoloteaban por toda Granada. Las luces de los candiles de las casas se apagaban al tiempo que el sol las tocaba con sus rayos. El Genil empezó a desprender una gran enorme cantidad de haces de luz, estrellándolos contra los montes que rodean la vega. El color me embriagaba, la luz me cegaba, el ruido me aturdía, entre la gente, poco a poco, recorriendo callejón por callejón, plazas, zoco, rincones llenos de mercaderes que empezaba a montar sus tenderetes, conseguí llegar a mi casa. Por fin pudieron tranquilizarse después de pasar toda la noche en vela preocupados por mi desaparición.&lt;br /&gt;Llegaron noticias del Padre Prior de los Franciscanos. Debíamos presentarnos ante él lo más urgente posible. Esa misma tarde estábamos en su presencia. Su gesto era muy distinto de aquel otro tan risueño con el que nos recibió el primer día. Estaba tenso, nervioso y no dejaba de gesticular, gritando a unos y a otros. Gritaba de igual forma, invocando el Santo nombre del Señor, cada vez que le contrariaban con cualquier cosa. Así pasamos no recuerdo cuanto tiempo, esperando de pie hasta que, por fin, terminó de organizarlo todo, pidiéndonos que tomáramos asiento y disculpándose por la tardanza.&lt;br /&gt;Os he mando llamar, comenzó a decir el Prior, porque creo disponer de la necesaria información sobre el asunto que nos preocupa. Como era lógico esperar, la versión recibida del Padre Jesús, es muy distinta de la de vuestro hijo, tanto en el contenido como en su forma, pero, si quiere que le diga la verdad, lo que en realidad me preocupa, es el no haber tenido noticias de ello hasta vuestra llegada. Esto me otorga la confianza como para dar un margen de credibilidad a vuestra historia, y esa es la única razón por la que estoy ahora dialogando con ustedes y, no directamente con los responsables del Santo Tribunal. Por lo visto, está por llegar un tal D. Luis de Torres, quien podrá aclarar muchas cosas de este increíble asunto, ya que, sin su concurso, poca luz se hará sobre ello. Así pues os propongo aplazar este tema hasta la llegada de D. Luis y, si en plazo prudencial no tenemos noticias de él, tomaremos alguna decisión sobre nuestro problema común.&lt;br /&gt;No dejó decir ni una palabra más a ninguno de los que allí estábamos presentes. Después de saludarlo y realizar un nuevo donativo para el buen funcionamiento del convento, abandonamos el recinto en dirección a nuestra casa no sin antes haber un par de paradas para refrescar la garganta depuse de tanto hablar.&lt;br /&gt;Entre tasca y tasca, no dejábamos de imaginar cual sería la próxima maniobra del Padre Jesús, ya que nos había extrañado bastante el misterioso comportamiento del Prior, tan favorable a nuestros planteamientos. No creía que, cociéndolo como lo conocía, el Padre Jesús se conformara con un simple acuerdo “amistoso”; estaba seguro de que intentaría hacer algo en contra de nosotros, por mucho que mi padre me asegurara que lo importante era lo que ordenara el Prior ya que eso era lo que más inquieto me tenía.&lt;br /&gt;Esa noche, bastante tranquilo, me encontraba sumergido en los recuerdos de tantos acontecimientos que sucedieron durante mi estancia en el río. No había terminado mi misión allí; ¿Qué hacia yo aquí en Granada, en casa de mis padres, sin hacer nada, mientras esperaba de forma impaciente un juicio que podía o bien condenarme a la hoguera, o no llegar siquiera a celebrarse, mientras que en aquellas tierras quedaban tantas y tantas cosas por realizar?. Tenía que terminar rápido con esto e intentar volver, pero el principal problema sería convencer a mi padre de ello. Que confiara de nuevo en mí y financiara una nueva aventura. Mi única posibilidad era intentar que mi padre arreglara las cuentas con la Corona, y que los beneficios obtenidos durante mi viaje fuesen lo suficientes para seguir con la aventura.&lt;br /&gt;Al contrarío de la madrugada del Generalife, esa mañana desperté cuando me dio de lleno el Sol al entrar por mi ventana. Cuando me asomé a ella, ya había terminado, sin mi presencia del diario espectáculo del amanecer Granadino, y la luz había ocupado por la fuerza cada uno de los rincones de la ciudad.&lt;br /&gt;Para aprovechar el largo periodo de espera, mi padre decidió partir hacia Sevilla y resolver algunos negocios allí pendientes mientras esperaba el regreso de D. Luis de Torres. De igual modo, estaría atento de cualquier movimiento del Padre Jesús y evitar complicaciones inesperadas. Yo, por mi parte, permanecería unos días más en Granada y partir hacia Osuna, donde pasaría algún tiempo con María Luisa en espera de noticias de mi padre o de Granada.&lt;br /&gt;Hacia Sevilla partió mi padre. Durante aquellos tranquilos días, sin agobios de ningún tipo y con plena libertad, intenté “beberme” Granada. Cuando más conocía la ciudad, mayor interés había en mi de conocerla aún mejor, ya que se empeñaba en ir descubriéndome cada día una nueva forma o un nuevo color, olor y mil cosas más.&lt;br /&gt;No existían en Granada familias de gran linaje, ya que todavía no había transcurrido el suficiente tiempo desde la toma de la ciudad por los cristianos, y las ya consolidadas, aunque tenían bastantes posiciones en la ciudad, preferían hacer la vida en ciudades como Sevilla, Toledo u otras grandes ciudades.&lt;br /&gt;Pero aquello no era importante para mí, yo no cambiaba por nada estar en Granada. Me sobraba casi todo; miraba, oía, olía, intentaba escribir sobre todas aquellas sensaciones que sentía a diario, con el fin de que no se me olvidaran nunca. Granada era el único lugar donde podría pasar el resto de mi vida sin necesidad de regresar a las India. Así, día a día, hasta darme cuenta que había llegado el momento de partir hacia Osuna, donde me esperaba impaciente, por lo menos eso pensaba, María Luisa.&lt;br /&gt;Ya estaba todo preparado para la partida. Los baúles cargados, los hombres sobre su caballos. Mientras que sentado en un cómodo butacón de anea en el centro de mi siempre fresco patio, esperaba que me indicaran el momento justo de salir. No sé que curioso fenómenos ocurren a veces: mientras estaba sentado, tuve la sensación de que pasaría algo que me impediría partir y, en ese preciso instante, entró mi padre con toda su compaña.&lt;br /&gt;Hijo! comenzó a decirme de pie, justo frente a mi butacón, del que ni siquiera me dejó levantar, menos mal que te cojo a tiempo. No sabes como hemos fustigado a los caballos para lograrlo pero, gracias a Dios, lo hemos conseguido.&lt;br /&gt;- Sí!, ya lo veo padre, me coge sentado al fresco a la espera el instante de partir, si llego a levantarme de ella, no me hubiese encontrado. Pero cuéntame, ¿a que tanta prisa?&lt;br /&gt;Muy fácil hijo, en Sevilla vieron a verme unos amigos y me comunicaron la partida de Padre Jesús, sin saber exactamente su destino final, pero como es lógico suponer, debe de ser hacia aquí donde se dirige. De inmediato partimos, y desde hace dos días no hemos parado hasta llegar aquí e intentar llegar antes que él. Mañana nos presentaremos ante el Prior y pediremos noticias al respecto. Tu hermano continúa en Sevilla, a la espera de la hipotética llegada de D. Luis.&lt;br /&gt;Vuelta a desembalar equipajes y volver a depositar cada cosa en su sitio. Estaba destinado a no marcharme de Granada por lo que empecé a escribir a María Luisa e intentar justificar mi retraso, aunque no había ningún compromiso formal por nuestra parte, pero nuestras familias eran muy amigas y era preferible no tener roces por pequeñas minucias de “críos enamorados”, me recomendó mi sabio padre.&lt;br /&gt;La carta no pudo ser más cursi: ya que no nos abinamos conocido tanto como para escribir sobre mis sentimientos, gasté tinta y papel en insulsas historias, livianas referencias a su bellos ojos: más que ablandar su corazón, seguro conseguía que, a mi regreso, intentara escapar ella por la puerta contraída, huyendo de mi cursilería.&lt;br /&gt;El monasterio era de una arquitectura muy sobria. Cuando se entraba en el interior del convento, daba la sensación de estar en cualquier otro de los que se repartían por todo el territorio Castellano, dejando fuera, en la calle, el más puro estilo musulman. Hasta el olor era distinto dentro de aquella Santa estancia. Solo algunas esterillas adornaban su patio cuadrado, con doce desvestidas columnas que soportaban el corredor superior, dando a todo el claustro ese estilo tan monacal. Por él, no paraban de pasear los Franciscanos, entre rezos, cantos y alguna que otra comidilla o susurro.&lt;br /&gt;Al piso superior se accedía por una gran escalera con ciento cincuenta y seis peldaños, que tuve la curiosidad y paciencia de contar. Al subir, se observaba la única licencia decorativa en los azulejos del siempre presente azul añil, similares a los que tanto me gustaban de la Alhambra. Aquellos, por lo menos, conseguían romper la imagen de desnudez de todo el recinto. Tal como avanzamos por el largo pasillo, sentía como se clavaban sobre mi cuello todas las miradas de los frailes que por allí deambulaban. Estaba seguro de que algo se había consumado y, con la racha de aciertos que llevaba, seguro que teníamos jaleo.&lt;br /&gt;Al entrar al despacho del Prior, este, de forma contraria a la esperada, nos recibió con una abierta sonrisa y desecho en atenciones, empezó a decir:&lt;br /&gt;Pronto os presentáis ante mí, mientras nos tendía una copa de vino, que aceptamos pero no bebimos.&lt;br /&gt;En cuanto hemos llegado tras un largo y cansado viaje desde Sevilla.&lt;br /&gt;En efecto largo. ¡ya se han apresurado! Mi fraile, el Padre Jesús aún no ha conseguido llegar.&lt;br /&gt;Lo suponía, contesto mis padres, con gesto de ironía.&lt;br /&gt;Si! Hacia acá viene. Intentaremos agregar este asunto de la forma mas beneficiosa posible para todos. ¿No lo cree más prudente así vuestra merced?&lt;br /&gt;Por supuesto! Comenzando a beber del vino ofrecido por el Prior.&lt;br /&gt;Por cierto!. Habló de nuevo el Padre, estamos falto de financiación para arreglar las ermitas de esta ciudad y construir esas nuevas Iglesias que tanta falta hacen, sin olvidar las mejoras de El Salvador y San Cecilio, con la enorme cantidad de gastos que esto supone para nuestra siempre paupérrimas arcas. Espero, pues que vuestra merced sea consciente de ello.&lt;br /&gt;Descuida, Prior, haré todo lo que este en mi mano y, por supuesto, también en las de mi hijo, con ayuda de las rentas por él conseguidas en el viaje a las Indias. Dimos media vuelta y salimos por el mismo camino que entramos.&lt;br /&gt;Al salir a la calle, me llegó un fresco aroma, que el viento se encargó de portar hasta mi nariz. Logré convencer a mi padre de que subiera calle arriba, en el intento de descubrir su origen. Al cruzar la plaza que se encontraba al final de la calle, en el primer portal, se encontraba un anciano árabe, que no sé que extraño modo aún sobrevivía en Granada. Mezclaba pétalos de rosa, azahar y claveles, con unas gotas de alcohol y agua limpia, recogida del rocío de la mañana. Al sentirse observado, levantó la mirada, nos sonrío, y nos ofreció un pequeño frasco del aquel mejunje mientras nos decía en perfecto castellano toma lleváoslo, él os traerá el amor y desterrará la muerte de vuestra vida más allá de las altas arboledas de vuestra casa.&lt;br /&gt;Cuando quise pagarle, ni siquiera alzó la mano, dio media vuelta y entró en el patio de su casa, sin dejar el menor rastro de olor a flores o alcohol. Menos mal que conmigo estaba mi padre para dar fe de lo ocurrido, si no, hubiese pensado que había sido un sueño. Intentamos buscar su significado lógico, que explicara lo sucedido, pero no encontramos ninguno. Solo fuimos capaces de achacarlo ha la pura casualidad, ya que intentar otro camino, sería entrar en otros terrenos mucho más peligrosos y, sobre todo, mi actual situación frente la Inquisición.&lt;br /&gt;Cuando llegamos a casa, discutimos hasta muy avanzada la noche en el intento de interpretar la reacción del Padre Prior. Quedaba claro que ocultaba algo. No era normal tanta amabilidad. Dadas las circunstancias, debíamos darnos a averiguar que pasaba y para ello lo mejor era ir al grano. Pensamos llevar a cabo la arriesgada maniobra de localizar la comitiva del Padre Jesús, y hacerle confesar sus verdaderas intenciones, aún a pesar de todas las complicaciones que podría acarrearnos, pero no podíamos estar de forma indefinida a la espera de los acontecimientos. Mi padre de todos modos, quiso intentar, antes de acometer aquel arriesgado plan, un nuevo y rápido pacto con el Prior, quien hablaba mucho, pero nunca hacía nada por arreglarlo definitivamente.&lt;br /&gt;Esta vez fue solo, con sus mejores galas, armadura incluida, armas y morrión bien calado.&lt;br /&gt;Padre, creo que este asunto no debe durar más tiempo. Mi familia no puede estar a la espera de que un fraile suyo se defina, sin hacer nada de provecho para nosotros y para la Corona, que ya pregunta. Así le ofrezco la suma de un millón de maravedíes, en cambio de que el Padre Jesús a alguna nueva misión y aquí, paz para todos.&lt;br /&gt;Lo siento Sr. Pero hasta que no llegue el Padre Jesús, no hay nada que discutir. En vuestra merced sabe, yo estoy dispuesto a llegar a un acuerdo que satisfaga a ambos, pero debo esperar, porque ese millón de maravedíes que me ofrece, pudiera ser poco, en virtud de los cargos que pudieran presentar contra su hijo.&lt;br /&gt;Tengamos la fiesta en Paz Padre, tome Usted esta mano amiga que le tiendo y recemos después a Cristo, nuestro Señor, para que ilumine nuestros caminos. Conminó mi padre al Prior, mientras la tendía la mano, que había sacado de su acorazado guantelete,&lt;br /&gt;No; le repito que hasta que no llegue el Padre Jesús y hable con él, no hay más que discutir, pero de todos modos deme esa mano amiga, que me ofrece.&lt;br /&gt;De hierro, padre Prior…, de hierro, terminó diciendo, a la vez sus introducía su mano en el frío guantelete.&lt;br /&gt;Cuando regresó a casa, anulo de inmediato la salida que habíamos decidido realizar en busca del Padre Jesús en la confianza de haber descubierto el verdadero motivo del Prior. Éste estaba más interesado en sacar buen beneficio económico, que en aclara el tema en un no muy a su favor juicio de la Inquisición. Había que seguir esperando acontecimientos. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8273081455983586363-458409617016619345?l=elmorrion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmorrion.blogspot.com/feeds/458409617016619345/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/xii-la-alhambra-el-renio-de-la-luz.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/458409617016619345'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/458409617016619345'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/xii-la-alhambra-el-renio-de-la-luz.html' title='XII  LA ALHAMBRA. EL RENIO DE LA LUZ'/><author><name>Pedro Ignacio Altamirano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17642706570438990808</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_eLgEfuYb4U4/SggAM-shrYI/AAAAAAAAAIQ/jf4bvqMF1wM/S220/APOIII.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8273081455983586363.post-7396264005150984287</id><published>2009-04-23T12:10:00.000-07:00</published><updated>2009-04-24T01:05:08.803-07:00</updated><title type='text'>XI SEVILLA</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;XI SEVILLA&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Llegamos a Sevilla, tras una leve, pero emocionante travesía por el Guadalquivir. ¡Que distinto este río de aquel otro! El puerto estaba punto de reventar. Había naves en cola para su desembarque. Gracias a Dios, a nosotros nos desembarcaron nada más llegar, porque, según nos contaron, había barcos en los que la gente llevaba días esperando para poder hacerlo.&lt;br /&gt;En teoría, tendría que ingresar en prisión nada más pisar tierra y, además, pagar los gastos de mi mantenimiento en presido mediante el embargo de mis bienes o los de la familia. Pero como la Corona nos debía tanto, no se atrevieron a detenerme para evitar el embarazozo problema del embargo. Todo quedó en el empeño de mi palabra de caballero de no salir de la jurisdicción del Santo Tribunal de Sevilla, y en paz.&lt;br /&gt;Me aloje con mi hermano Luis en nuestra casa solariega de Osuna. Allí la vida era tranquila y pueblerina. Sus habitantes seguían siendo igual de abiertos, trabajadores y partícipes de cuantas fiestas se organizaban en el pueblo. En Osuna, hacía tiempo que no quedaban árabes, pero su huella impregnaba los rincones de sus calles, dándoles esa magia especial a su arquitectura tan singular. El gusto por el agua y arte floral, convertían Osuna en una de las más bellas ciudades de Andalucía.&lt;br /&gt;Allí permanecimos hasta que fui requerido por el Santo Tribunal en Sevilla. El procurador, ya había terminado de preparar las adulaciones y presentado los cargos en mi contra y, de los que tendría que responder en mi primera declaración.&lt;br /&gt;Llegue a casa del procurador en visita personal e informal, fuera de cualquier protocolo a eso de las cinco de la tarde, acompañando por mi hermano Luis y Rodrigo, al que no veía desde nuestra llegada a la ciudad.&lt;br /&gt;D. Juan González, era un hombre afable, bajito y gordo, con cara de bonachón y amigo de unos íntimos amigos de mi padre. No me encajaba en el puesto que ocupaba, ya que lo que se esperaba de un procurador era un hombre terrible y malhumorado, según los cánones que teníamos preconcebidos, pero por fortuna, éste, al menos en apariencia, no lo era para nuestra tranquilidad.&lt;br /&gt;- Señor, sentaos y permitirme poneros algún refrigerio. Ya sabéis por que estáis aquí. Ha sido designado para encargarme de este delicado asunto. Cuanta menos gente lo conozca mejor para todos. Aún no me he entrevistado con el Padre Jesús, por mucho que éste lo haya intentado, antes de hablar con él, quería conoceros personalmente, y conocer vuestra versión en una franca charla, sin entrar en el tema que nos ocupa directamente. Además, soy también militar y, en cierta forma, siento algo de envidia de todos lo que, como vos, cruzan con valor la mar Oceana en busca de nuevos territorios para nuestra. Pero, contadme, ¿Cómo os encontráis?&lt;br /&gt;- Bien D. Juan estos días que pasé en Osuna, me han ayudado a recuperarme, que falta me hacía, y en cuanto a la juventud, créame Usted, allá he dejado la mayor parte de ella. Allí los años pasan cinco veces más rápidamente que aquí. Parece como si hubiese estado diez o quince años en vez de los dos que he pasado por esas benditas tierras de Dios , le contesté, en agradecimiento a su atención.&lt;br /&gt;- Ahora que mencionas a Dios. ¿Creéis en su poder sobre todas las cosa? Me preguntó con mirada socarrona.&lt;br /&gt;- En Dios y en María Santísima, todos los Santos, en el poder de la Iglesia, en el Santísimo Padre, en nuestro Señor Carlos V, emperador por la gracia de Dios, le respondí sin vacilar y con voz fuerte.&lt;br /&gt;- Esas no son las noticias que tengo.&lt;br /&gt;- Al final, Usted sabe D. Juan, que las noticias siempre terminan por ser comentarios de malas lenguas peor intencionadas. Para eso está aquí, para averiguar lo que ocurrió allí en realidad, sin dejarse llevar por rumores o falsas noticias.&lt;br /&gt;- Si, pero no entremos en profundidades, que, para eso, ya tenderemos la ocasión en otro sitio más adecuado de momento, contestadme, ¿Cómo son aquellas tierras?&lt;br /&gt;- No existen palabras para describir su belleza D. Juan, estando allí, se difuminan hasta la mínima duda que tengamos sobre la existencia de Dios. Existe D. Juan, existe y es grande y generoso con nosotros, al darnos todo para nuestro disfrute. Sus árboles, tan altos, verdes y gruesos, con una madera que jamás podríamos imaginar su existencia. Los multicolores flores que dan las necesarias anotas de colorido en un paisaje tan verde. Sus ríos de plata, no sé por que misterios sus incontables especies de aves y pájaros, que compiten en colorido y belleza con las flores, tanto, que cuesta trabajo distinguirlos cuando se ven de lejos…, y los indígenas, D. Juan. Los indígenas, tan hijos de dios como nosotros, cuidan todo aquello, integrados en la naturaleza, de tal forma, que sería difícil imaginar la existencia de una cosa sin la otra. Tienen sus creencias religiosas muy arraigadas ,como ya le contaré, pero, a su vez, con dóciles, dialogantes y voluntariosos trabajadores, y sobre todo D. Juan, es su bondad y infinita y desprendimiento, compartiendo con todos, todo aquello que poseen del modo más espontaneo. Permitidos que me atreva a pensar en voz alta, pero quizás está cansado del problema, me resulta difícil encontrar la adecuada respuesta a la duda que no deja atormentarme, por más que lo intento. ¿estará Dios de acuerdo con lo que allí hacemos? ¿estaremos actuando verdaderamente en su santo nombre o simplemente, en el nuestro?&lt;br /&gt;- Profundos temas me planteáis, sobre todo el último de ellos. Creo que, en efecto hay que ver lo que allí pasa, para poder juzgar en consciencia. Pero no olvides que aquí está el Padre Jesús, con otra versión muy distinta de los hechos. La próxima llegada de D, Luis de Torres, aclarará o no aún más todo este tema. De momento y, vuelvo a insistir, en lo estrictamente personal, no creo que tengamos que llegar a condenarte. Espero no llegar a un acuerdo amistoso con la Iglesia y aquí paz para todos.&lt;br /&gt;- Como espere conseguir un acuerdo con el Padre Jesús, mucho me temo que nos dará tiempo a envejecer antes de conseguirlo. Ya lo he intentado en multitud de ocasiones sin resultado alguno. Aquí está mi hermano para certificar su arrogancia y pedantería.&lt;br /&gt;- Lo que sí quiero comentarle, comenzó a hablar mi hermano Luis, es con el enorme cariño que trataban a mi hermano en aquel poblado, tanto los indígenas como el resto de infantes. Creo que en el ánimo de mi hermano, nunca estuvo ofender a nadie, mucho menos a la Santa Iglesia. Lo único que intentaba era realizar lo mejor posible su trabajo. Hacerlo bajo su propio modo de ver y sin dejarse influir por nadie, incluyendo a la Iglesia, a quien el Padre Jesús representaba. Para realizar un buen trabajo D. Juan, es a veces necesario tomar decisiones contradictorias y bastas conflictivas, pero estará conmigo en que son problemas del mando y nada más. De ahí a querer demostrar lo que intenta el Padre Jesús, que no la Iglesia, es una verdadera calumnia contra mi hermano y toda mi familia.&lt;br /&gt;Allí acabó la conversación. Tras despedirnos de D. Juan, nos dirigimos a casa mientras comentábamos la conversación con D. Juan.&lt;br /&gt;- Me parece buena persona, ¿no crees?- le empecé a preguntar.&lt;br /&gt;- Más que bueno…, zorro. No me fío nada de gente tan amable, más cuando tendría que estar serio y distante ante ambas partes. Me preocupa, no es normal tanta cortesía por parte de un Procurador General, con lo que son éstos…, que no me fío! Tendremos que tener cuidado con él, y tú, ten cuidado con lo que hablas, porque dices unas cosas que como las oiga alguno de estos sacerdotes del Santo Tribunal te veo consumido en una de sus hogueras.&lt;br /&gt;- No sea gafe, hermano, que no será para tanto. ¡vamos digo yo! Además a este lo podremos bailar un poco ¿no te parece sobornable?&lt;br /&gt;- ¡Sobornarlo! Tu estas loco hermano: d. Juan, es uno de los hombres más ricos de Andalucía, trabaja en esto para purgar todos sus pecados.&lt;br /&gt;- Los años posteriores a la muerte de Doña Isabel, D. Juan heredó toda la fortuna de esta que, junto a la suya, se hizo rico. Así que de sobornos, te olvidas, será mejor, en todo caso, llegar a un compromiso moral, utilizando a nuestro favor, su recién concedido título de Linaje. Tú déjamelo a mí, que a éste lo “cuadro” yo, hermano. Terminó casi gritándome, a la vez que me invitaba a entrar en una bodega y tomar unos vinos.&lt;br /&gt;Cuando llegamos a casa, me esperaba la grata sorpresa que durante tanto tiempo había estado esperando, allí estaban mis padres, mi madre, abrazada a mi, no dejaba de llorar ni un solo instante, mi padre gesticulaba con las manos, intentando darme el abrazo que, a causa de mi madre no podía darme. Cuando por fin me soltó ya mi padre no se atrevió nada más que a darme un beso en la mejilla, para a continuación, sentarnos alrededor de una buena mesa y comenzar el diálogo.&lt;br /&gt;- Hijo, comenzó a decirme, en cuanto tu santa madre se retire a descansar, hablaremos de todo lo que nos ocurre, pero, antes de nada, quiero decirte que pase lo que pase, no voy a permitir la mínima injusticia contigo. De igual modo que no consentiré que se reconozca tu labor realizada en esas tierras y sea justamente recompensada, pero ahora, cuéntame lo sucedido entre ese Padre Jesús y tu.&lt;br /&gt;- No te preocupes padre, de tu incondicional apoyo es de lo único que estoy seguro.&lt;br /&gt;- Padre, empezó a hablar mi hermano Luis, cortando mi conversación, hoy hemos estado hablando con Don Juan, el Procurador General. Mi hermano se fía de él y dice que parece buena persona, pero yo me pondría en guardia. ¿tu que opinas?&lt;br /&gt;- Mirad, ese hombre es ambicioso, y aunque no lo parezca, con muchas “trampas” a sus espaldas y ¿quién no las tiene? No creo que sean negativo tenerlo de nuestra parte, aunque tampoco nos beneficiará, ya que en el fondo, odia a las familias como la nuestra, por mucho que intente demostrar lo contrario. No lo conozco demasiado, pero remesaré a indagar sobre él, no os preocupéis.&lt;br /&gt;- Bueno, yo me retiro a descansar para que podáis seguir hablando para que podáis seguir hablando con más tranquilidad, dijo mi madre, mientras se levantaba del butacón.&lt;br /&gt;- Hijo, comenzó a hablar de nuevo mi padre, ahora cuéntame todo lo sucedido, hasta el más insignificante detalle, porque cualquiera de ellos, puede ser muy bien empleado en tu contra.&lt;br /&gt;A continuación comencé a relatar todo lo acontecido, intentando no olvidar nada excepto lo de Musí, que para mi desgracia o fortuna, iba a ser mi único secreto, ya que esto podría significar ni más grave delito.&lt;br /&gt;Me acosté en la misma habitación de mi hermano, con la intención de continuar charlando del tema, pero fue inútil, el poco tiempo estábamos dormidos, Más temprano de lo normal, entró mi madre poniéndolo todo “patas arriba” a la vez que nos mandaba a lavar antes del desayuno como si fuésemos todavía unos chiquillos. Cuando mi padre se incorporó, ya habíamos desayunado y vestidos. Como era domingo, fuimos todos juntos a la Misa. ¡Que bonito! Esos Alcázares, en los que se apiñan los naranjos, inundando sus patios de azahar, en duro combate con el olor a incienso que sale por la puerta de la catedral.&lt;br /&gt;Allí estuvimos un buen rato saludando a la enorme cantidad de conocidos que se acercaban a mi padre. Una vez en el interior, aguantamos estoicamente las casi tres horas que duró el acto. Yo estuve tenso ante la posibilidad de encontrarme con el Padre Jesús, aunque, al salir, y no verlo por allí, pensé en lo idiota que había sido. ¿Cómo y con que derecho, podría haber estado allí? ¿Un simple fraile en medio de tanta nobleza? Él, lo más seguro, estaría rezando en su convento y pensando en que inventar para hacerme más daño.&lt;br /&gt;Tal como pasaban los días, me sentía más y más seguro de mi triunfo sobre el Padre Jesús. Mi logro más importante sería conseguir que no se llegara a celebrar el juicio, pero eso era difícil. También me llamaba la atención, como si padre cobrada poco a poco más protagonismo en el asunto. Cada vez se reunía con gente más influyente. Consiguió averiguar donde y cuándo sería el primer interrogatorio y quienes sería los testigos por parte de la iglesia. Era tarea complicada y había que tener paciencia par empezar a ver resultados positivos, de eso, yo era el primero en ser consciente. Pero ¿Quién tiene paciencia? Cuando de un juicio de la Inquisición se trata?..., no lo sé, yo desde luego, cada vez estaba más nervioso.&lt;br /&gt;Esa misma tarde llegó mi padre con la noticia de la fecha para mi primer interrogatorio. Sería la siguiente semana y lo presidiría D. Juan, para nuestra satisfacción, ya que nos habían, llegado rumores de que cambiarían de Procurador General. Lo que no logró averiguar, por ningún medio, fue la naturaleza de los cargos, pero eso era de suponer, y además ya conocíamos por donde vendrían las acusaciones como me adelanto D. Luis de Torres antes de salir del poblado. Así púes no quedaba más remedio que esperar.&lt;br /&gt;Los días previos al interrogatorio, los pasamos intentando olvidarnos del mismo, organizando las tertulias que tanto nos gustaban a todos en mi casa, a las que asistía bastante gente principal, terminando siempre, inevitablemente, con el monográfico de mi tema. Todo esto me preocupaba al pensar que todo esto esto terminara convirtiéndome en la comidilla de todo Sevilla y centro de cuantas tertulias se celebraban en ella. Por lo único que me preocupaba esta posibilidad, era por la influencia negativa que para mi asunto podría traer una deformación de los hechos, como suele ocurrir en estos casos.&lt;br /&gt;Otra cosa que me preocupaba, era que en el primer interrogatorio no pudiese estar presente D. Luis de Torres, al no haber todavía ninguna noticia sobre su llegada. La suya podría ser una opinión muy a tener en cuenta por el Santo Tribunal, por la visión objetiva que aportaría sobre los hechos. Si el no lograba llegar, el interrogatorio se basaría solo en las acusaciones del Padre Jesús.&lt;br /&gt;Quien estaba cada vez más centrado era Rodrigo. Poco a poco empezaba a recuperarse de sus locuras guerreras, insomnios y nervios. Comenzaba a entrar en conversaciones de todo tipo, y no solo sobre temas militares, aunque esto le siguiera perdiendo. Si salía el tema militar en la reunión donde estuviese presente Rodrigo, la suerte estaba echada, el resto de la conversación sería, sin posibilidad alguna de evitarlo, sobre este tema. Sin embargo el seguía siendo mi más fiel aliado. Continuaba comportándose a veces, como si estuviéramos en el poblados. Incluso siendo, como era, de un altísimo linaje, igual o superior a mío, siempre me considero su superior. Nunca se lo pude pagar.&lt;br /&gt;Poco a poco y a fuerza de escuchar, fui introduciéndome en los sistemas utilizados por el Santo Tribunal. De ese modo, me enteré por ejemplo de la existencia de los “familiares”, encargados de espiar al acusado y sonsacar de la calle todo lo que pudiese comprometer al mismo. Por lo general, había que tener mucho cuidado con ello, ya que declaraban cualquier cosa por unas monedas, teniendo para colmo, bastante valor para el Santo Tribunal todas sus declaraciones. Esto en mi caso, sería de bastante utilidad, ya que dinero es lo único que sobraba en mi familia.&lt;br /&gt;De igual importancia sería tener de nuestra parte a la Suprema, encargada del buen que hacer del Inquisidor. Era en fin capaz de rebatir las conclusiones del tribunal. Tendría que ser la mayor baza con la que contar, al pertenecer varios consejeros de la Suprema a una a familia muy allegada a la mía, que ya se había puesto a nuestra entera disposición para lo que nos hiciera falta. Mi padre dejó esta posibilidad para cuando fuese necesario realmente y no agotar todos los recursos desde el principio.&lt;br /&gt;Estos dos consejeros habían estado anteriormente en las indias, de donde volvieron cargados de oro, plata, honores, tierras y títulos, se dedicaron única y exclusivamente a la labor de conquista. Dejando al margen sus opciones morales en los temas religiosos, dejándolos en manos de los clérigos. Uno de ellos era D. Fernando de Toledo, primo de mi padre, gran luchador, aunque bastante mayor. A este lo conocía, ya que solía venir a casa cuando mi hermano Luis y yo éramos todavía pequeños. Solía subirnos a la grupa de los caballos y coger con fuerzas las riendas, pasaba horas contándonos aventuras. Mientras paseábamos. El otro era un tal Francisco de Galvez, pariente lejano de mi madre, del que nada recuerdo, únicamente las referencias que de el tengo por parte de la familia.&lt;br /&gt;El verdadero problema sería el Inquisidor. Por lo general provenía de la baja nobleza, no ganando mucho más de setenta mil maravedíes, y por horas eran bastante ambición. Muy amigos del noble metal, solían, creyéndose por encima de muchos nobles con más rango que ellos, con los consiguientes problemas que esto solía acarrear.&lt;br /&gt;Si el inquisidor se avenía a negociar, estaría todo resuelto, pero, si por el contrario resultaba ser un “duro”, tendríamos serios problemas, entonces recurrir a todos los medios de los que pudiésemos disponer. De momento, un buen amigo de mi padre, muy cercano al Inquisidor, ya se había comprometido para hacernos llegar las primeras impresión del Inquisidor, una vez realizado el primer interrogatorio.&lt;br /&gt;Por fin, llegó el día del interrogatorio. Este se celebraría en una de las criptas de una de las nuevas Parroquias sevillamas para evitar en lo posible su difusión. Fue inútil, mucho antes de llegar a la puerta se anotaba la gente, las vidas de noticias morbo. Al entrar en la cripta, observé la detallada y cuidada disposición de cada uno de los hombres allí presentes. Al frente sentado en un grandioso sillón, se encontraba el Inquisidor, a su lado, uno de los escribanos que, en esta ocasión y dado el secreto que oficialmente debería acoger a mi declaración, era un Notario de Secreto. Allí también estaba D. Juan González, en su cargo de Procurador General Fiscal, un consultor y dos calificadores. Todo este complejo desplegué, para intentar averiguar y resolver el caso lo más abreviadamente posible.&lt;br /&gt;Conmigo, además de mi padre, estaban mi hermano Luis, Rodrigo y mi tío Fernando Ostia, que como recuerdo, pertenecía a la Suprema. Este último gracias a que no era muy conocido por Sevilla, pudo asistir al interrogatorio de riguroso incógnito. Al sentarse caí en la cuenta de que no se hallaba presente el Padre Jesús, lo que me inquietó aún más, hasta que mi padre me pudo explicar que el acusador, no solía asistir. Cuando estuvimos todos sentados y dispuestos, pidió la palabra en primer lugar el Procurador, que comenzó a decir:&lt;br /&gt;- Se acusa al reo de los siguientes cargos, por orden de importancia: nombrar capellán a un simple soldado, sin autorización de la Iglesia, expulsar al Padre Jesús, impidiendo con ello la Cristianización de los indígenas, permitir que los hombres fórmicaran con las indígenas sin convertir y fuera del Santo Matrimonio y negar el Poder de Dios, como creador de todas las cosas. Y ahora, responded ¿Qué tenéis que decir de esto a vuestro favor? me preguntó con aire acezante.&lt;br /&gt;- Primero debo dejar claro que el Padre Jesús, los franciscanos y los dominicos, no fueron expulsados por mí, sino que se marcharon por voluntad propia, como demostraré llegado el momento. Aclarado esto, puedo explicar a continuación porque me vi obligado a nombrar capellán a un tal Juan López, creo que así se llamaba, o no sé si…, si su nombre era ese Juan López. Sepa vuestra merced, que había sido seminarista, y no lo nombre nada, solo le pedí que hiciera lo que pudiera por las almas de los infantes que allí estaban, ya que por la inadmisible soberbia del Padre Jesús, y bajo amenazas, todos los clérigos se marcharon con dejando sin atención las almas de nuestros hombres. Entre nosotros veo a gente que ha estado en las indias y saben como yo. cuánta falta hace la compañía religiosa en ciertos momentos en los que nos encontramos al borde de la muerte. Este fue el motivo que me animó a realizar dicha petición a dicho infante. Cuando alguien agonizaba, allí estaba a su lado el tal Juan López, solo hacía lo que podía para reconfortar su alma en el justo momento de encontrase con Dios. Desde aquí acuso públicamente al Padre Jesús de abandonar la custodia de las almas de mis hombres por un simple enfrentamiento personal, no soportar que, tanto mis hombres como los indígenas, me apoyaran de modo incondicional y de poner en dudas mis decisiones. Lo que no logro entender, con todos mis respetos, es que hago yo aquí, lejos de las Indias donde hay mucho por hacer, por culpa de las maniobras del Padre Jesús, todas inciertas e infundadas. Respondí.&lt;br /&gt;- ¿Y eso es suficiente como para impedir que los clérigos cumplan con la sagrada misión de cristianización de los indígenas?&lt;br /&gt;- En ningún momento he impedido tal cosa, lo que ocurre, es que hay pueblos y pueblos. Hay pueblos que son más dóciles que otros. Los que son fácil de cristianizar por la falta de dioses y creencias que poseen. Pero sin embargo, otros, que, por su dignidad como pueblo, dioses, creencias, costumbres, resultan mucho más difícil cristianizar. Con pueblos como estos hay que tener una mayor paciencia, intentar convertirlos poco a poco, porque de lo contrario, tendríamos que exterminarlo, como estuvimos a punto de hacer en varias ocasiones, por culpa de la intransigencia del Padre Jesús. En ningún momento me interpuse en su labor, solo recomendaba paciencia con los indígenas. Este pueblo, por extraño que parezca, es lo bastante inteligente como para dialogar y poder cristianizar poco a poco con su convencimiento, sin necesidad de métodos inhumanos, como los que intentaba poner en práctica el Padre Jesús. El nunca supo interpretar este comportamiento, cegado pos su egoísmo. Siempre buscaba extrañas y malignas influencias diabólicas para justificar sus acciones.&lt;br /&gt;- Por último, ¿permitió las relaciones de nuestros hombres con los indígenas?&lt;br /&gt;- Yo no permito ni dejo de permitir nada, no soy Dios para estar en todo lugar y con todos al mismo tiempo. ¿Cómo se entera Usted Si un hombre se pierde en la espesa vegentación con una indígena? Si han ocurrido cosas de este tipo, yo desde luego, nunca llegue a enterarme, y es más le diría, y eso sí lo vi, que fueron varios franciscanos los únicos sorprendidos “in fraganti durmiendo” con indígenas, y para certificarlo, pregunte vuestra merced a cualquiera de los testigos que me acompañaron y se encuentran en esta sala. Al mismo Padre Jesús fue testigo de ello, pregunte porque no ha interpuesto acusación alguna contra ellos y si contra mis infantes. ¿Puedo acusar yo al Padre Jesús por ello? No, ni puedo hacer responsable al Padre Jesús de los pecados de otras personas, por muy clérigos que éstos sean y eso mismo fue lo que me ocurrió a mi con mis hombres. ¿De que puede acusarme, por tanto, el Padre Jesús?&lt;br /&gt;- Las acusaciones que acaba de realizar, en efecto, son tan graves como para abrir otro proceso contra el Padre Jesús.&lt;br /&gt;- Soy consciente de ello, pero quiero que quede clara que fue la actuación del responsable religioso con su extremo fanatismo, mucho más allá de lo razonable, cuando se ocasionaron los graves problemas de seguridad, integración y sumisión de los indígenas. La situación llegó al punto de tener que intervenir con mis infantes en varias ocasiones para defender la vida del Padre Jesús, ya que había exaltado tanto el ánimo de los indígenas que, llegaron a estar dispuestos a acabar con su vida, cosa que no lograron, gracias nuestra rápida interveción.&lt;br /&gt;-Bien, poor ahora, dejemos pues, que tanto consultores como calificadores, trabajen y no se demoren mucho en redactar sus conclusiones para no dilatar en demasía este juicio. Doy por terminado en este momento el presente interrogatorio.&lt;br /&gt;Al terminar nos fuimos directamente a casa, donde mi tío empezó a relatar como se desarrollaban normalmente estos procesos. Como sabes, tú deberías estar ahora preso sustentando por ti mismo. Serias interrogado bajo tortura y, en caso de resultar libre de acusaciones, jurarías no delatar nunca ni los medios empleados en el interrogatorio, ni donde tuvo lugar. Así pues en principio, de buena te has librado, pero ahora eso no importa, creo que todo se desarrollará mucho mejor de lo que ninguno de nosotros podamos imaginar, y sobre todo, por tu, hasta ahora, elocuencia muy convincente, que no pienso que el juicio llegue mucho más allá. Además fue formidable la acusación al Padre Jesús. Queda claro que si te juzgan por ese delito, tendrán que juzgarlo también a él.&lt;br /&gt;Y con respecto al resto, habría que discutir mucho y no creo que estén por la labor. En fin, tendremos que esperar el informe de los calificadores, para ver que deciden. Mañana iré a hablar con el Procurador General y veremos que cuenta.&lt;br /&gt;Poca a poco, la luz iba transformando mágicamente la ciudad, cambiando sus brillantes reflejos encalados por el azul opaco de la tarde, y transformaba los colores de coleos, jazmines, azucenas, claveles, rosas; las macetas con hierbabuena, perejil y pimientillos, impregnaban cada hueco de las estrechas calles de la Santa Cruz.&lt;br /&gt;Paseaba con mi hermano, buscando por las bodegas algunas amistades con quienes compartir risas y vinos, pero aquella noche parecía haberse retirado pronto a descansar Sevilla entera, ¡hasta la Giralda! Daba la sensación de querer ocultarse en la noche. En vista de todo aquello, nos retiramos también nosotros, para no ser menos y respetar el sereno ocaso de aquel día sevillano.&lt;br /&gt;Cuando mi tío volvió de hablar con el procurador fiscal. No pudo contarnos gran cosa, ya que este se había negado rotundamente a conversar sobre lo ocurrido en el interrogatorio, aunque, eso sí, le tranquilizó, al decir que, no veía ningún cargo grave que imputarme, salvo que el Padre Jesús, apoyada por los franciscanos, hiciese hincapié en cualquiera de los cargos, en cuyo casi se podría alargar el proceso. Si embargo él no creía que fuese el caso y recomendaba que mi padre hiciese uso de sus influencias y consiguiera una entrevista con el prior de la Orden e intentar llegar a un acuerdo. Después del interrogatorio, y más si él recomendaba abrir investigaciones contra el Padre Jesús, basado en mis acusaciones, tendría fácil libre el camino para la posible solución al problema. El prior de la orden se encontraba en Granada y, sería allí donde se debería arreglar el asunto.&lt;br /&gt;Mi padre no lo dudó: de inmediato consiguió el correspondiente permiso del Santo Tribunal para trasladarnos a Granada, aduciendo problemas de salud, el que resultaron muy buenas para la recuperación, ciertas aguas que empezaban a tomar nombre por sus cualidades curativas. Mi hermano Luis quedó en Sevilla con mi tío, pendientes de cualquier problema que pudiese surgir durante nuestra estancia en tierras de Granada.&lt;br /&gt;Del verdadero motivo del viaje, del que tan sólo éramos conocedores, el Procurador General y nosotros en el intento de que no llegara a oídos del padre Jesús y pudiera poner en “antecedentes” al prior de la orden, antes de nuestra llegada.&lt;br /&gt;De noche, casi de madrugada, cuando empieza a caer sobre Sevilla el rocío del alba, a acaballo y escoltado por algunos hombre, partimos hacia Osuna, nuestra primera parada camino de Granada.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8273081455983586363-7396264005150984287?l=elmorrion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmorrion.blogspot.com/feeds/7396264005150984287/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/xi-sevilla.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/7396264005150984287'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/7396264005150984287'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/xi-sevilla.html' title='XI SEVILLA'/><author><name>Pedro Ignacio Altamirano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17642706570438990808</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_eLgEfuYb4U4/SggAM-shrYI/AAAAAAAAAIQ/jf4bvqMF1wM/S220/APOIII.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8273081455983586363.post-254167941419761679</id><published>2009-04-23T06:14:00.000-07:00</published><updated>2009-04-23T06:15:26.269-07:00</updated><title type='text'>X DESDE ESPAÑA</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;X  DESDE ESPAÑA&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De vez en cuando visitaba al Padre Jesús con la intención de llegar a un acuerdo con él. El Padre no daba la mínima oportunidad, su contestación era siempre el silencio. Jamás quiso entrar en el diálogo por más que yo intentara sacarle cualquier tema de conversación. Llegué a amenazarle, insultarlo, pero no había forma sus únicas palabras eran monosílabos, afirmando o negando algunas de las preguntas.&lt;br /&gt;Mientras tanto, el poblado recobraba su primitiva configuración. Se volvió a construir esas chozas circulares, los indígenas a pintarse el cuerpo luciendo su desnudez, volvieron a la jungla tras sus presas favoritas a tener y libertad para esculpir sus imagines religiosas. Una de mis principales misiones era cristianizar a los indígenas de estas tierras y permitir sus cultos, no era el modo más practico para conseguirlo, pero las circunstancias me aconsejaban tener un poco de paciencia en este tema. Pensaba que, intentar forzar en estos momentos la sensibilidad religiosas de los indígenas, podría acarrear más problema con los indígenas, que era la último que necesitaba en estos momentos.&lt;br /&gt;Rodrigo seguía con sus manías defensivas. Cada día reforzaba alguna zona del poblado que él creía poco defendida. El poblado cada vez parecía más una fortaleza que un pueblo. Cada vez adiestraba más a los indígenas, quienes se prestaban voluntariamente, lo pasaba en grande con los ejercicios militares. Yo pensaba que, en caso de necesidad, los indios lucharían de modo más provechoso a su estilo, que bajo las órdenes de Rodrigo. Pero en realidad me preocupaba poco este tema, llegado el momento Dios dispondría.&lt;br /&gt;Cuando intentaba un nuevo intento de acercarme al Padre Jesús, vinieron a avisarme de la llegada por el río de unas extrañas y desconocidas canoas. Salí corriendo hacia el embarcadero, donde Rodrigo ya había organizado la defensa, de tal suerte, que los ocupantes de las canoas no se atrevieron a continuar bajando el río. Eran indígenas, desconocidos para mí, nunca los habíamos visto antes. Estaban parados a corta distancia, pero la suficiente como para hacernos desistir de su ataque. Ni nosotros ni ellos, arriesgaríamos nada en una trifulca. Allí permanecieron durante toda la tarde. Pensamos que quizás esperaba a la llegada de la noche para intentar pasar o atacarnos. Rodrigo en su celo, encendió unas grandes fogatas que iluminaban todo el lecho del río, en la zona del embarcadero, frustrando el posible intento de los indígenas.&lt;br /&gt;Pasó toda la noche sin que se movieran de su lugar, mientras que nuestros hombres estaban cada vez más nerviosos. Temía la reacción de Rodrigo. Le ordené que se fuese a descansar, que me quedaba yo al frente de la responsabilidad de las defensa. Me costó convencerlo, pero logré que se fuera.&lt;br /&gt;Menos mal que se retiró Rodrigo, porque, pasados unos momentos, los indígenas comenzaron a navegar río abajo pegados a la orilla opuesta. Mis hombres empuñaron sus armas. Ordené no moverse hasta recibir mis órdenes. Los indígenas bajaban muy lentos, agresivos, en sus caras se adivinaba el mismo o mayor que nuestro miedo. No remaban, recostados sobre sus canoas, pasaban frente a nosotros, sin separar su vista de la nuestra ni un solo instante. Nosotros tampoco dejamos de observarles, hasta que desaparecieron río abajo, tan misteriosamente como llegaron.&lt;br /&gt;Me preguntaba de donde habían salido estos indígenas, ganas me dieron de salir en su busca, pero no tenía suficientes hombres disponibles para ello, en caso contrario, hubiese ido de inmediato tras ellos para averiguar donde estaba su poblado. Ahora, solo quedaba esperar. No podía moverme del poblado hasta solucionar el problema del Padre Jesús, y además. ¿Dónde iba con tan pocas fuerzas? No quedaba otro remedio, teníamos que esperar.&lt;br /&gt;El tiempo transcurría lento. Intenté de nuevo llegar a un pacto con el Padre Jesús, pero recibí la misma negativa acostumbrada por su parte. Un día recordé como nos conocimos. Jugaba con mi hermano Luis en un sembrado cercano al camino que lleva al pueblo y que atravesaba tierras de mi padre, cuando vimos aparecer a cuatro o cinco franciscanos. Uno de ellos se paró a mirar como practicamos el arte de manejar la espada. Yo le rete preguntándole de forma burlona si sabía manejar la espada, el aceptó y en menos de un instante, me había derribado arrebatándome el arma y arrojándome al suelo de una patada, en medio de las carcajadas de todos sus compañeros. Desde entonces, nos veíamos un par de días por semana para practicar con mi hermano y conmigo. Ya desde el principio, tuvimos problemas religiosos, lo que siempre impidió que entre nosotros naciera una verdadera amistad.&lt;br /&gt;Cuando mi padre organizó la expedición, le recomendé su elección como capellán, ya que ademas de capellán me sería útil por su manejo de las armas, que, en caso de necesidad, siempre vendría bien. Lo que nunca habría imaginado era que, en vez de amistad, este viaje sembraría en el odio contra mí, ¡quizás fuese fruto del cansancio del viaje! El se acordaba de esto, pero no podía perdonar tantas “infamias” e injurias cometidas por mí contra Dios según él. Temía que nunca llegaríamos al acuerdo que con tantas ganas buscaba, más adelante sería, desgraciadamente, confirmado mi temor.&lt;br /&gt;Mientras nos encontrábamos intentando pescar algo, regresó una de las barcas de vigilancia, comunicándonos el avistamiento de unas velas seguramente dentro del lago. En ese mismo instante y con el consiguiente revuelo, empezamos a organizar el digno recibimiento de los refuerzos, pero, a su vez, Rodrigo, por lo que pudiera pasar, activó todas las defensas con la ayuda de los indígenas. Los hombres se pusieron sus uniformes y yo, mi apreciada armadura regalo mi querido padre. Al poco tiempo ya pudimos observar claramente a lo lejos el contorno de lo que, sin duda, eran dos Naos.&lt;br /&gt;Allí estaban por fin, con el pendón de Castilla en lo más alto del palo, con cuya visión, terminamos todos por emocionarnos. Eran la Urca San Andrés1 y la Carraca Barcaza de Hamburgo2. Hacia tanto tiempo que no lo veíamos. Entre gritos y saltos de alegría por ambas partes, conseguimos atracar como pudimos los dos barcos en nuestro pequeño embarcadero. En primer lugar bajó Don Luis de Torres, como enviado de la Corona, a continuación, unos cien hombres con diez caballos y cinco cañones, en último lugar, y para mi inmensa alegría, mi hermano Luis.&lt;br /&gt;Tanto él como yo, permanecimos mirándonos hasta que, por fin, arrancó a correr desde la San Andrés, en un interminable abrazo, que después de un rato, Don Luis de Torres se atrevió a interrumpir, llamando nuestra atención. Fuimos los tres a mi cabaña y empecé a relatar hechos, de inmediato cortó, preguntándome por el paradero del Padre Jesús, al que no había visto a su llegada. En su celda, Don Luis. Le contesté, explicándole lo más breve posible, pero sin olvidar detalles, los acontecimientos que me llevaron a tomar dicha medida con el Padre Jesús, muy a mi pesar.&lt;br /&gt;Está bien, pero ahora tengo que hablar con él, traigo conmigo órdenes muy estrictas al respecto. Durante tu ausencia de España, la Santa Inquisición, ha ido adquiriendo cada vez más poder, desde que se nombro en 1546 a Fray García, hasta el Emperador, tiene cada vez más respeto hacia ella, concediéndole cada vez más y más poderes.&lt;br /&gt;Entre los papeles que traigo, vienen los poderes del Padre Jesús para la administración de estas tierras, y los míos, para el asunto militar. Vuestro hermano Luis, ha venido por su propia voluntad y en el nombre de tu padre. Ya podéis imaginaros, termino diciend-, la gravedad del asunto, por las explicaciones que ha transmitido fray Jesús, en mi está hacer un juicio justo de la situación y determinar lo mejor para todos.&lt;br /&gt;Al termino de la reunión, hice liberar de inmediato al Padre Jesús, quien una vez puesto en libertad, tomó cierto aire de superioridad y regresó a su aposento, sin querer ver a nadie, incluido Torres, hasta el día siguiente, pero yo, por si acaso, dispuse que le vigilaran con la mayor discrección posible.&lt;br /&gt;Hice llevar las cosas de mi hermano Luis a mis aposentos para tenerlo lo más cerca posible, intuyendo la falta que me haría su compañía. A continuación y sentados alrededor de una mesa que dispusieron junto al río, tanto mi hermano como D. Luis, empezaron a relatarme hechos ocurridos en el Reino durante mi ausencia: la cada vez más influyente Inquisición, el auge de Felipe como Príncipe heredero, la poderosa flota, etc. Todo esto me resultaba tan lejano de aquí, No recordaba que existiera realmente ese mundo, del que vine para “conquistar” éste.&lt;br /&gt;Tuve que despertar a Luis, porque por sí solo no lo haría en todo el día. Este iba a ser un día duro y largo y me hacía falta cuanta ayuda pudiera conseguir, muy en especial la de mi hermano. Rodrigo también andaba ya nervioso, haciendo tantos surco delante de los escalones de mi choza que si llego a tardar en salir, termina cavando un estanque. Al verme salir, me preguntó por mi hermano en el mismo instante que este salía por la puesta. ¡Daos prisa! Están reunidos hace rato. Nos dijo con excitación. De forma apresurada recorrimos el trecho que nos separaba del salón del consejo, que donde se celebraba la reunión.&lt;br /&gt;El entrar yo con Rodrigo y mi hermano, calló el Padre Jesús a la vez que se retiraba de D. Luis y tomaba asiento en uno de los bancos.&lt;br /&gt;Entrad grito D. Luis. Mi hermano se sentó junto a mi y ambos, frente al Padre Jesús, como si de un juicio se tratara. He escuchado las delaciones del Padre Jesús, que como era de suponer, distan bastante, en forma y contenido de las vuestras y, la verdad, no me siento capaz de juzgar estos temas tan delicados, al margen de no considerarme competente para ello, y seré sincero, tampoco me apetece en absoluto decidir y tomar responsabilidad en asuntos tan graves como de los que os acusa el Padre Jesús.&lt;br /&gt;- ¿puedo saber de que me acusa? Le pregunté algo indignado.&lt;br /&gt;- En principio, y al margen de pequeñas anécdotas, de lo siguiente: expulsar al clero, negar el poder de la iglesia, obstaculizar la conversión de los indígenas, incitar a la lujuria y apuramientos con indígenas no conversos y lo más graves, nombrar Capellán a un tal Juan López. ¿Pero como se te ocurrió tal cosa? Terminó D. Luis&lt;br /&gt;- Debería haber estado Usted Aquí, le contesté, y además, no pienso seguir dando explicaciones, rogando que cuidéis el tono D. Luis no olvidéis delante de quien estáis.&lt;br /&gt;- De un posible reo de la Inquisición, me respondió.&lt;br /&gt;- ¿Cómo os atrevéis?, Le grite.&lt;br /&gt;- Si, me atrevo, es más, lo veo más que conveniente. Tengo la suficiente autoridad, tanto militar, como religiosa para hacerlo y tu hermano Luis, es notario de lo que digo.&lt;br /&gt;En ese mismo instante, Rodrigo desvaino su espada y gracias a que pudimos sujetarlo no estocó al Padre Jesús, y tras él, varios de mis hombres, que fueron milagrosamente respondidos por algunos hombres de la guardia de D. Luis, produciéndose unos instantes tan silenciosos como tensos.&lt;br /&gt;Salvada la difícil situación por D. Luis y por mí mismo, le pedía, que nos reuniéramos a solas, a lo que accedió gustoso, no sin aguantar las impertinencias del Padre Jesús, para que me explicara la verdadera situación del problema. Me indicó que, en teoría, a estas horas, tendría que estar preso bajo su custodia, pero, que a la vista de mis relatos, no creía necesario tal extremo.&lt;br /&gt;Portador de igual modo, de la oportuna orden de repatriarme a España si renunciaba a juzgar, como había renunciado, para esclarecer allí los hechos. Quedaría el Padre Pedro de los franciscanos, el Padre Juan de los dominicos y el Capitán Hernández quedaría al mando de las tropas. Yo podría designar a cuantos testigos quisiera llevar conmigo a España, por si llegara a celebrarse el Juicio Inquisitorial. Así pues, me rogaba que me preparara para mi regreso a España.&lt;br /&gt;Mi hermano, me aconsejo ir a intentar solucionarla el problema en España, donde me resultaría más fácil con la influencia de mi padre y de sus amigos. Que en el fondo, él no veía tanto problemas, puesto que la Corona, aunque muy influida por la Iglesia, no podía permitirse la ligereza de enfrentarse con las familias más influyentes tanto por la necesidad de su riqueza, como de sus tierras. Pensaba Luis que en España, buscarían una solución digna y discreta, válida para todos.&lt;br /&gt;Reaccioné con soberbia ante la forma de hablarme de mi hermano Luis ya que aunque me daba ánimos y me brindaba la ayuda de toda la familia, ponía en dudas mis decisiones, lo que en ningún momento estaba dispuesto a consentir. El único culpable era el Padre Jesús, con su descomunal estupidez, pero llegue a pensar, que posiblemente, fuese yo el único equivocado.&lt;br /&gt;Luis estuvo varios días enfadado conmigo, debido a la reacción que tuve con él. Cuando conseguimos calmarnos, volvimos a darnos un abrazo, prometiendo no volver a enfadarnos nunca. Me juró que no dudaba de mi historia, lo que pasaba era que si yo daba explicaciones, y con la experiencia que había adquirido, después de ver y leer la mayoría de las sentencias dictadas por la Inquisición, lo iba atener muy mal en caso enfrentarme a un juicio de esa índole. La defensa la tendríamos que estudiar con mucho detenimiento, en el intento en todo momento de evitar cualquier cosa que ni tan siquiera “oliese” a enfrentarnos o poner en cuestión ninguna cuestión con la Corona o con la Iglesia. Habría que tener muchísimo cuidado, de modo que intentara no ser “idiota”, me dejara de orgullos y confiara en él que para eso era mi hermano.&lt;br /&gt;Desde ese instante, y muy a mi pesar, no quise tomar parte en nada de lo que allí ocurriera y, la verdad es que ocurrían muchas cosas. Los indígenas volvieron a verter túnicas blancas, ejecutando sin más quien se negada a ser de nuevo cristianizado. Obligados a ir a misa, bautizados sus niños, separadas las familias y lo más trágico para ellos cortar sus árboles. Los sacerdotes empezaron las clases de religión, legua y cultura Castellana, en fin, lo que creían ellos que era fundamental para una verdadera y lógica colonización.&lt;br /&gt;Empezaron de nuevo a construir casas al estilo español, con sus calles y desagües correspondientes, iindiferentes a mis consejos en ese terreno. Aquello empezaba a parecer más un pueblo castellano que un poblado indígena. Imaginaba que pasaría si nos invadieran los indígenas, y nos obligaran a construir nuestros pueblos con ramas y hojas; hasta nombre le buscaron nombre en honor a uno de los más valientes caballeros, nacido en aquellas tierras. No quería intervenir, pero no dejaba de incordiar con mis críticas. ¡Menos mal que el Padre Jesús, no se atrevía a ponerse en mi camino! Sabía que era capaz de matarlo.&lt;br /&gt;El capitán Rodrigo no dejaba de darme consejos guerreros, incitándome a la rebelión y acabar con todo aquello, que tan mal nos parecía, pero estaba dispuesto a no salirme de la ley. No sabía si en un juicio, Rodrigo me podría ocasionar más daño que beneficio, porque si empezaba a hablar utilizando tanto su imaginación como vocabulario, me podría ir considerando pasto de las purificadoras llamas de las hogueras de la Santa Incisión.&lt;br /&gt;Entre tanto, mi hermano Luis, había estado preparando todo para nuestro viaje de regreso a España. El viaje lo realizaríamos en una de las Naos hasta la desembocadura del río y allí embarcaríamos en la Gran Grin3, para cruzar el Océano Atlántico de regreso a casa. Pensaba es lo distinto que iba a ser el viaje de regreso del venida. Había logrado llegar, abrir una nueva vía de comunicación, nuevos poblados y quizás, empezara ahí un nuevo reino para la Corona, pero todo esto lo único que me acarreó fue incomprensión, enfermedad, tristeza y desánimo.&lt;br /&gt;Como testigo, llevé conmigo a Rodrigo aun a riesgo de que me fuese mas perjudicial que beneficioso, a varios oficiales de los que habían estado presente durante todo el proceso, y a unos cuantos indígenas de los que habían conseguido dominar el Castellano, aunque, estos, apostaba mi brazo derecho, no tendrían valor alguno en el momento de su declaración, si es que conseguían llegar con vida a España tras el viaje por mar.&lt;br /&gt;Por su parte, el Padre Luis no pudo conseguir ningún testigo que no fuera de sus leales seguidores, pero no podía fiarme ni por un solo instante, dada la fuerza que tendría las declaraciones de los frailes, más si eran Franciscanos.&lt;br /&gt;D. Luis de Torres, quedaría en el poblado, para estar al tanto de lo que allí ocurriera, y hasta que no tuviese la seguridad de dejarlo todo perfectamente organizad. Nuestra partida la fijamos para dos días después. Le juramos a D. Luis de Torres, tanto el Padre Jesús como yo, no enzarzarnos ni en discusiones ni enfrentamientos de ningún tipo durante el viaje re regreso a España, para lo que tuvimos que empeñar nuestra palabra y dejarnos en manos de mi hermano Luis para mi fortuna. Así, y por una vez, pactamos comportarnos como nuestro linaje y ocupación mandaban, e intentar, por ambas partes, mantener la paz a bordo.&lt;br /&gt;Llegado el día de nuestra partida, lo que no pudieron impedir a los indígenas fue la despedida que me organizaron. Quizás ellos llegaron a entender de algún modo, lo que en realidad estaba ocurriendo conmigo. Creo que fue la única vez que vimos salir lágrimas de nuestros ojos. Lo más posible es que no volviéramos a verlos nunca. Ahora solo faltaba llegar a España, y esperar la justicia de Dios, porque esperar la de los hombres, era mucho más difícil. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8273081455983586363-254167941419761679?l=elmorrion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmorrion.blogspot.com/feeds/254167941419761679/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/x-desde-espana.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/254167941419761679'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/254167941419761679'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/x-desde-espana.html' title='X DESDE ESPAÑA'/><author><name>Pedro Ignacio Altamirano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17642706570438990808</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_eLgEfuYb4U4/SggAM-shrYI/AAAAAAAAAIQ/jf4bvqMF1wM/S220/APOIII.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8273081455983586363.post-6921877716730054741</id><published>2009-04-21T09:40:00.000-07:00</published><updated>2009-04-21T09:41:18.968-07:00</updated><title type='text'>IX EL PADRE JESUS</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;IX  EL PADRE JESÚS&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Rodrigo estaba terminando de comer, cuando yo, por fin, logré incorporarme sobre la cama: en ese instante, penetró en mi estancia, previa cortés petición de permiso, que ascendí con mi mayor estilo, intentando así, recuperar tan dañada dignidad por todos lo acontecido. ¿Quién?.&lt;br /&gt;Continuó dándome detalles de lo ocurrido en el poblado, aclarándome, en primer lugar, que desde mi partida, había transcurrido casi un año, y desde la partida del mensajero hacia España, siete meses, por lo que, la primera labor a realizar era la de mi defensa, al no poder tardar mucha ya, la respuesta que del Reino estaba esperando el Padre Jesús.&lt;br /&gt;La realidad era bastante difícil y poco halagüeña para mí, quizás, y con suerte, solo podría contar con dos decenas de hombres de los que quedaron en el campamento, al pasarme la mayoría al bando del Padre Jesús, bajo coacción de una de sus “cristianas” amenazas con la excomunión o de denuncias ante la Santa Inquisición. Ordené a Rodrigo, que convocara a mis hombres en algún lugar seguro; así fue, esa misma noche, en un pequeño descampado, no muy lejano del poblado. Me encontré con mis pocos leales. No eran muchos, pero en mi memoria recordaba que entre ellos, sí se encontraban los de más valor, para realizar cualquier acción que nos propusiéramos.&lt;br /&gt;Uno a uno, empezaron a contarme sus “desventuras” con el Padre Jesús, para intentar buscar una solución conjunta al problema., coincidiendo la mayoría en que la más ideal sería dar golpe de mano e intentar detener al Padre Jesús junto con los oficiales que eran fieles, controlar de nuevo el poblado, restablecer el orden lógico de las cosas y prepararse para la llegada de las noticias de España.&lt;br /&gt;Estuvimos reuniéndonos durante cuatro noches consecutivas, hasta llegar a un acuerdo aceptado por todos: daríamos un golpe de mano, con la única condición de que, antes de intentarlo, hablaría con el Padre Jesús, en el intento de convencerlo en normalizar la situación, sin llegar al enfrentamiento nadie estuvo de acuerdo, pero aceptaron con la condición de que si yo era apresado o asesinado, reaccionarían de formas inmediata.&lt;br /&gt;A la siguiente mañana, Rodrigo fue el encargado de hacerle llegar la noticia de mi llegada al Padre Jesús, quien me hizo llamar de inmediato a su presencia. Yo manteniendo mi posición de mando me negué, recordando que era él quien debía presentarse ante mí, al estar bajo mis órdenes directas desde el comienzo del viaje y que cuidara mucho sus exigencias, lenguaje y modos. No me hizo esperar, al instante estaba allí, con la cara bastante encendida por la furia contenida y escoltado al menos por una docena de hombres, totalmente pertrechados como si fueran a una gran batalla.&lt;br /&gt;-¡si! – me dijo.&lt;br /&gt;- Don Jesus os veo más gordo, habéis vivido bien se ve tanto.&lt;br /&gt;- no también como Vos- me contestó.&lt;br /&gt;- Y ahora, Don Jesús, contestadme ¿Con que permiso habéis irrumpido en mi poblado y cambiado tantas cosas?&lt;br /&gt;- ¿Su poblado?&lt;br /&gt;- Sí, mi poblado, totalmente sufragado por las arcas de mi padre.&lt;br /&gt;- Por mucho dinero que haya puesto su padre, que no Usted, no lo es en cantidad suficiente para comprar a Dios, o lo que es lo mismo, a su Santa Iglesia.&lt;br /&gt;-Yo. Padre, no intento comprar nada y menos a Dios o a su Iglesia, lo único que le recuerdo es quién sufraga todo estos gastos y de quien está Usted a cargo.&lt;br /&gt;-¿Qué más da quien pague?&lt;br /&gt;- Nada, pero le repito que el mando se me concedió. Si no recuerdo mal, se marchó usted sin mi autorización y sin ella ha regresado también.&lt;br /&gt;- Ya, pero aquí, desde su marcha en busca de “aventuras”, han cambiado mucho las cosas.&lt;br /&gt;- Estoy enterado, Padre, y eso, precisamente, es lo que más miedo me produce.&lt;br /&gt;-¿Cómo se atreve? ¡Detenedlo!&lt;br /&gt;- Quieto don Jesús, que no sabéis lo que hacéis, ni las complicaciones que esto os puede acarrear. Y vosotros soldados, no olvidéis quién os paga.&lt;br /&gt;- A estos soldados, les pagará Dios, y no tu padre.&lt;br /&gt;- A largo plazo…, deduzco.&lt;br /&gt;-¡silencio! ¡Detenedlo! Llevadlo a su celda.&lt;br /&gt;Así fue como me llevaron, entre gritos de ánimo y alegría de los indígenas, que me iban reconociendo a mi paso. La celda, una de la que el Padre Jesús, había construido durante mi ausencia, como purgatorio de almas, en el centro del poblado, totalmente descubiertas, para su perfecta y “temerosas” visión, de todos los que por allí pasaran.&lt;br /&gt;No tuve que esperar demasiado; esa misma noche, vi. como caía sin vida el cuerpo del hombre encargado de mi vigilancia y, a continuación rompían el candado, dejándome en libertad al mismo tiempo que se ponían inmediatamente a mi servicio. Me informaron de la situación: habían detenido a los oficiales, muriendo cinco de ellos, al oponer resistencia; el resto se hallaban bajo custodia, en otra de las celdas, no muy distante de la mía. El Padre Jesús y sus “ayudantes”, dormían algunos juntos, y en compañía de jóvenes indígenas, otros. Al Padre Jesús me lo dejaron, esperando quizás, que me cebara en él: nada más lejos de mi intención. Entre en su habitáculo y le desperté con la punta de mi espada apoyada en largo cuello. En ese momento despertó y grito:&lt;br /&gt;- ¡Señor!.&lt;br /&gt;- Don Jesús… le contesté.&lt;br /&gt;- ¿Cómo se atreve?&lt;br /&gt;- ¿Cómo? ¿Qué?...., Padre ¿lo dudabais?&lt;br /&gt;- ¿y los mis hombres?&lt;br /&gt;- Tus hombres, la mitad muertos y la otra mitad a mis órdenes o detenido.&lt;br /&gt;- ¿Os atreveréis a matarme? No preguntó asustado el Padre Jesús,&lt;br /&gt;- ¡No!, no os preocupéis por vuestra vida, no caeré en ese error. Muy a mi pesar, pero descuidad por vuestra vida, y ahora acompañadme a detener a vuestros fieles y “castos” frailes ayudantes.&lt;br /&gt;Partimos en silencio hacia la dependencia de los frailes y…, allí estaban, durmiendo en la compañía de algunas indígenas, ante el sincero asombro y sorpresa del Padre Jesús. Este lleno sus ojos de rojo furia, y llevado por la vergüenza de sus frailes,intento acabar con sus vidas a base de golpes, gracias a que en ese momento no era portador de arma alguna, porque si no hubiese conseguido matar asesinar de algunos de los frailes.&lt;br /&gt;Cuando quisimos darnos cuenta, empezaba a amanecer. El aspecto del poblado, era desolador; no quedaba nada de aquel que yo dejé, el que tenía ante mi más parecía un pueblo español, que un poblado indígena, se notaba la mano de los franciscanos ¿Qué iba a hacer yo ahora, ¿Cómo devolver a los indígenas su poblado? Me interesé por la suerte de el Jefe del poblado, al que no había visto desde mi retorno: había muerto, como también había muerto la casi totalidad de los ancianos, al no resistir el ritmo de trabajo impuesto por los frailes.&lt;br /&gt;Era tanto el daño que habíamos ocasionado a los indígenas que, de buena gana, hubiese recogido a todos los nuestros y nos hubiéramos marchado de allí, devolviendo sus tierras, dejándolos con sus costumbres y modos de vida.&lt;br /&gt;Pero aquello era pura quimera, yo había llegado hasta aquí par realizar un trabajo, no iba a volver a España con las manos vacías sin haber conseguido terminarlo. Aún tenía que esperar las noticias que traerían los enviados del Padre Jesús. Cuando comprobé que todo estaba en orden y dejé al cura en mi anterior y “cómoda” celda. Me instalé en “mi casa”, y por fin pude descansar tranquilo e intentar recuperarme de la fatiga que, hacía meses, me dominaba permanentemente.&lt;br /&gt;Creo que tardé más de dos días en despertar, ya que nadie se atrevió a hacerlo. Cuando por fin conseguí incorporarme, mandé llamar a Rodrigo, para que reuniera de nuevo a todos los hombres leales disponibles y formarlos en la explanada existente ante mi cabaña. Aproximadamente treinta minutos después, tenía cuarenta y tres hombres y con cinco oficiales ante mí, perfectamente formados, bajé y empecé a pasar revista, lo más dignamente que pude. Sus uniformes estaban totalmente desgastados y sus petos algo oxidados, pero intentaban mantenerlos en buen uso. Terminada esta revista, ordené reparar el vestuario, pulir los petos hasta que brillaran como el primer día y limpiar las armas, más que por fastidiar, por intentar establecer la disciplina y el espíritu militar.&lt;br /&gt;A media mañana. Recibí a los únicos supervivientes del consejo, me demostraron un inmenso cariño y respeto. Me contaron todas sus desgracias, pidiéndome que restableciera sus costumbres y cultos, lo más rápidamente posible, a lo que accedí de inmediato, con la lógica alegría por su parte. También accedí a asistir a sus reuniones que tan buenos ratos me hacían pasar, enriqueciéndome con sus curiosas, pero interesantes discusiones, acepte ir a su próximo consejo, que se celebraría al atardecer del día siguiente.&lt;br /&gt;Comí con Rodrigo y Álvarez, para indicarles las nuevas normas de conducta, a la hora de organizar el poblado, al término de la comida, pedí a Rodrigo que trajera ante mi presencia al Padre Jesús, teniéndolo ante mi mesa al instante.&lt;br /&gt;- Bueno Padre, le he mando a llamar, para intentar llegar a un acuerdo, porque no me gustaría tomar decisiones extremas con Usted.&lt;br /&gt;- ¿A que acuerdo quiere Usted que lleguemos? Usted sabe muy bien cuáles son mis ideas, totalmente enfrentadas con las suyas.&lt;br /&gt;- ¡hombre!, algún punto de entendimiento encontraremos, ¿no?...&lt;br /&gt;- Ninguno. Además de camino vienen más fuerzas con nuevas órdenes, esperaré a que lleguen, y entonces quizás, lleguemos a un acuerdo.&lt;br /&gt;- ¡no seas insolente!, le grité, puedo ordenar tu muerte de inmediato y, teniendo el mando como lo tengo, ya me buscaría una buena justificación para ello, sobre todo apoyado por la inmensa mayoría de los hombres, y tú, lo sabes muy bien.&lt;br /&gt;- Entonces por que no hacéis señor.&lt;br /&gt;- ¡no! Ya te lo dije, no pienso haber de ti un mártir. Te piensó juzgar, y no aquí, en España.&lt;br /&gt;- ¡Que iluso señor! ¡si tengo información suficiente como para que la Santa inquisición te queme sin remedio alguno! Lo comprobarás.&lt;br /&gt;- Ya veremos. De momento y mientras llegan los hombres desde España, si es que llegan, vas a pasar unos días invitado en mi celda preferida, y…, ya hablaremos entonces ¡lleváoslo!&lt;br /&gt;Sin darme cuenta apenas, se nos había echado de nuevo la noche encima. Salí a dar una vuelta por el poblado, pero tuve que volver a casa por la presión de la gente, saludándome algunos, invitándome a cenar otros, mientras que el resto simplemente me miraba. Tanta popularidad me agobiaba. Cerré la puerta e intenté dormir.&lt;br /&gt;A media noche, me despertó Rodrigo, totalmente fuera de sí, para comunicarme la fuga del Padre Jesús. Buenas celdas construyen el Padres Jesús,&lt;br /&gt;pensé,. Nunca he visto una en la que entre y escape más gente con tanta facilidad. Organizamos la búsqueda inmediata, partiendo varias patrullas en distintas direcciones, sin obtener resultado positivo alguno: El Padre Jesús, había desaparecido. Algo quedó al descubierto; entre nosotros, todavía quedaba gente adicta al Padre Jesús, lo que, por otra parte, era lógico. No todos iban a estar conmigo, lo que me obligaba a estar, como siempre, atento a todo lo que me rodeaba. Quizás este era el destino de los que están en cargos parecidos al mío: siempre vigilante a todo lo que se nueve cerca de él, y con el alma permanentemente en vilo, esperando alguna traición que acabara con su vida mientras duerme.&lt;br /&gt;¡Lo bien que debía de estar pensando mi hermano Luis! ¿Se acordaría de mí? Acaso se habrá casado. ¡Tenía tantas ganas de saber de ellos! No sé si les llegaron mis noticias, con alguna de las naves que regresaron a España, ni tan siquiera sé, si éstas consiguieron llegar. Lo único que me reconfortaba era pensar que quedaba poco para mi regreso a casa, a no ser que se complicaran demasiado las cosas por aquí.&lt;br /&gt;Con escasos cincuenta hombres, pocas conquistas podíamos realizar: solo podíamos ocuparnos con garantías de nuestra propia defensa, en espera de lo que nos llegara de España, y en esta dirección centramos nuestros esfuerzos. La empalizada del poblado, había desaparecido, convirtiéndose esto en el primer objetivo a cumplir.&lt;br /&gt;Comentamos con los indígenas la reconstrucción de la empalizada. Aceptaron ayudar a construirla, lo que, nos era imprescindible por sus conocimientos para tratar los diferentes tipos de madera oriundas de allí, recordando nuestros iniciales fracasos arquitectónicos. Ellos elegirían tanto la madera, como la forma de atar los maderos. Que seguro no era con clavos, porque éstos resultó un desastre, al oxidarse con muchísima velocidad, partiéndose al mínimo esfuerzo que se les pidiera.&lt;br /&gt;La empalizada rodearía el poblado en todo su perímetro, con dos ramales paralelos, hasta introducirse en el agua, protegiendo así el pequeño embarcadero. Entre estos dos ramales, construimos otro que los unía, con una gran puerta en el centro que cuando se cerraba, completaba el perímetro totalmente el poblado. Una vez puestos todos de acuerdo, comenzamos a trabajar.&lt;br /&gt;El Padre Jesús, no dejaba de preocuparme, ¿Dónde habría huido? ¿Cómo se atrevió a salir solo a la selva?, estas preguntas no encontraban respuesta lógica. La única explicación razonable era el adelantarse en contactar con la inminente llegada de los “refuerzos” y llevarlos a sus razones.&lt;br /&gt;Rodrigo era el que más hincapié hacía en este tema, ya que él había vivido en directo, los desmadres religiosos de nuestros “amigo” común. Por ello, Rodrigo afirmaba que el Padre Jesús, sería capaz de hacer cualquier cosa. Me aconsejaba prepararnos más que para defendernos de “nuestros” indígenas, de “nuestros” amigos invitados por el Padres Jesús. Aquello era mucho más complejo de lo que Rodrigo imaginaba; Cualquier intento en contra de los hombres que estaban por llegar de España, significaría la declaración de guerra a la Corona de una forma muy directa, y nuestra verdadera misión era justo la contraria: dar más tierras. Poder y Gloria a la Corona de España.&lt;br /&gt;Lo que también me empezó a preocupar, fue la cada vez más agresiva actitud de Rodrigo, quizás debido a la tensión acumulad durante tan largo periodo de tiempo. Le vigilaba de cerca, impidiéndole el exceso de celo con los hombres, a quienes no dejaba de arengar y preparar militarmente para “una gran batalla” entre soldados, también entrenados como ellos, pero menos conocedores del terreno.&lt;br /&gt;Sin darme cuenta, había llenado todos los terrenos cercanos al poblado con trampas, en prevención de ataques sorpresas. Le dejaba foguearse en este tema, intentando de ese modo, mantenerlo ocupado tanto física como mentalmente, además, esas trampas siempre venían bien, fuese quien fuese el atacante. Afortunadamente Rodrigo era mi más fiel colaborador, y mi más querido soldado y amigo. Durante mi ausencia se había transformado, en cierta forma, se parecía a mi añorado González Ledesma, perdido a manos de los Güajis.&lt;br /&gt;¡Lástima que la suerte no quiero nunca acompañarnos! Con el material humano que tenía a mi disposición, hubiésemos conseguido grandes logros, pero nunca podemos elegir el momento en el que queremos que la suerte nos acompañe. ¡Alguna veces tan caprichosa! Posiblemente, mi hermano Luis lo hubiese hecho muchísimo mejor que yo.&lt;br /&gt;Bajo los “prudentes” consejos de Rodrigo, construimos unas pequeñas canoas, con las que montamos unos equipos de vigilancia fluvial, para así anticiparlos a los peligros que por el río nos pudiesen acechar. Estos equipos estaban formados por cuatro hombres en cada barca que, en dos turnos, patrullarían, unos ríos arriba y otro río abajo, partiendo una tercera embarcación, en el caso que pasara el tiempo previsto sin el regreso de alguna de las embarcaciones, para intentar localizarla.&lt;br /&gt;En una de estas salidas de rescate, regresaron con la noticias; el Padre Jesús, había llamado la atención de la canoa desde la orilla del río, al acercarse, intentó convencer a sus ocupantes para que se quedan con él, a lo que se negaron intentando su captura, no consiguieron por la rapidez y agilidad con que se perdió en el interior de la jungla, sin dejar el menor rastro.&lt;br /&gt;Inmediatamente, encabecé personalmente una partida para intentar localizarlo, partimos muy de madrugada, tan de madrugada que ni había amanecido, lo que ocurrió justo cuando alcanzábamos el lugar donde había sido visto el Padre Jesús. Pusimos pie en tierra y comenzamos a seguir sus débiles huellas, intentando ponernos en contacto con él, sin obtener respuesta alguna. Parecía haberse evaporado, anduvimos por la zona hasta que empezó a caer la noche, iniciamos el regreso al poblado, no sin antes de dejarle una carta clavaba en un tronco fácilmente visible desde el sendero, que, a base de pasar por allí, habíamos hecho.&lt;br /&gt;Al día siguiente, reiniciamos la búsqueda, quedándome yo en esa ocasión en el poblado e intentar solucionar problemas que me planteaban los ancianos en sus consejos. Estaban todos de acuerdo en sus críticas hacia el Padre Jesús, resaltando la de los matrimonios y separación de las familias, de igual modo se quejaban del calor que habían pasado cubiertos con las túnicas blancas, coleccionadas nada menos que con las lonetas de las velas que usamos al principio de la expedición para proteger a los hombre de la lluvia. Comprendía perfectamente las quejas de los indígenas, pero, eso sí, para cazar, el Padre Jesús sí les dejaba despojarse sus ropas, al igual que hacia con las mujeres, una por indígenas…, y ni se sabe por cada uno de ellos… ¡Beneficios del poder! Imagino.&lt;br /&gt;La segunda jornada de búsqueda, concluyó sin resultado alguno. El Padre Jesús no había dado señales de vida, ni cogida la nota, aunque no sabíamos si la leyó. Rodrigo opinaba que sería muy difícil dar con él, a no ser que intentáramos prepararle una trampa o sorprenderle de la forma que fuese. El sabía que lo estábamos buscando durante el día, abandonando la zona al anochecer. Rodrigo recomendó destacarnos hasta el lugar de la búsqueda al día siguiente., como de costumbre, pero., al mismo tiempo, y a media tarde, saldrán otro grupo de hombres hacia el lugar a pié. De esta forma intentaríamos sorprenderle. Di mi consentimiento al plan, y me acosté.&lt;br /&gt;Rodrigo, según lo establecido, partió en su embarcación nada más amanecer, para aprovechar al máximo las horas de luz. Yo había previsto salir con la expedición que partiría a pie, ya que, desde mi solitaria aventura en el río, le había tomado demasiado respeto al agua. Durante el día, intenté hablar con la mayor cantidad posible de indígenas, quienes me contaron más o menos lo mismo que los ancianos en el consejo, comí en la choza de una de las familias, que me agasajo con lo mejor que pudo encontrar, no dejando de hablar, mientras ponían continuamente comida sobre mi plato. Hacía tiempo que no comía tan abundantemente.&lt;br /&gt;Al anochecer y tras el regreso de Rodrigo sin portar noticias algunas, partí en compañía de diez hombres hacia el lugar de la búsqueda. Justo cuando partíamos, se nos agregó voluntariamente, muy a mi pesar, por el cansancio que tendría Rodrigo, por un lado me disgustaba la idea de no dejar descansar a Rodrigo, pero, por otro su compañía me daba bastante seguridad.&lt;br /&gt;Poco a poco, nos fuimos adentrando en la profunda jungla. Nada más empezar, observamos que aquel invento no podía resultar, formábamos tal escándalo, que nos oiría muchísimo antes de dar con él, sin contar con la luz de nuestras antorchas, por lo que, sin pensarlo más, decidí volver de inmediato al poblado, con la aprobación general.&lt;br /&gt;Antes de reiniciar la búsqueda, ya que decidimos suspenderla durante un tiempo, para dar confianza al Padre Jesús y esperar que bajara la guardia y poder sorprenderlo con más facilidad. La nueva estrategia consistió en desplazarse por la noche en las barcazas, hasta un poco antes del lugar acostumbrado, espera allí a que amaneciera y entonces, permaneciendo agazapados, y cuando pasara cogerlo.&lt;br /&gt;Esta nueva misión, no la mandábamos ni Rodrigo ni yo, sino un oficial llamado Jaime Hierro, de total confianza, según Rodrigo. Partió al atardecer, quedando nosotros, a la espera de sus noticias. El insomnio de esa noche, lo aprovechamos para charlar sobre los posibles problemas que tendríamos que soportar cuando llegaran los ilustres visitantes que estábamos esperando sin sacar nada en claro.&lt;br /&gt;Justo cuando empezaba a conciliar el sueño, llegó un hombre con noticias, la nota que habíamos dejado clavaba en el tronco de aquel árbol, había desaparecido y en su lugar había otra nota con el siguiente mensaje: “Señor, en vista que ha renunciado a Dios, a la Corona y a la dignidad, no tengo otra salida que intentar aguantar internado en la jungla, hasta la llegada de mis hombres de España, para con los poderes que me traen, poder ponerle delante del Santo Tribunal, ante quien pagará sus pecados en la hoguera. Usted y quienes como Usted han intentado usurpar el lugar de Dios y del Emperador.&lt;br /&gt;Así de escueta y acezante era. En este instante comprendí el verdadero temor que sentía Rodrigo hacia el Padre Jesús. Este, con el poder suficiente, podría alterar de tal modo las cosas, que sería muy difícil rebatir los cargos en un hipotético juicio de la Inquisición. Rodrigo intentó,en vista de la nota, ajusticiar al Padre Jesús en cuanto este se le pusiera delante. Intenté convencer a la gente que esa no era la solución ideal al problema. Creí que cuando llegasen esos hombres, estarían las cosas lo suficientemente claras, como para desacreditarlo. No, no le ajusticiaríamos, le encarcelaríamos hasta la llegada de los viajeros y entonces, intentaríamos arreglar el asunto, muy a pesar de las intenciones de Rodrigo.&lt;br /&gt;Después de tantas ideas y venidas al lugar de la búsqueda del Padre Jesús, del que nada habíamos sabido, por fin, a eso del medio día, aparecieron nuestros hombres, con el ansiado sacerdote, tan cansado y demacrado que daba pena encarcelarlo. Ya que la empalizada estaba casi terminada, no creí necesario aumentar su más el sufrimiento de su debilitado cuerpo, querrán tenerlo en buenas condiciones físicas y mentales cuando llegaran sus enviados, y de esa forma, evitar además acusaciones por maltrato a un clérigo. Puse dos vigilantes para que le acompañasen constantemente, pero, no pudo ser, después de varios intentos de fuga, no tuve otro remedio que internarlo de nuevo en su celda, lo más cómodamente acondicionada posible y fuertemente vigilada, en espera de acontecimientos si es que estos se producían.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8273081455983586363-6921877716730054741?l=elmorrion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmorrion.blogspot.com/feeds/6921877716730054741/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/ix-el-padre-jesus.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/6921877716730054741'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/6921877716730054741'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/ix-el-padre-jesus.html' title='IX EL PADRE JESUS'/><author><name>Pedro Ignacio Altamirano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17642706570438990808</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_eLgEfuYb4U4/SggAM-shrYI/AAAAAAAAAIQ/jf4bvqMF1wM/S220/APOIII.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8273081455983586363.post-8767928540822623191</id><published>2009-04-21T08:27:00.001-07:00</published><updated>2009-04-21T08:27:58.735-07:00</updated><title type='text'>VIII OTRA VEZ EL RIO</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;VIII  OTRA VEZ EL RIO&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Otra vez el río. Solos, Mussi y yo, sentados en la orilla pensando como salir de allí. Estaba claro que por el río, pero… ¿Cómo?. Un solo hombre, menos con mi fuerza física, era imposible que arrastrara ni la más pequeña de las barcazas. No encontraba salida al problema, quizás por tener la mente en tantos lugares al mismo tiempo, lo que me impedía encontrar fáciles y rápidas soluciones, Fue otra vez Mussi, quien ,mucho más entera que yo, encontró el camino: ni por la selva, ni arrastrando ninguna barcaza.&lt;br /&gt;Empezamos a deshacer una de las barcazas y con ocho de sus maderos más grandes, conseguimos habernos una pequeña balsa, para nosotros dos y algunos pertrechos que nos harían falta para iniciar la navegación por el río. Al terminar de construirla y sin dejar pasar mucho tiempo, nos subimos a ella. Utilizando una de las pértigas de las antiguas barcazas, empezamos a empujar hacia el centro del cauce, para una vez allí, dejarnos arrastrar por la corriente, totalmente abandonados a su suerte y a su caprichoso zigzagueó.&lt;br /&gt;De esa forma pasaron largos y monótonos días, en los que los mutuos intentos para comunicarnos Mussi y yo, eran nuestra única distracción, pero bien por mi torpeza idiomatica, bien por su tozudez, no había forma de que nos entendiéramos. Nada, absolutamente nada nos perturbaba, parecía habernos transportado a otro lugar del planeta, donde nada existiera excepto nosotros dos y los millones de pájaros que no dejaban de revolotear y cantar alrededor, hasta que un día, tal como salíamos de una curva del río, vimos a lo lejos, a una gran altura sobre el nivel del cauce y comunicando dos paredes de rocas, colgaba un puente fabricado con cuerdas.&lt;br /&gt;Aquello sobresaltó todos mis instintos ¿Quién si no nosotros, podría realizar una obra de ingeniería de tal magnitud?. Mi primer pensamiento, fue el haber llegado por fin a tierras cristianizadas; quizás no fuese a mi poblado, ni mis hombres, pero sí españoles.. ¡Seguro!. Pero ¡ay!, desdichado de mi, cuando llegue justo debajo de su emplazamiento, pude comprobar, muy a mi pesar, que ni españoles, ni portugueses, ni nada de nada. Allí no había nadie, y lo más extraño, la forma de anclar las cuerdas, juncos, bases y todo los elementos de aquel majestuoso puente, eran desconocidos para mí. Para aceptar la posibilidad de que no fuese construido por nosotros, había que considerar que había sido construido por una tribu lo suficientemente grande e inteligente, como para mantener abierto este puente, con todo el cuidado que uno de este tipo requiere para su conservación.&lt;br /&gt;Allí permanecimos varios días agazapados entre las ramas de la frondosa vegetación, la orilla bajo el puente, a la espera de ver pasar a algún ser vivo, que nos pudiera dar referencia de donde estábamos, o de que tribu se trataba y poder establecer contacto con ellos a través de Mussi, pero nada, tampoco tuvimos suerte con aquel puente. Después de esperar hasta la desesperación, y traspasar toda cota de aburrimiento, nos dispusimos a partir nuevamente río abajo, sin más esperanza ya que la de llegar a cualquier lugar habitado. Daba ya lo mismo por españoles, portugueses o cualquier tipo de indígena, por peligroso que pudiesen ser.&lt;br /&gt;Mirándome fijamente, reflejado en las tranquilas e inmóviles aguas del río, apreciaba hasta donde pudo llegar mi delgadez. Mi barba era más larga de lo que jamás pensé que pudiera llegar a tener nadie. Ahora creo alguno de los cuadros de ilustres antepasados míos, que con tanto cariño guarda mi padre en nuestra casa solariega, y en las que casi todas las figuras son a la vez que largas, gordas, flacas, alegres o tristes, todas mantienen un común una larguísima barba, eso sí impecables, bien cuidadas y no como la mía en estos momentos, desaguisada, desastrosa, sucia, indigente, maltratada, desaliñada, olvidada, ignorada. En un acto, quizás, de total abandono de mi persona, con todo el acto de individualismo, o egoísmo que podáis encontrar en esto, pero cuando aquí, olvidado de todo y por todos, quizás cuando ni mi familia de en estos momentos, de una sola moneda por mi vida, ¿Qué importancia puede tener tu aspecto exterior?, y más cuando miro a Mussi, tan digna, majestuosa, segura de sí, que es por lo único que le puedo dar gracia a dios, en la creencia de que quizás sea el pago por tanta mala fortuna y tanto desastre a mi alrededor.&lt;br /&gt;Me vino al recuerdo de mi hermano Luis. ¿Qué estaría haciendo en este instante?, ¿Quizás se habría olvidado de mí, dándome por muerto?, o quizás orase por mí cada festivo, en la capilla de casa, junto a mi padre y demás hermanos? Pero ¿Qué importancia podía tener eso ahora que lo que importase era salvar la vida…, ¿para que quiero salvar la vida?, ¿Qué me esperaba cuando la salvase?. Enfrentarme con todo, militares, corona, sacerdotes y hasta, quién sabe, si con mi propia familia.&lt;br /&gt;No sé que velocidad llevábamos; desde luego, muy poca a la vista de la intensidad de la corriente del río, casi inexistente. Solo si se miraba a la orilla y después de dejar pasar varias horas, se veía como había cambiado el paisaje, quizás fijándose bien y con paciencia, se podía sentir el desplazamiento de la balsa, pero había que echarle mucha paciencia, y muchísima imaginación, parecida a la que poníamos mi hermano Luis y yo, cuando, el anochecer, nos tumbábamos sobre la hierba del patio de mi casa y con los brazos y piernas abiertos, mirando fijamente a la luna, intentábamos sentir como se movía la tierra. A veces, aunque muy de vez en cuando, conseguíamos sentirlo.&lt;br /&gt;Si alguna esperanza tenía era el pensar en que, según había observado a mi llegada a estas tierras desde lo alto de las montañas, no había visto otro río que no fuese éste, por lo que, por muy mala suerte que tuviésemos, más tarde o más temprano, tendríamos que encontrarnos con el poblado o como mal menor, terminaríamos llegando a la desembocadura. Así pensando en mil una posibilidades, pasaban los minutos, uno a uno, hasta que la mala suerte se cebó nuevamente con nosotros.&lt;br /&gt;Desde los árboles cercanos el río, empezaron a atacarnos de nuevo. El mismo traería la mayor desgracia a mi vida en esos momentos, al ser alcahazada Mussi, por una de las lanzas, que eran tiradas con tantísimas precisión, por no sé que indígena, que ni averiguarlo me importaba ya. Ahora sí estaba totalmente solo, creí que por fin había llegado el final de mi vida, pero no tuve valor para acabar con ella y sobre los pocos troncos que quedaban en la balsa me abandoné irremediablemente a mi mala suerte, esperando que acabaran conmigo, ser presa de alguna enfermedad, o por mano de algún indígena.&lt;br /&gt;Era tan fácil acabar con la vida humana, que me resultaba difícil comprender, que larga podía ser la pacífica agonía que estaba sufriendo, mientras buscaba la muerte. Pero debía de ser que esta quién me encontrara a mi y no estaba dispuesta aún para encontrase conmigo. Lo que más me apenó, fue no poder enterrar a Mussi, su cuerpo cayó al agua desde la balsa, vi como se hundía en el fondo del río, sin que yo pudiese hacer nada para remediarlo. Estaba seguro de no olvidar nunca esa escena, si lograba vivir, me acompañaría para siempre, y así fue.&lt;br /&gt;Poco a poco fui recuperando el ánimo. En un intento de buscar lo positivo de todo aquello, llegue a pensar que quizás así, sin la compañía de Mussi, tendría un problema menos que resolver a mi regreso. Es curioso, lo mismo pensaba en los problemas que tendría a mi vuelta, que pensaba en la más que probable muerte. Seguramente esto debía a la incontrolada rebeldía que tenemos frente la muerte, y además, ¿Qué podía temer de nadie de ahora en adelante, cuando ya casi perdida tenía mi vida?, ¿Quién iba a ser, capaz de enjuiciarme, por mis hechos, cuando no estaban allí sufriendo conmigo? A lo único que tenía miedo, era a la reacción de la Iglesia: no sabía como lo haría, tras la expulsión “voluntaria” de los franciscanos, aunque no creía que les hubiese dado tiempo a transmitir las noticias a España, y volver con alguna resolución al respecto. O pensándolo mejor, quizás sí ¿Aquí y en estas junglas, y por estos parajes permanentemente húmero y, todas las estaciones del año parecen iguales. A esas alturas ni me acordaba de cuándo dejé de contar los días, escribir notas o llevar las cosas “como Dios manda”. Así pues no tenía la menor idea del tiempo transcurrido desde mi partida del poblado, ni de los sucesos que hubiesen podido acontecer en él durante mi ausencia, pero eso para mi estuviese negado conocerlo para siempre.&lt;br /&gt;Al despuntar un nuevo alba, noté acercarse volando a varias figuras aladas y, tras posarse sobre los pobres y podridos troncos, de mi balsa tocaron para mí una música, que, aunque me recordaba a alguna escuchada en mi infancia, estaba seguro, de no haberla escuchado anteriormente, y lo extraño era que yo, desde una posición superior, podía ver toda la escena incluyendo mi caduco cuerpo recostado sobre el único barril que quedaba en la balsa, que contenía más larvas que comida.&lt;br /&gt;Allí permanecieron no sé cuanto tiempo, interpretando partitura tras partitura, mientas que por mis ojos, iban pasando uno a uno, todos aquellos que habían perdido sus vidas en aquella expedición, hasta, por último pasó Mussi, quien acercándose lentamente hacia mí, consiguió besarme, lo sentí como se sienten las cosas terrenales, sus húmedos y carnosos labios, pero fue a mi a quien beso, y no a esa figura de la balsa, recostada yerme y fría.&lt;br /&gt;Mussi, cogiéndome de la mano, inició un vuelo que nos llevó a recorrer toda aquella interminable masa de árboles, ríos, montes, valles… Era imposible que jamás un hombre pudieses llegar a conocer aquel continente por completo. Aquello era una empresa interminable, por más que enviáramos hombres, nunca podríamos lograr conquistarla íntegramente. Lo pequeños que éramos, y lo poco que habíamos conquistado.&lt;br /&gt;El territorio que conseguí conquistar no era más que una pequeñísima estrella en el firmamento, sin embargo para mí era tan grande como dicen los astrólogos que son cuando nos acercamos a ellas. Subimos, subimos, subimos tanto que cada vez abarcaba más y más mis vista, hasta llegara divisar las costas de uno y otro lado del Atlántico, desde donde se empezaba a ver claramente los contornos de mi tierra, con las nubes bajo mis pies y el cielo completamente negro sobre mí.&lt;br /&gt;Ascendimos hasta el punto que podía contemplar ya España entera, mientras pensaba como un estado tan pequeño e insignificante, podía gobernar sobre toda aquella basta región que se extendía bajo mis ojos, tan verde y tan azul. También pude observar como, desde tan arriba, los hombres no se llegaban a distinguir, se perdían como hormigas, ni tan siquiera eso, simplemente no existíamos, ni nosotros, ni nuestros logros, ni ciudades o puertos. No existimos. Somos nosotros, los que estamos a merced de la Tierra, y no como creemos, tan solo la ciega fe en Dios, nos hace creer que todo esto está para nuestro disfrute. Pero muy religioso hay que ser para creerse el rey de la Creación. No somos más que la mínima expresión de ésta. Quizás Dios solo empleó un instante para crearnos y, desde entonces, no ha vuelto a ocuparse de nosotros; quizás no seamos su creación favorita y dedicara su esfuerzo al resto del universo, explicándose así como permite lo que permite, sin actuar para evitarlo.&lt;br /&gt;Subimos más y más, entre nosotros solo se veía una iluminada y azul bola de agua y nubes, ni España se distinguía ya, pasaron entre nosotros planetas, estrellas, que resultaron ser tan enormes como predecían los astrónomos, y cometas, y más planetas… Ya no distinguíamos el nuestro, únicamente, una interminable multitud de estrellas, dispersas por todo el espacio: Éramos, en fin, una minúscula luz más. Subimos y continuamos subiendo, más y más alto cada vez, hasta que ya no vimos absolutamente nada: nos sumimos en las más profunda oscuridad, ni estrellas, ni planetas, ni cometas o algo que desprendiera la mínima luz, el vacío, en el más sepulcral de los silencios, y la más negra noche imaginable.&lt;br /&gt;-¡Señor! ¡Señor!. ¡Por Dios, Señor, despertad!&lt;br /&gt;-¿Dónde estoy?.&lt;br /&gt;- No Señor, está Ud. Milagrosamente vivo, en su pueblo., pero cuidado que le vea nadie, le llevaré, no se preocupe Ud.&lt;br /&gt;Era Rodrigo uno de los capitanes que dejé a cargo de los hombres del poblado quién me advertía y me refugiaba en su casa. Con paciencia. Empezó a relatarme lo acontecido desde mi marcha en busca de los Güajis.&lt;br /&gt;Al tiempo de marcharme, empezó Rodrigo a contarme, regresaron el Padre Jesús y la compañía. Vinieron con cincuenta hombre más, reclutados de una de las naves que nos habían traído a estas tierras y que todavía andaba, haciendo no sé que cosa, por aquellas aguas. Más bien parecía que estuviesen allí apostados por orden de alguien pero, el hecho era que estaban allí con el padre habían regresado al poblado, haciéndose el dueño y señor del mismo.&lt;br /&gt;Había vestido a los indígenas con túnicas blancas, una vez destruidas todas sus imágenes y prohibidos todos sus cultos, fueron obligados a convertirse al Cristianismo y a de asistir a todos los oficios; reorganizaron sus familias, realizando matrimonios Católicos, dándose el caso de casar a ancianos con una sola de sus mujeres, obligando al resto a vivir fuera del hogar familiar, con el lógico quebranto moral, que esto suponía para ellos. Bautizaron a todos ser viviente y los “esclavizaron” en los trabajos que, como castigo o redención, tenían que realizar “gratuitamente” para la Misión; en fin señor, continuó relatándome, un verdadero desastre, que no sé como acabará, porque lo más importante y peligroso es…, que el Padre Jesús ha enviado a España la nave con “sus noticias”, con el fin de obtener la concesión de poderes, tanto políticos y Militares como religiosas, para sentar legalmente sus “reaños” en estas tierras. Ahora que está Usted intentaremos alguna solución a este conflicto. Mientras tanto descanse Señor, yo le avisare cuando haya comunicado la noticia de su llegada al resto de los hombres que nos son leales.&lt;br /&gt;De ese modo, tras escuchar atentamente el relato de Rodrigo, me dejé vencer por el tremendo cansancio, hasta terminar profundamente dormido, recordando todo lo que me había sucedido durante el tiempo que estuve vagando por el río, y sobre todo, en el extraño sueño del que oportunamente me despertó Rodrigo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8273081455983586363-8767928540822623191?l=elmorrion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmorrion.blogspot.com/feeds/8767928540822623191/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/viii-otra-vez-el-rio.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/8767928540822623191'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/8767928540822623191'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/viii-otra-vez-el-rio.html' title='VIII OTRA VEZ EL RIO'/><author><name>Pedro Ignacio Altamirano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17642706570438990808</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_eLgEfuYb4U4/SggAM-shrYI/AAAAAAAAAIQ/jf4bvqMF1wM/S220/APOIII.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8273081455983586363.post-546540654431592517</id><published>2009-04-21T07:25:00.001-07:00</published><updated>2009-04-21T07:25:53.475-07:00</updated><title type='text'>VII PERDIDOS</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;VII  PERDIDOS&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Una vez todos embarcados, zarpamos sin la menor pérdida de tiempo. Confiábamos en que el camino de regreso sería mucha más llevadero, pero pronto tuvimos motivos para cambiar de opinión, porque, de repente, y cuando más confiados estábamos, empezó de nuevo un ataque desde ambos márgenes del río.&lt;br /&gt;Esta vez sí que nos cogieron totalmente desprevenidos, no teníamos ni remota idea de quiénes pudieran ser nuestros agresores. Sin tiempo para pensar, reaccionamos de forma tan instintiva como violenta. En un instante, cañones, arcabuces y ballestas se cruzaban en el aire con las flechas de los indígenas, a un ritmo frenético, no dejando lugar para el miedo. Así continuamos, no recuerdo cuanto tiempo, lo que sí recuerdo bastante bien, fue con la violencia que se desarrollo.&lt;br /&gt;Cuando acabó, el aspecto o más bien el “espectro” de nuestra visión, volvió a ser fantasmagórico: los márgenes del río, totalmente devastados, cuerpos de indígenas flotando en el agua, animales, árboles enteros, peces muertos… un paisaje, en fin, digno del anunciado fin del mundo. Lo más angustioso para nosotros, fueron las elevadas bajas que sufrimos. Había cuerpos flotando, tan lejos ya de nosotros, que jamás pudimos dales alcance para su digna sepultura, pero lo peor estaba aún por suceder. Con tanto ajetreo, no nos dimos cuenta del curso que seguimos y, cuando quisimos darnos cuenta, fue demasiado tarde; Estábamos perdidos.&lt;br /&gt;Recuerdo que una vez, de pequeño, que una vez me perdí jugando con mi hermano Luis; no supe encontrar el camino de regreso a casa y pasé toda la noche solo en el campo, pero, aunque pase mucho miedo siempre tuve la seguridad de que me encontrarían o encontraría el camino de regreso, así fue.&lt;br /&gt;Lo que sí me preocupaba y mucho, era la cantidad de heridos que teníamos. El tirar de las barcazas, orientarnos, defendernos y cuidar de los heridos, me parecía demasiado trabajo, para los pocos hombres “completos” que quedábamos, aunque, eso sí, siempre habíamos salido adelante y esta vez también teníamos la seguridad de conseguirlo.&lt;br /&gt;Una vez pasado y recuperados del susto, hicimos recuento de bajas: en total, cuarenta y seis. Aquello supuso un gran desastre para nuestra moral, había desaparecido la mitad de la expedición y el resto, estábamos cansados y maltrechos por alguna que otra herida.&lt;br /&gt;Atracamos junto al margen izquierdo del río, para dar cristiana sepultura a los cuerpos que pudimos recuperar del río. Como siempre, alguno de nosotros, se encargó, lo mejor que supo, de los oficios religiosos. En aquellos momentos, nos acordábamos de los sacerdotes que, en estos casos, también saben reconfortar, pero después de lo sucedido con ellos mejor solos que…&lt;br /&gt;Tras el entierro. Y creo era lógico, reuní a los pocos oficiales que me quedaban, Juan Luis Blasco (capitán), Pedro de Azcoitia (capitán) y José Chávez (este último me fue recomendado por una noble familia de Trujillo, para que lo formáramos en las armas). Pepe Chávez, era un joven de muy buena familia, algo alocado y ¡como no! perdido por las mujeres. Creo yo que de disponer de varios como Pepe, mezclábamos nuestra sangre con tal rapidez que, en un par de generaciones, todos mestizos. Bebía como un cosaco, era el primer catador de cuantos licores y alimentos extraños nos encontrábamos por el camino –lo que, de vez en cuando, nos traía algún problema con su estómago-, pero como compensación, no conocía el miedo, su fidelidad indiscutible y su discreción sin limites.&lt;br /&gt;Llevaba algún tiempo observándolo, por lo que, en vista de la falta de oficiales y pese a su juventud, le nombré capitán, debiendo asistir a cuantas reuniones de oficiales convocara, lo cierto es que quedaban casi más oficiales que peones.&lt;br /&gt;En la siguiente reunión, discutimos sobre la situación en la que nos encontrábamos; los puntos que acordamos se pueden resumir del modo siguiente, según creo recordar: nos reagruparíamos todos en una sola barcaza y continuaríamos dejándonos llevar por la corriente del río, hasta encontrar algún rellano lo bastante amplio, como para levantar un campamento y reorganizar desde allí el posible regreso a casa…. No sé que daría ahora por dormir en cualquier de los cuartuchos de alguna de las marmotas de mi casa en España.&lt;br /&gt;Como pudimos, reanudarnos la marcha por el cauce, agrupando tanto material, como hombres y pertrechos, en la primera barcaza, por ser esta la más amplia de las que disponíamos. Apostados sobre el parapeto que construimos, con todo lo que pudimos utilizar, vigilábamos con los ojos puestos en los árboles, atentas al menor movimiento, escarmentados por la lección aprendida. Parecía que el peligro había pasado.&lt;br /&gt;Al cabo de dos días, vimos como nos acercábamos a un enorme rellano que apareció por el margen derecho. Al llegar a él, pudimos ver su extensión: parecía perfecto. En ese mismo instante, iniciamos la construcción del campamento. En varias horas estaba todo instalado, gracias a la inestimable colaboración prestada por los pocos Güajis que quedaron con vida quienes se mostraron con las herramientas tan hábiles como con las armas.&lt;br /&gt;De todos los Güajis que llevábamos, tan solo quince sobrevivieron al ataque. Yo me pregunté si quizás ellos conocieran algo de los indios que nos atacaron, e incluso supieran como volver a nuestro poblado; pero por el momento tal opción era difícil ya que ninguno de nosotros conocíamos su dialecto. ¡lástima que el tal Juan López, el que nombré capellán provisional, cuánta desdicha me traería posteriormente este término, fuera uno de los primeros en morir, porque, según recuerdo, se las arreglaba bastante bien para comunicarse con los indígenas.&lt;br /&gt;No se cuanto tiempo estuve durmiendo, pero bastante, y como yo la mayor parte de los hombres, hasta los indígenas cayeron en un profundo sueño, del que despertaron bastantes horas después de yo lo hiciera. Entre los Güajis, se encontraba una joven de extrañ belleza, cuyos ojos no dejaban de seguir los míos durante todo el día. Al principio creí que quizás se debiera a lo extraños que, para ella, serían mis formas, armaduras, lenguaje y no se que cosa más, pero, poco a poco, me fui dando cuenta de que debía de ver algo más, porque, todo lo anteriormente mencionado, también lo podría observar en cualquiera de los otros oficiales. Por otra parte, no le dí demasiada importancia, tratándose de una indígena que hasta ese día había pasado desapercibida del todo.&lt;br /&gt;Yo, que por mi mando podría estar con cualquier indígena, sin más motivo que el que me gustase en este momento, con Mussi, que así se llamaba no me atreví. Sentía tal respeto que ni mantener la mirada fija en ella podía. Su padre era uno de los más viejos y aguerridos Güajis. Su captura fue del todo fortuita: al intentar escapar con su familia, cuando ya no había salida posible, se encontró ante mi y mis hombres. Por fortuna para todos, aquel indígena fue lo suficientemente inteligente y no opuso resistencia. Huía con su mujer y cuatro hijas, la mayor de ellas era la referida.&lt;br /&gt;Pensábamos en como salir de allí, para no terminar siendo exterminados por las distintas tribus, que deberían de existir por la zona, a juzgar por los innumerables ataques que recibíamos, o peor aún, perdidos para toda la vida. Lo único que teníamos claro era la imposibilidad de continuar por el río, a la vista del estado de la barcaza y de la poca gente que quedaba para arrastrarla y defendernos al mismo tiempo. Lo mejor sería intentar continuar nuestro regreso por tierra, utilizando nuestros acostumbrados medios, normas y técnicas que tan buenos resultados nos dieron al comienzo de la expedición.&lt;br /&gt;Día a día, intentábamos orientarnos hacia algún lugar: unos días salíamos hacia el Norte, otros hacia el Este, y así de forma sucesiva, buscando algún punto de referencia. Un árbol más alto que los demás o alguna milagrosa montaña desde la que pudiésemos solucionar nuestro problema. Pero nada, por allí, nada había que nos ayudara y tras varias semanas de cansinos viajes, decidimos reunirnos otra vez y optar por alguna solución mucho más drástica y lógica para nosotros: saldría un grupo de hombres al mando de Pedro de Azcoitia, para ir abriendo camino y tras él, con varias jornadas de diferencia el resto.&lt;br /&gt;Los primeros deberían ir dejando claras huellas para su fácil seguimiento pero a la vez discretas, para no dejarnos en evidencia ante cualquier indígena. La señal convenida fue hacer señales en los árboles que solamente nosotros sabríamos interpretar, y lo único que se nos ocurrió utilizar como clave fue algo que no fuese reconocible por ningún indígena, el puro y simple castellano; nos dejarían en nuestra lengua los mensajes, grabadas sobre los troncos de los árboles del camino.&lt;br /&gt;Pedro de Azcoitia partió, con sus hombres, nosotros, mientras tanto, nos dedicamos a preparar la marcha tras ellos ¡lástima del trabajo realizado en el campamento, pero, el comportamiento humano es tan extraño, cuando está el miedo presente!&lt;br /&gt;Esa primera noche sin nuestros hombres, no acabábamos de terminar la tertulia, divagando sobre como saldríamos de aquella difícil situación, sin pender en ningún momento la seguridad de salir de alguna forma de aquel atolladero. Después de ordenar (de forma tajante a todos que se retiraran a descansar, emprendí una ronda por los puestos de guardia, comprobando personalmente que todos estaban en sus respectivos lugares, bien despiertos y atentos a cualquier contingencia.&lt;br /&gt;Cuando me dirigía finalmente a mi tienda, observé, como el contorno de Mussi, se recortaba en la luz producida por una casi extinta hoguera. Creí no ser visto, pero, al empezar a caminar, sentí como ella me seguía con su mirada. yo, por si acaso, ralentice mi paso, estiré lo que pude mi figura y recompuse mi desvanecida majestuosidad, hasta llegar al interior de mi tienda, en el que caí dormido, pensando en lo estúpida y ridículamente que podemos comportarnos en presencia de una mujer, por muy indígena que esta sea.&lt;br /&gt;No iba a acabar ahí la noche, porque, cuando empezaba a conciliar el sueño, sentí como alguien tocaba mis botas, cogí mi estilizado florete y, de un salto, combinado con una tremenda patada a mi atacante, logré ponerme en pie, descubriendo que mi agresor, no era otra que Mussi.&lt;br /&gt;Una vez recuperada del mal rato, se levantó, se acercó a mí, me quitó el arma de la mano, se reclinó sobre el camastro y empezó a despojarme una a una de mis ropa hasta dejarme desnudo por completo. A continuación, conmigo ya en el catre, comenzó a quitarse la poca ropa que llevaba puesta. Una vez los dos cuerpos desnudos, nos entregamos con tal fuerza al amor que, sin darnos cuenta, caímos al suelo arrastrando tras nosotros el enorme palo que sujetaba el techo de la tienda, que nos cayó encima, con el lógico estruendo, Nadie se atrevió a molestarnos.&lt;br /&gt;No quise darle la mayor importancia al hecho acaecido, pero eso sí, la gente me miraba de reojo, con cierta sonrisa irónica en sus labios. Mussi, volvió con sus padres, quienes me miraban con una estúpida, pero graciosa sonrisa. Ordené reconstruir mi tienda, lo que realizaron mucho más rápidamente de lo previsto. El único que me hizo un comentario jocoso, fue Juan el cocinero, con un “Señor, anoche tuvimos tormenta por lo menos un trueno escuchamos”. Lo ignore como si no hubiese escuchado.&lt;br /&gt;Llegado el momento y tal como acordamos, recogimos los enseres y nos dispusimos a emprender la marcha tras las huellas de Azcoitia, de quien para bien o para mal, nada sabíamos desde su marcha. Dios dispondría. Nos adentramos en la jungla, con toda la precaución y miedo imaginable.&lt;br /&gt;En cabeza iba Blasco, buscado e interpretando las señales de Azcoitia; tras él, el resto de los hombres, los Güajis y yo. En la cola, se dispuso un turno de vigilancia, en el que se iban relevando los hombres que ocupaban el último lugar, por el peligro que ese lugar suponía. Lo que más temía, era el daño que nos hacían los certeros dardos que, con tanta puntería, lanzaban desde los árboles contra nosotros y, como eran tan venenosos, daba igual en que parte del cuerpo impactaran, por el efecto que producía el veneno por nuestra sangre, que por lo general, excluyendo algún que otro milagroso caso, era fulminado de forma inmediata.&lt;br /&gt;Aconsejé a mis hombres, que protegieran la mayor parte del cuerpo, utilizando para ello nuestro uniforme completo: armadura, con guantes, botas, y sobre todo, y muy importante, por pesada y desagradable que fuera, la malla que nos cubría todo el cuerpo, ya que esta actuaría como caparazón, disminuyendo nuestras posibilidades de ser alcanzados por los dardos.&lt;br /&gt;El primer día de marcha, pasó lenta y monótona hasta que llegó la noche y el descanso. A los despertados, observamos con horror, como cinco de nuestros hombres, habían sido degollados, dentro de sus propias tiendas; matanza que se desarrolló delante de nuestros ojos y sin que absolutamente nadie, se percatara de ello.&lt;br /&gt;De forma inmediata descartamos la posibilidad de un ataque durantela primera noche, con la guardia redoblada y teniendo todos los nervios de punta. Nos pareció imposible, la única posibilidad lógica que encontramos fue que este acto criminal se hubiera producido por alguien de dentro de nuestro propio campamento. La decisión fue rápida y contundente: menos a Mussi, a quién puse bajo mi responsabilidad personal, fueron ejecutados todos los Güajis.&lt;br /&gt;En sus ojos, se reflejaba todo el odio posible, no tenía dudas en cuanto a que, en cuanto dispusiera de la menor oportunidad, intentaría acabar con mi vida, como me advirtió Blasco, pero a pesar de todo, quise correr ese riesgo.&lt;br /&gt;Me aterraba pensar en tanta muerte como llevábamos encima. De acuerdo que íbamos en nombre del Emperador, que es igual que ir en nombre del Santo Padre, pero ¿hasta qué límite estaba todo esto justificado?. Que número de muertes, en su nombre, nos perdonaría Dios. En mi interior, algo me decía que no nos perdonaría ninguna de ellas.&lt;br /&gt;Cuando luchábamos contra ejércitos turcos o de donde fueran, intentábamos respetar unas mínimas leyes de caballerosidad, pero cuando indígenas se trataba, se nos permitía cazarlos como conejos. ¿Por qué no intentamos al menos juzgar a los Güajis, en vez de sentenciarlos y ejecutarlos sin darles el mínimo derecho a defenderse?. Eran tantas las dudas, que empezaba a dudar de mis propios principios. De igual modo dudaba que me pudiera mantener razonable ante los problemas que, tanto ahora, como en el futuro se presentarían.&lt;br /&gt;A medida que avanzábamos, la jungla se iba haciendo cada vez más espesa y oscura, debido a la frondosidad y altura de los árboles. El ruido era en algunos momentos ensordecedor, por la cantidad de aves y pájaros, que por allí existían, ignorando al resto de los seres incluidos a nosotros que seguro, éramos los únicos extraños allí. Todo aquel paisaje se estremeció, llegando a inhibirse de los problemas que me rondaban por la cabeza y centrarme en el presente, había algo en ese lugar que no me gustaba.&lt;br /&gt;Podía haber sido un presentimiento, sin embargo desgraciadamente, se hizo realidad; tras cruzar uno de los diminutos, pero, numerosos riachuelos, en un pequeño rellano, fuimos nuevamente atacados con innumerables fechas envenenadas. Por muy gruesas que fueron nuestras mallas, más finas y filtrantes eran estas. Sin tener donde ocultarnos, vi, desde el suelo como iban cayendo hombre tras hombres. Inmóvil por el terror, no sentí sobre mi armadura, el peso de Mussi, que se había arrojado sobre mí, protegiéndome con su cuerpo. Sin saber por que extraño milagro, ni a ella ni a mí, consiguieron alcanzarnos. Creo que entre los indígenas hay mucha más inteligencia y humanidad que entre nosotros ¡supongo!, ya que estaba más que claro que no quisieron matarnos, quizás por respeto a mi brillante y deslumbrante armadura, o por ser Mussi mujer e indígena, pero eso no lo sabría jamás.&lt;br /&gt;Cuando estuve totalmente seguro de que mis atacantes se habían marchado, me levanté y mire uno a uno todos los cadáveres de mis amigos. Cada uno tenía varias flechas clavadas en su cuerpo a través de la malla. Ni quise ni pude enterrarlos, entre ellos al capitán Blasco, amigo desde la infancia, que se prestó a esta misión al enterarse que iba yo y no mi hermano Luis, de quien tanto me acuerdo y hecho de menos en estos tristes y desagradables momentos, rodeado de tanta muerte.&lt;br /&gt;Sin mirar atrás, comencé a correr en busca de Pedro de Azcoitia. Me disponía a encontrarlo y regresar con sus hombres a dar sepultura a estos y averiguar quienes habían sido esta vez. Por más que corrí y busqué, no pude encontrar a Azcoitia. Aún ahora, después de tanto tiempo, ignoro que les paso, ni donde acabaron con sus vidas. ¡Que Dios se haya apiado de ellos!.&lt;br /&gt;Solo con la única compañía de Mussi, emprendí el regreso al poblado, pensé hacerlo andando, pero, ¿cuanto duraríamos en aquel ambiente Mussi y yo? Decidimos ir al río y dejarnos llevar por la corriente hasta llegar a algún lugar o por el contrario, acabar en él nuestras vidas.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8273081455983586363-546540654431592517?l=elmorrion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmorrion.blogspot.com/feeds/546540654431592517/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/vii-perdidos.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/546540654431592517'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/546540654431592517'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/vii-perdidos.html' title='VII PERDIDOS'/><author><name>Pedro Ignacio Altamirano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17642706570438990808</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_eLgEfuYb4U4/SggAM-shrYI/AAAAAAAAAIQ/jf4bvqMF1wM/S220/APOIII.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8273081455983586363.post-785097292564476726</id><published>2009-04-21T05:27:00.001-07:00</published><updated>2009-04-21T05:27:57.437-07:00</updated><title type='text'>VI LOS GÜAJIS</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;VI  LOS GÜAJIS&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Tras el desastre acontecido a González Ledesma, y en vista del miedo que empezaba a apoderarse de algún sector de mis hombres, creí conveniente tomar la iniciativa e intentar salir en busca del problema para solucionarlo de inmediato. Arengué a los hombres, intentando elevar su moral con aquellas cosas que más ayudan en ese sentido. Tendríamos que ir como vencedores, seguros de nosotros y mostrándonos como lo que éramos, infantes invistos.&lt;br /&gt;Esta expedición la mandaría yo en persona, en el intento de asentar el liderazgo y dar confianza a la tropa. Me acompañaron los capitanes Sostoa y Mendoza, los que, a su vez, seleccionaron cincuenta infantes cada uno. Con nosotros llevaríamos diez caballos y cinco cañones, lo que sería, según mis cálculos, suficiente para el buen fin de las misión. Con todo estaba preparadoy los hombres con moral, no podíamos pedirle más a Dios.&lt;br /&gt;A la mañana siguiente, el río amaneció cubierto por una espesa capa de niebla, lo que anuló nuestra partida ese día, dejándolo para el siguiente, si es que la niebla levantaba. No quería correr el menor de los riesgos.&lt;br /&gt;Lo que si echaban los hombre en falta era la presencia de un sacerdote que nos acompañara. Todos habían sido testigo de lo ocurrido con el Padre Jesús, y no se atrevieron a reprocharnos nada, pero siempre les reconfortaba la presencia de un Sacerdote por lo que pudiera pasar. Por fortuna, entre nosotros iba un tal Juan López, que había estado varios años en el seminario, y que normalmente ayudaba a Misa, lo que aproveché para darle más importancia de la que tenía y nombrarlo “Capellán provisional”; por lo menos, podría ayudar a morir a quien así lo deseara, aunque la experiencia me enseño que en combate hay poco tiempo para morirse.&lt;br /&gt;Por fin amaneció un día claro que nos permitió zarpa de inmediato, en medio de una gran algarabía, jornada por los hombre, entre gritos, cantos y borracheras: en este momento hubiésemos conquistado todas las nuevas tierras en un solo día; moral y fuerza no nos faltaba.&lt;br /&gt;El plan a seguir era fácil: llegar donde enterramos a los otros hombres, y desde allí, empezar la búsqueda de estos indígenas, a quienes se la teníamos “jurada”. Hasta la llegada al punto establecido, no tuvimos ningún incidente, transcurriendo todo en perfecto orden y una vez preparados, iniciamos la búsqueda.&lt;br /&gt;En cabeza, iba una avanzadilla compuesta de diez hombres y, entre ellos y nosotros, un hombre cada quince o veinte metros, para evitar en lo posible, desagradables sorpresas. Así continuamos hasta la primera parada para comer, en lo que invertimos el menor tiempo que pudimos, para evitar ser atacados en ese momento. Comíamos por ello, siempre por turnos: mientras unos comían, otros vigilaban atentos. Tras la comida, emprendimos la marcha.&lt;br /&gt;Llamaba la atención, la cantidad de aves multicolores que por allí se encontraban, así como los innumerables riachuelos de apenas un metro de ancho y escasamente un palmo de profundidad, pero totalmente llenos de sanguijuelas, que nos hacían ralentizar el paso, al tener los hombres que quitárselas continuamente.&lt;br /&gt;A media tarde, encontramos el cuerpo de un indígena, con unas señales, que no habíamos visto antes; de los nuestros no era, como tampoco de los que andábamos buscando, lo que nos extraño. Aquello significaba la existencia de alguna tribu más por la zona y a juzgar, como estaba el cuerpo, también había sido víctima de los mismos que dieron muerte a Ledesma. Esto consiguió ponernos más nerviosos y estar atentos al mínimo movimiento extraño.&lt;br /&gt;Todos íbamos, con nuestras armaduras puestas, soportando estoicamente el calor y la humedad, que nos hacía la marcha mucho más penosa. Cada vez era más complicado mantener alta la moral de los hombres; el tiempo pasaba sin que encontráramos a nadie, parecíamos estar persiguiendo fantasmas o algo parecido.&lt;br /&gt;El miedo era lógico: como todo soldado preferían la lucha directa, por muy fura que ésta fuera, a no dominar nada, a luchar contra el propio miedo, o los fantasmas que empezamos a ver en todas partes. Aquello se nos escapaba y no lo podíamos remediar, todo lo que hacíamos, era caminar y caminar, sin resultado alguno. De nuevo nos tocó la suerte, justo cuando estaba haciendo falta, pensábamos ya en la posibilidad del regreso, cuando unos hombres se presentaron ante mí, con la agradable sorpresa de la captura de uno de los indígenas que con tanto ahínco estábamos buscando.&lt;br /&gt;De inmediato hice traer el intérprete para que la interrogara; no sirvió de nada, porque, o el indígena era nudo o lo simulaba perfectamente, fuese una cosa u otra no pudimos arrancar ni una sola palabra. Le atamos a un árbol y pusimos un vigilante a su lado, mientras decidíamos qué hacer con él. Unos opinaban que lo mejor era emplear la fuerza para sacarle las palabras y otros querían emplear otro tipo de métodos más humanos, teoría esta apoyada mayoritariamente cuando fuimos por él, había sucedido lo que nunca hubiésemos imaginado: había conseguido escapar y dar muerte a su vigilante, quizás aprovechando un descuido de éste, dejándonos a todos un poco desconcertados.&lt;br /&gt;Ante este incidente, decidimos extremar la vigilancia, ya que estos indígenas nos habían demostrado suficientemente su maldad, incluso consigo mismo. ¡Una atrocidad!, pero, en fin teníamos que seguir buscando y eso fue lo que hicimos: levantamos el campamento y reanudamos la marcha. A este indígena, lo habían descubierto casualmente, mientras realizaba dormía tras unos matorrales, siendo este hecho lo que permitió apresarlo sin darle tiempo para reaccionar.&lt;br /&gt;El que este estuviese solo en el momento de capturarlo solo significaba dos cosas: que perteneciera a algún grupo de indígenas y se entretuviera o que el poblado no estuviese demasiado lejos de allí. En consecuencia, instalé en ese mismo lugar el campamento, y desde él enviaría pequeñas expediciones de cinco o seis hombres cada una, para de esa forma, diversificar las posibilidades de hallar algún tipo de rastro que nos condujera al poblado.&lt;br /&gt;Los siguientes días fueron aún más monótonos, al no tener suerte como la búsqueda. Aquello era desesperante, las reuniones con mis capitanes eran larguísimas; en ellas, procurábamos darnos ánimos mutuamente para transmitirlos a su vez a los hombres, que tan necesitados estaban de ello. Intentábamos imaginar como sería el poblado y la mejor forma de atacarlo, manejando simples suposiciones, porque hasta que no los tuviésemos enfrente, no sabríamos como hacerlo.&lt;br /&gt;Al atardecer de ese mismo día, por fin tuvimos noticias de ellos, lo que provocó la euforia general entre nosotros. Era lo que tanto tiempo llevábamos esperando lo que nos despertó del triste letargo en el que estábamos sumergidos. Reuní a los oficiales Sostoa y Mendoza para que estuviesen presentes en el relato. A unas cinco horas de camino había un grupo aproximadamente treinta indígenas de los que buscábamos; si lográbamos seguirlos sin ser descubiertos, seguro que nos conducirían hasta el poblado; con ese fin habían dejado allí a otros dos hombres, para que no perdieran la pista de éstos si es que se movían, pues bastante trabajo había costado encontrarlos.&lt;br /&gt;Organizamos la marcha con unos setenta hombres bajo mi mando directo; dejé al capitán Herrera al mando del resto de los hombres, con ordenes de seguirnos a una prudente distancia, por si fuera necesaria su intervención. Una vez transmitidas las ordenes, partimos.&lt;br /&gt;Tal como avanzábamos, mi primer oficial, José Prada, me iba transmitiendo las oportunas observaciones, que desde la cabeza de la expedición, donde iba destacados, iba encontrándose en cada momento, para, una vez analizadas, tomar las medidas oportunas. Lo que en realidad sospechábamos y temíamos, era que iba a ser muy duro, sabíamos que estos no iban a andarse con “bromas”, por lo que no podíamos descuidarnos un momento.&lt;br /&gt;A media tarde llegamos a una zona donde encontramos a los hombres encargados de seguir al pequeño grupo de indígenas; el responsable nos comunicó que éstos no se habían movido de allí. En ese preciso momento, se encontraban tranquilamente reunidos en torno al fuego, por lo que era fácil poder observarlos, y a ellos nos dispusimos de inmediato, desde la gran curiosidad que teníamos.&lt;br /&gt;Nos acercamos muy despacio, ocultos tras unos árboles caídos, pudimos observar al fin, a este grupo. En ese momento, andaban todos entretenidos, comiendo hojas, y desde luego, su estado parecía indicar que estaban sumidos en una tremenda borrachera general. Si hubiésemos querido, podíamos haberles exterminado en un solo instante, sin esfuerzo alguno; pero ése no era nuestro propósito y dejamos las cosas como estaban para jugar nuestra baza: no ser descubiertos bajo ningún concepto para poder seguirlos hasta tu poblado.&lt;br /&gt;Al cabo de unas horas, parecían recuperados de la “resaca”, levantaron el campamento y, por fin, se pusieron en marcha. Nosotros, para no ser descubiertos, enviamos por delante para seguirlos de cerca de un grupo de cuatro hombres haciendo el menor ruido posible, y a corta distancia, el resto; así comenzó la persecución.&lt;br /&gt;Poco a poco y sin darnos cuenta, pronto se nos echó la noche encima. Encendieron otra hoguera y se dispusieron confiadamente a dormir: lo que más me extraño, fue la poca vigilancia que deponían, quizás porque lo que menos podían imaginar era que en ese momento les estuviésemos vigilando tan de cerca.&lt;br /&gt;Me despertaron con urgencia; los indígenas habían levantado el campamento y emprendido el camino; inmediatamente, salió tras ellos el grupo perseguidor acordado para no perder de vista a este grupo de indígena. El poblado no debería estar ya muy lejos.&lt;br /&gt;No tardamos mucho en tener noticias de nuestro refuerzo, mando por Herrera; pedían autorización par reunirse con nosotros, dada la proximidad del poblado, y continuar todos juntos. Acepté gustosamente al pensar que de esa forma, iríamos mucho más seguros y confiados, aun con el riesgo que suponía ser escuchados, por el ruido que producíamos tanta gente en la selva, pero milagrosamente y sin saber por qué razón, no nos escucharon, librándonos por ello de ser descubiertos.&lt;br /&gt;De nuevo estábamos equivocados, cansados de andar sin llegar a ningún lugar. Lo que parecía estar cercano, no lo estaba tanto y lo que era evidente, esta tierra siempre terminaba convenciéndote de que allí no lo era. Pero como de costumbre, también ocurrían las cosas cuando más cansados estábamos y, esta vez, sucedió lo mismo: vinieron en nuestra búsqueda, uno de los hombres encargados de la persecución, para traernos la noticia de la localización del poblado indígena. Esta selva siempre portadora de continuos problemas y milagros.&lt;br /&gt;Dejamos acampados a los hombres y me trasladé a observar de cerca el poblado. Allí estaba. Era más grande de lo que esperábamos, y éste sí se protegía con una empalizada, construida a base de juncos y cuerdas de hojas entrelazadas, no parecía muy fuerte, pero al menos disponían de algún tipo de defensa.&lt;br /&gt;Allí había más gente de lo que pensamos, lo que cambió en principio nuestros planes. Si atacábamos indiscriminadamente, podríamos acabar produciendo una gran masacre, lo que bajo ningún concepto queríamos. Intentando encontrar una solución alternativa, me reuní con los oficiales.&lt;br /&gt;Todos me recomendaron atacar sin ningún tipo de contemplaciones, en vista de las desagradables experiencias que habíamos tenido con ellos. Al final terminaron convenciéndome de ello y comenzamos a preparar el ataque. Este debería realizarse lo más rápido posible e intentando ocasionar el menor número de víctimas, sobre todo entre mujeres y niños, aunque esto, según mi propia experiencia, era muy difícil de evitar en fragor de la batalla.&lt;br /&gt;El primer paso era la destrucción de la empalizada y entrar rápidamente en el interior del poblado. Lo mejor sería hacerlo por la noche, aprovechando la descuidada vigilancia que tenían. Deberíamos entrar por varios sitios a la vez, para aumentar su confusión. EL plan era entrar la mitad por el Norte y el resto por el Sur en una maniobra envolvente, logrando de esa forma que no escaparan muchos. Combatiríamos mientras encontrásemos resistencia, dejándolo de hacer con la mínima señal de rendición.&lt;br /&gt;El resultado práctico del plan fue tal que en veinte minutos estaba todo concluido: en principio, no ofrecieron mucha resistencia, pero cuando creímos tener la situación controlada, reaccionaron violentamente, siendo entonces cuando se produjo la desgracia. La lucha fue desigual, nuestros hombres, dominados por el pánico que tenían a estos indígenas, se emplearon a fondo y con bastante crueldad. No era justificable el ensañamiento con el que mataban: los indios, no paraban de luchar sin encontrar por nuestra parte la forma de evitarlo y únicamente cuando se vieron en infinita desventaja, empezaron algunos a correr selva a dentro y el resto tirando sus primitivas pero certeras armas.&lt;br /&gt;Cuando ceso la lucha, el panorama que pudimos contemplar era desolador: cadáveres por todo el suelo, totalmente descuartizados la mayor parte, como consecuencia de la violencia del combate. Del resto de los hombres, los que no estaban mutilados en alguna pare de su cuerpo, seguro que lo estaban en su orgullo, pero, por fortuna, las bajas entre mujeres, niños, y nuestros hombres fueron pocas, aunque tuvimos que lamentar algunas perdidas.&lt;br /&gt;Ahora quedaba la peor parte qué hacer con estos pobres indios, ya que poco daño podía hacer. Lo primero que pensé fue educarlos como soldados, aprovechando su fiereza y conocimientos del terreno, ya que podían ser de bastante utilidad en futuras expediciones. Escogí entre los supervivientes a vente familias, para llevarlos conmigo dejando allí el resto al cuidado de veinticinco hombres, que controlarían el desarrollo del poblado.&lt;br /&gt;El remordimiento de esta masacre me hacía pensar que por muchas y fuertes razones que tuviéramos para llevarlas a cabo, ¿quiénes éramos nosotros para cambiarlo todo? Desde su forma de vida, hasta el propio concepto de ella. Y eso, era lo más trágico para nuestra conciencia. Sumergido en aquel mar de dudas y pensamientos, recogimos todo lo que pudimos, e iniciamos el camino de regreso a nuestro poblado.&lt;br /&gt;De este modo fue como conocimos a los Güajis, quienes, en cierta forma, cambiarían mi forma de ver la vida y a las gentes de estas nuevas tierras.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8273081455983586363-785097292564476726?l=elmorrion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmorrion.blogspot.com/feeds/785097292564476726/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/vi-los-guajis.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/785097292564476726'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/785097292564476726'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/vi-los-guajis.html' title='VI LOS GÜAJIS'/><author><name>Pedro Ignacio Altamirano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17642706570438990808</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_eLgEfuYb4U4/SggAM-shrYI/AAAAAAAAAIQ/jf4bvqMF1wM/S220/APOIII.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8273081455983586363.post-8855828744154385467</id><published>2009-04-20T13:44:00.000-07:00</published><updated>2009-04-20T13:46:57.768-07:00</updated><title type='text'>V LOS PROBLEMAS RELIGIOSOS. LA PERDIDA DE GONZALEZ LEDESMA</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;V LOS PROBLEMAS RELIGIOSOS.&lt;br /&gt;LA PERDIDAD DE GONZALEZ LEDESMA&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo que de pequeño mi padre solía decirme que solamente había dos cosas por las que merecía la pena morir: Dios y el Rey. Juro por ellos dos que trabajo me costaba creer, dado que la relación que mantenía con ambos, no era precisamente muy cordial, yen espacial, con los representantes de Dios en la Tierra. Desde que estudiaba tuve problemas con ellos. Nunca llegue a entender mucho de este tema: no comprendía por que Dios permitía muchos horrores, pero, o creías fervientemente o te esperaba el Fuego Eterno del Infierno.&lt;br /&gt;Cuando amainó la lluvia, creí que había llegado el momento de enviar una expedición río arriba, para intentar localizar otros pueblos y en especial, el que podría haber sido responsable de la muerte de aquellos indígenas que rescatamos del río. De nuevo le confié la misión a Gonzáles Ledesma.&lt;br /&gt;Empezó eligiendo a cincuenta hombres, con los que partió en la barcaza más grande, saliendo nada más despuntar el alba. Si en el transcurso de dos semanas no habían contactado con ninguna tribu de indígenas, deberían regresar e informar de lo sucedido, en caso contrario, se quedarían allí, enviando emisarios con las noticias y si al cabo de tres semanas no teníamos ningún tipo de noticias, enviaríamos otra expedición en su búsqueda, para averiguar que sucedía.&lt;br /&gt;En el pueblo –como ya era costumbre- el problema con los clérigos, seguía creciendo por momentos el no entender mi punto de vista en este aspecto, por lo que el enfrentamiento era ya casi continuo.&lt;br /&gt;Un día vino a verme el jefe del consejo de ancianos, quejándose del Padre Jesús; éste les había dicho, que por que no empezaban a ir por la iglesia para escuchar la palabra de Dios. Le respondí, intentando convencerlos de que accedieran, por lo menos algún que otro día, cosa que –para mi sorpresa- aceptaron.&lt;br /&gt;El padre Jesús, no salía de su asombro y cuando le expliqué como había logrado convencer a los indígenas, por medio del diálogo, y no con la fuerza, reaccionó acusándome de ser tan hereje como ellos. Aquello fue demasiado lejos, le ordené no dirigirme más la palabra, a no ser estrictamente necesario, además de comunicar su conducto, tanto a sus superiores, como al Rey. Me replico con la amenaza de que sería él mismo, quien recomendaría mi caso para la excomunión ante un Tribunal Eclesiástico, cosa ésta, por otra parte, más que improbables, al tener que transcurrir como mínimo dos años, para nuestro regreso a España, pero, por amenazar que no quedara.&lt;br /&gt;Cuando los indígenas fueron a la iglesia por primera vez y como conocían el castellano, me dirigí a ellos en primer lugar, para intentar sentar las bases; les expliqué que lo que iban a escuchar era nuestra religión, por lo que les rogaba que prestasen el mayor interés, ya que creíamos que era la única y verdadera. A continuación, el Padre Jesús tomó la palabra comenzando con aquello de “ Dios, Padre creador y único Dios del Universo y de todas las cosas…”, continuando con la disertación sobre los grandiosos milagros y tremendos castigos, que encerraban tanto la obediencia como la desobediencia a Dios, respectivamente.&lt;br /&gt;Al terminar la “ Misa”, vino nuevamente a verme el jefe del consejo, con todas aquellas cuestiones que no entendía; eran preguntas tan dispares, como curiosas e inocentes. Después, muy a mi pesar, no tuve más remedio que volver a reunirme con el Padre Jesús, rogarle que intentara explicar las cosas con ejemplos muchos más sencillos y gráficos, ya que los indígenas, no lograban entender nada de lo que intentábamos transmitir. Primero intentaríamos darles a conocer lo positivo de Cristo, para después, poco a poco, ir haciéndoles ver los peligros e inconvenientes a la que arrastra la desobediencia de las leyes de Dios, una vez que se conocen.&lt;br /&gt;Aconsejé entonces, que lo primero que debíamos hacer, era convencerlos de los más primario: El rey de la Creación era el hombre que, con su inteligencia superior, debía servirse de todas las cosas creadas por Dios con ese fin, y no al contrario. Una vez comprendido esto, sería mucho más fácil explicar el resto.&lt;br /&gt;Aunque parezca mentira, todos nos pusimos a trabajar en esta dirección. Yo, por mi parte, cada vez que asistía a un consejo, intentaba convencer a los ancianos de esto, ya que ellos, por ser los mayores, serían los que más resistencia apondrían, al tener las costumbres más arraigadas. Mi sorpresa fue mayúscula, cuando comprobé que contrariamente a lo que suponía, eran precisamente ellos los más abiertos y comprensivos, aunque tal como temíamos estas discusiones no nos llevaban a ninguna parte: por mucho que dialogáramos con ellos sobre dichos temas, al final, siempre permanecían fieles a sus creencias y costumbres, para desesperación del clero.&lt;br /&gt;Un día, los curas, totalmente desquiciados los nervios, armaron una “marimorena” de mucho cuidado. En la primera ocasión que tuvieron, reunieron a los indígenas en la Iglesia y empezaron con las amenazas acostumbradas: que si Dios os castigará, que si bajará y demostrará su poder…, de forma que, al final estábamos otra vez como al principio: no había quien arreglara aquello.&lt;br /&gt;Transcurrido dos días desde el triste acontecimiento, y armado con toda la paciencia que Dios supo enviarme, retomé la iniciativa y nuevamente intenté convencer al consejo para que asistiera a la Iglesia, soportando a la vez, las continuas impertinencias del Padre Jesús, por entrometerse en “sus” asuntos.&lt;br /&gt;Al término del plazo, de tres semanas, sin haber recibido noticias alguna de la expedición de González Ledesma y empezar a preocuparnos por ello, vimos aparecer, una pequeña balsa, a un grupo de cinco hombres enviados por Ledesma, para avisarnos de que encontrándose todos bien, se tomaba la libertad de continuar con la misión dos semanas más de lo previsto, tras la cuales, si según con ánimos, enviarían varios hombres más y continuarían otras dos más, al cabo de las después regresaría. Esto me alegró doblemente, por un lado era señal que todo marchaba perfectamente y por otro, demostraba el infinito valor y arrojo que tenían mis hombres. Desde luego, eran dignos infantes de la Corona.&lt;br /&gt;Estos hombre nos explicaron que, en realidad, no habían visto nada, pero que casi podían afirmar por los restos, tanto de hombres, como de armas que habían recogido en el río, que los indígenas que nos habían atacado anteriormente, no eran los de nuestro poblado, el no de éste que andaba buscando. Ello explicaría muchas de las dudas que teníamos sobre el tema, ya que me encajaba la fiereza con que nos atacaron a la docilidad de los nuestros.&lt;br /&gt;Continuaron relatándonos que el río cada vez se hacía más ancho y luminoso, luminosidad ésta que se explica por la cantidad de arena que arrastra y que el reflejarse los rayos solares sobre ella, hacían que tomara aquella bella luminosidad. El resto de la información de la que eran portadores, no era de importancia, por lo que, tras despedirme, me retiré a descansar, dejando allí a aquellos hombres contando una y mil anécdotas verídicas algunas, inventadas el resto.&lt;br /&gt;Una vez logrado el propósito de que los indígenas regresaran a la iglesia, decidí asistir para intentar mediar en lo posible y evitar posibles “trifulcas”, pero, nada los curas a lo suyo, volviendo a arremeter contra las creencias indígenas. Regañe seriamente con ellos, y les conminé a obedecer mis órdenes y en la forma de explicar las cosas. Cuando comenzaron a haberlo como habíamos pactado, las cosas empezaron a marchar más armónicamente, para satisfacción de todos.&lt;br /&gt;Transcurrido el plazo para el regreso de Ledesma o del envío, en su lugar, de otro grupo de hombres, nuevamente empezamos a preocuparnos por la suerte que hubiesen corrido, pero por fortuna llegaron los emisarios de Ledesma con más noticias, habían encontrado junto al río, los restos carbonizados de un pequeño poblado, en el que no quedaba rastro humano, lo que dejó de extrañarles a todo. A la vista de lo sucedido, el Capitán Ledesma desembarcó acompañado de veinticinco infantes, en busca alguna señal que le ayudara a explicar lo allí ocurrido. Pie a tierra, comenzaron a introducirse en el poblado con las armas preparadas; registraron todo, pero allí no quedaba nada ni nadie.&lt;br /&gt;Una vez registrado el poblado, se internaron en la selva perdiéndose de vista. Allí esperaron pacientes el regreso pero, no lo hicieron hasta el atardecer del día siguiente, cuando vimos salir de la selva, corriendo hacia nosotros, defendiéndose como podían, un grupo de nuestros hombres, en medio de la mayor masa de indios que jamás hubiese imaginado. Salimos en su ayuda lo más rápido que pudimos. Empleamos nuestros arcabuces y cañones, consiguiendo que los indígenas retrocedieran asustados por el ruido de nuestras armas, con lo que logramos el suficiente tiempo para que regresáramos todos a la balsa, hacernos allí fuertes y rechazar el siguiente ataque, muy corto éste por la eficacia de los cañones.&lt;br /&gt;Desde allí, partieron estos cinco hombres para contarnos lo ocurrido. Inmediatamente, partimos con cien hombres, cinco cañones y algunos caballos en su ayuda. Aquello, en cierta forma, fue un respiro; empezaba a estar cansado de los franciscanos y un poco de acción, me vendría bastante bien.&lt;br /&gt;De repente, vimos bajar por el centro del cauce, los cuerpos de varios hombres nuestros, totalmente descuartizados, con el lógico espanto para todos. Intentamos acelerar la marcha todo lo que pudimos. Según nos acercábamos, íbamos recogiendo más y más cadáveres aquello se ponía cada vez más oscuro y empezamos a tener lo peor.&lt;br /&gt;A medida que nos acercábamos, el nerviosismo se iba apoderando de nosotros, hasta que, justo frente a nosotros, vimos la barcaza de nuestros hombres; en ella no quedaba nada ni nadie, y desde luego, no había quedado en muy buenas condiciones. Abarloamos nuestras barcazas y desembarcamos en lo más de prisa que supimos. Atravesamos el pequeño poblado, buscando señales de nuestros hombres, pero, tampoco en él encontramos rastro de ellos. Con la misma cautela, empezamos a penetrar la selva, por la vereda que supusimos abierta por los nuestros. A medida que íbamos penetrando, la vegetación se iba haciendo cada vez más espesa y empezaba a recordarme los largos días de camino hacia el río.&lt;br /&gt;Pasado un buen rato, paramos para descansar un rato; mandé adelantarse a dos indígenas que había traído conmigo, para que echaran un vistazo y nos informaran. Mientras tanto, nosotros discutíamos sobre la suerte que pudiesen haber corrido nuestros compañeros; la principal preocupación por nuestra parte, era la cantidad de indígenas con los que se tendrían que haber enfrentado para tener tantas bajas, y lo peor, es que, no teníamos ni el menor rastro de ellos.&lt;br /&gt;A su regreso, los indígenas, nos indicaron que habían encontrado otro río, éste mucho más pequeño que el anterior, pero que no habían visto nada más por la zona. Así pues sin dudarlo, cambiamos de rumbo, esta vez hacia el Este. Más adelante nos encontramos otro río, lo que empezó a extrañarme: aquello era el mismo río, o por allí había muchísimos riachuelos, afluentes de otro mayor. Nuevamente cambiamos de rumbo, al Oeste&lt;br /&gt;Sólo tuvimos que dar unos pasos, par encontrarnos con la tragedia: en un descampado de forma circular, con una gran figura de piedra en el centro, estaban, amarrados a palos, decapitados y con la cabeza a los pies de sus respectivos cuerpos, empezando por el del mismísimo González Ledesma, atravesado por incontables flechas de diminuto tamaño. Aquello era la puerta del infierno, a lo más parecido a ella. No tenía explicación para nosotros, ¿cómo podía haber sucedido aquello?. En lo único que pesábamos era en enterrar a nuestros hombres y salir de allí lo más de prisa que pudiéramos. Una vez realizada la tarea de dar cristiana sepultura allí mismo a todos nuestros hombres, volvimos a nuestras barcazas; con toda la precaución del mundo, quemamos los restos de la otra y comenzar el regreso a nuestro poblado.&lt;br /&gt;Cuando por fin llegamos, aparentemente no había sucedido nada, pero el problema religioso había estallado en nuestra ausencia: el Padre Jesús, había vuelto a las andadas, y los indígenas, terminaron por negarse rotundamente a asistir a ninguna reunión con los sacerdotes. Quienes fuera de sí, incendiaron todas las imágenes indígenas. Gracias a que Rodrigo, si no, a estas alturas, hubiesen tenido sangre. Por este motivo, rogué por enésima vez, al padre Jesús que, de momento y hasta que yo dispusiera lo contrario, dejara en paz a los indígenas con sus creencias, dedicándose únicamente a los servicios religiosos de la tropa y de los indios que voluntariamente quisiera asistir a estos.&lt;br /&gt;Entre fallecidos de muerte natural y a manos de ataques indígenas, quedábamos en torno a los trescientos hombres, en teoría, suficientes para rechazar cualquier ataque por parte de esos fieros indígenas. De todos modos, empezamos a reforzar las defensas del poblado, mediante la ampliación de la empalizada y la construcción de torres de vigilancia, esperando que estas medidas fuesen suficientes.&lt;br /&gt;La mala experiencia sufrida por todos, nos había marcado profundamente y esto se dejaba notar en el ambiente. Ya no nos creíamos Dioses invencibles, sino simples hombres, que tendrían que agudizar el ingenio a partir de ahora, si queríamos tener garantías de supervivencia. Estábamos en la selva, y en ella, eran los indígenas los más habituados conocedores al medio, y para ejemplo, tuvimos a González Ledesma.&lt;br /&gt;Como en la mar, tras la tempestad siempre llega la calma: comenzó una temporada de tranquilidad para todos, los del clero, se habían “relajado” después del susto recibido y se dedicaban más a nuestros hombres que a los indígenas, mientras el resto nos dispusimos a la reconstrucción de las casas, la construcción del gran salón de juntas y del nuevo embarcadero, más grande éste que el anterior, para intentar utilizarlos en su día como primera puerta hacia el mar. Lo que intentábamos construir verdaderamente eran los primeros cimientos, para el futuro desarrollo del primer poblado en aquella zona.&lt;br /&gt;La reorganización cada vez me gustaba más; discutíamos todos en buena armonía, con el interés necesario. Se empezaban a poner en claro muchísimos de los temas delicados, como por ejemplo, el de la autoridad Real, aceptándola los indígenas sin demasiados problemas, aunque imaginaba, que en realidad les quedaba tan lejos, que les daba igual; tenían que obedecer y eso les bastaba. Esperaba con estos pequeños triunfos, que el clero comprendiera la verdadera y más eficaz forma de entenderse con los indígenas.&lt;br /&gt;Pero, no todo iba a transcurrir por el buen camino, empezó a ocurrir lo que, por otro lado, era lógico; algunos hombres, comenzaran a tener relaciones con mujeres indígenas, la Iglesia no admitía este tipo de prácticas extra matrimoniales y, mucho menos, cuando se mantenían con herejes. Este problema sí que era importante, porque los hombres llevaban bastante tiempo fuera de casa y les era muy difícil reprimir “ciertas necesidades”, cuando además se les ponía fácil. Así pues lo mejor era mirar hacia otro lado, dejando pasar el tiempo. Para mayor desgracia, los Franciscanos no lo entendieron así, aumentando la represión ¿Resultado? Empezaron a excomulgar a gente, negando los oficios a otros y amenazando al resto, los hombres empezaron a darle la espalda a los sacerdotes, y a formar las primeras familias mestizas, para horror de la Iglesia, Aquello, fue una hecatombe.&lt;br /&gt;En contra de mi voluntad, y acompañados por unos veinte hombres que voluntariamente decidieron acompañarlos, partieron del poblado todos los representantes del clero. Se llevaron dos de las balsas grande y comenzaron a dejarse llevar por la corriente del río, en el intento de llegar hasta el mar y una vez allí esperar el regreso del Capitán Cristóbal García de Ávila. Problema que me afectaba muy directamente y de bastante gravedad, las consecuencias que podrían acarrear estos acontecimientos a su llegada a España, y la deformada versión que darían los emisarios eran imprevisibles.&lt;br /&gt;Pero eso solamente lo confirmaría el tiempo ahora nos queda sin el amparo del clero, con la esperanza de que Dios sabría entendernos y no nos abandonaría, sino al contrario, nos enviaría su bendición y nos protegería bajo el manto de María Santísima.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8273081455983586363-8855828744154385467?l=elmorrion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmorrion.blogspot.com/feeds/8855828744154385467/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/v-los-problemas-religiosos.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/8855828744154385467'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/8855828744154385467'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/v-los-problemas-religiosos.html' title='V LOS PROBLEMAS RELIGIOSOS. LA PERDIDA DE GONZALEZ LEDESMA'/><author><name>Pedro Ignacio Altamirano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17642706570438990808</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_eLgEfuYb4U4/SggAM-shrYI/AAAAAAAAAIQ/jf4bvqMF1wM/S220/APOIII.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8273081455983586363.post-6872827403962448057</id><published>2009-04-20T13:43:00.000-07:00</published><updated>2009-04-20T13:44:04.436-07:00</updated><title type='text'>IV EL PUEBLO</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;IV  EL PUEBLO&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Avanzar cómodamente a caballo, levantó la moral a todos nos debe sensación de seguridad, fuerza y dominio de la situación. Lo que no nos quitaba, era el sofocante calor y la terrible humedad. Al cabo de un buen rato, por fin dimos con la continuación del río. Esto me despistó: creí que el poblado indígena, estaría al borde del lago, pero, al no encontrarlo, continuaríamos buscando río arriba, mientras su margen nos permitiera seguir con los caballos. Por allí anduvimos buscando y contemplando el cada vez, más impresionante paisaje, durante toda la jornada; pasamos la noche al descubierto y al alba, renaudamos la marcha.&lt;br /&gt;En un descanso junto al río y mientras comíamos, fuimos violentamente atacados desde las copas cercanas de los árboles. En un primer momento fuimos sorprendidos por su número y fiereza, retrocedimos hasta salir de su alcance, reorganizando y preparando el ataque. Al llegar de nuevo a la zona, ya no quedaba ni rastro de los indígenas, lo único que pudimos hacer fue recoger los cuerpos sin vida de los hombres abatidos por las flechas de los indígenas y darles cristiana sepultura acto que fue oficiado por el padre Jesús.&lt;br /&gt;Este ataque nos desconcertó, a la vez que podría ser señal de la proximidad del poblado que andábamos buscando. En prevención de nuevos ataques, destaqué a unos quince hombres por delante de nosotros, a una distancia de doscientos o trescientos metros, para que actuaran como cebos. Esta distancia era la justa para que no viesen llegar al grueso de la expedición, pero cercana, para llegar rápidamente en su ayuda.&lt;br /&gt;Poco después de adelantarse, regresó uno corriendo, para avisarnos que de entre unos árboles, salía una columna de humo; llegamos de inmediato. Comprendí que estos indígenas, eran valientes, aunque muy inocentes – militarmente hablando- ya que tomaban todas las medidas que suponen un ataque y ninguna para su defensa.&lt;br /&gt;Las opciones eran fáciles: atacábamos o intentábamos entablar dialogo con ellos. Pensamos que, con la demostraciones de fuerza que les habíamos ofrecido, lo mejor sería intentar dialogar con ellos.&lt;br /&gt;Envié el campamento por el resto de los hombres, quienes llegaron de inmediato. El poblado estaba situado a mayor distancia de la que en un principio creíamos. El río giraba unas pocas millas adelante, y el humo que creíamos tan cercano, resultó estar mucho más lejos. No importó, continuamos avanzando de forma sigilosa hasta estar lo bastante cerca del poblado como para preparar el ataque.&lt;br /&gt;Entramos diez hombre a caballo, con la armadura puesta tanto jinetes como caballos. Los indígenas, al vernos, no salían de su asombro, estaban inmovilizados, como si estuvieran presenciando un espejismo. De repente, un grupo de ellos intentó atacarnos, en ese mismo instante, fueron abatidos por una salva de los arcabuceros, que nos seguían, rodeando todo el poblado.&lt;br /&gt;Aquello provocó la desbandada general de los indígenas. Nunca habían visto ni oído nada igual, algunos se escondieron en sus chozas, mientras que otros intentaban huir hacia el bosque, encontrando la muerte en él, a manos de alguno de los hombres allí apostados. Has que todo aquello se tranquilizó, transcurrieron unos minutos interminables al cabo de los cuales se podía ver un espectáculo desolador: una vez que conseguidos agrupar los cadáveres, contamos cincuenta, entre los que había mujeres y niños. ¡horrible!. Los infelices indígenas, quedaron apaciguados de momento, ante aquel desastre.&lt;br /&gt;En cuanto pudimos poner un poco de orden y “garantizar” la seguridad y comunicación con los indígenas, pudimos dedicarnos un poco al estudio de las costumbres de estas gentes. El poblado resultó ser mucho más grande de lo que imaginamos, estaba extrañamente distribuido. Contaba con grandes patios, rodeados por unas techumbres construidas con hojas frescas que diariamente ponían sobre las secas, en cada círculo de estos, vivían seis o siete familias, repartiéndose el trabajo entre todas ellas, por igual. Todo el poblado estaba regido por un consejo de ancianos, que se encargaba de todo lo referente a la organización del poblado, en los aspectos económicos, sociales, jurídicos, cualquier problema del tipo que fuese se resolvía dentro del consejo, con la presencia de todos los indígenas que querían estar presentes y opinar, aunque la decisión final era solamente responsabilidad del consejo.&lt;br /&gt;Otra faceta muy curiosa es el cuidado que tenían con la naturaleza: intentaban integrarse, como un elemento más de ella. Tenían mucho cuidado en no dañar nada de lo que les rodeaba, creían que tanto ellos como el resto de la naturaleza, formaban un solo ser, dependiendo muy directamente unos de otros. De igual modo, la caza y la pesca eran ritos casi sagrados, no cazando ni pescando nunca, más de lo que necesitaban para sobrevivir. La carne la cocían muy poco y el pescado, por lo general, lo comían crudo, o salado, cuando tenían que salir del poblado durante un periodo largo del tiempo.&lt;br /&gt;Lo que más poderosamente llamó mi atención fueron sus pinturas en el cuerpo: eran distintas según cada situación. Siempre respetaban una orden en sus formas, como muestra de la jerarquía familiar. Los más jóvenes, tenían una sola franja de color que cruzaba el abdomen, desde hombro derecho hasta el muslo izquierdo; los padres de estos, llevaban pintadas dos franjas en el mismo sitio y los abuelos tres, mientras que los componentes del consejo, se pintaban otra más gruesa desde hombro izquierdo, hasta el muslo derecho, cruzándose las otras tres.&lt;br /&gt;Las mujeres respetaban la misma jerarquía, la única diferencia consistía en la posición de estas franjas; mientras los hombre las llevaban cruzando el abdomen, en las mujeres se disponían verticalmente y el no poder pertenecer las mujeres al consejo, ninguna llevaba la raya trazada al contrario de las otras.&lt;br /&gt;El que no pudiesen pertenecer al consejo, no significaba que no pudieran opinar en él, al contrario, su opinión era la más respetada, porque, el desarrollar la mayor parte del trabajo en el poblado, eran quienes más directamente padecían los problemas; sus opiniones por tanto eran muy útiles para el consejo.&lt;br /&gt;Ellas eran las encaradas de la alimentación y educación de los niños. De mantener los techos de las chozas con hojas frescas, pescar, y lo más curioso, se dedicaban magistralmente a la talla de la madera, una vez talladas, las decoraban con vivos colores que obtenían mediante la mezcla de unas piedras trituradas, que traían de no se donde, y que con el agua que se convertía en una pasta bastante viscosas. Una vez pintadas, las metían en unos hornos, de los que salían con un colorido muy brillante, resultado de la cocción. Hecho este interesante pues no imaginábamos donde había aprendido esa técnica de cocción en hornos.&lt;br /&gt;Los hombres se dedicaban a la caza y de la defensa del poblado. El primer problema que tuvimos con ellos fue, como no en el campo Religioso. Ellos creían en la existencia de un solo Dios, creador de toda la naturaleza y de ellos como cuidadores de esta. Esto chocaba de forma frontal con la religión Católica, que predica todo lo contrario, pero sobre este tema, más adelante narraré los escabrosos acontecimientos que sucedieron.&lt;br /&gt;De sus planteamientos militares y armas, mejor no comentar nada, al ser estos primitivos, básicos e inocentes… ¡ah!, y todo esto, contando con que según ellos, eran uno de los poblados más respetados de la zona. De hecho tendría que serlo, por la magnitud del pueblo y su grado de organización social, que indicaba de forma clara, que estaban allí establecidos desde hace mucho tiempo. ¡si estos eran los más fieros, habría que ver a los demás!.&lt;br /&gt;Una vez enterrados los muertos, según sus costumbres, le pedimos al jefe del consejo que, desde ese momento, estuviesen a nuestra disposición, fuesen obedientes y no intentaran atacarnos obra vez, que éramos – o queríamos ser- sus amigos, ayudando en su desarrollo. Respondiendo con muestras de sumisión, forzada por la realidad patente de nuestra superioridad. Ordené ir por el resto del campamento, que aún estaba en el lago, partieron cinco hombres a caballo, mientras regresaban, me dediqué a buscar algún lugar donde instalar el nuevo campamento.&lt;br /&gt;A unos cincuenta metros del poblado, encontré junto al río una explanada que se adecuaba bastante a nuestras necesidades, estaríamos junto al poblado, pero a una prudencial distancia como para dejarlos tranquilos con sus costumbres, por ahora. la otra gran ventaja que ofrecía, era su proximidad al río, permitiéndonos una rápida salida.&lt;br /&gt;El padre Jesús pronto empezó a quedar cristianizar a los indígenas, con los roces, que esto conllevó. Me reuní con él y le recomendé tener paciencia en este tema, por las complicaciones que no podían acarrear, ya tendría tiempo para cristianizar. No creía oportuno forzar la situación con los indignes, después de la entrada que tuvimos. Sería mejor dejarlos durante una temporada y, cuando hubiesen cogido confianza con nosotros, empezar a trabajar con ellos. El padre Jesús aceptó no de muy buena gana.&lt;br /&gt;A medida que transcurría el tiempo, los indígenas se habrían más. Poco a poco iban tomando la confianza necesaria para empezar a conocernos, cada vez no entendían mejor, su facilidad para aprender el castellano, contrataba con las dificultades que teníamos para construir una sola frase en su lengua. Como con el idioma, ocurría con casi todo: eran capaces de asimilar cualquier cosa rápidamente, lo que nos facilitaba bastante las cosas.&lt;br /&gt;Cuando empecé a notar que ganábamos su confianza, propuse al Consejo empezar a entrelazar nuestro pueblos, a lo que accedieron sin poner objeción alguna. Como primer paso, acordados que un oficial nuestro, formara parte permanente del consejo, y a cambio, que el Jefe indígena, podría asistir a nuestras reuniones, y así empezar a construir cosas en común. En la primera a la que asistieron, fue en la que decidimos empezar la construcción de las cabañas de madera para nosotros, ya que estábamos cansados de vivir en las tiendas. Y ese fue el primer problema.&lt;br /&gt;Para construir las casas, necesitábamos madera y para conseguirla árboles. Teníamos que cortar árboles y eso era totalmente contrario a sus creencias. Ellos sólo podían cortar pequeñas ramas, para la confección de las imágenes, pero, casualmente, descubrimos que su responsabilidad con la naturaleza terminaba justo en su margen del río, por lo que si cortábamos árboles del otro lado, no infringíamos sus leyes. De esa forma pudimos resolver el problema y sernos con la madera suficiente para la construcción de nuestras nuevas viviendas, aunque, con un poco más de esfuerzo del previsto.&lt;br /&gt;La mía era la más grande, en la que, aparte de mis aposentos – construidos en la parte superior- había una sala de juntas, otra más grande para las recepciones y otras para los oficiales, de esa forma, lo tendría todo a mano. Las casas de los oficiales eran de cuatro habitaciones individuales, con un salón común; mientras que la tropa habitaba en casas con dos ambientes, uno para el dormitorio común y otro para comedor.&lt;br /&gt;Las casas estaban construidas sobre soportes de madera, elevando aproximadamente en medio metro el nivel del suelo, con lo que lograríamos aislarnos un poco de la humedad. A medida que íbamos habitando las cabañas, el interés por ellas era cada vez mayor entre los indígenas. Les propusimos construir una los suficientemente grande cómo para acoger al consejo, idea esta jubilosamente recibida por su parte.&lt;br /&gt;Una vez terminada la casa del consejo, fuimos invitados a participar en la primera reunión que allí celebraban, y la verdad, fue muy interesante comprobar lo distintos que eran los cánones con los que medían las cosas. Cánones que intentábamos respetar, por distintos que fueran, pero que terminaron por enrarecer las reuniones, tanto que opté por aconsejar al Padre Jesús, no asistir al consejo y evita de esa forma males mayores.&lt;br /&gt;Los Padres querían integrarlos religiosamente de una forma rápida y a toda costa, poniendo inconvenientes a todas las decisiones y juicios del consejo. No permitían bajo ningún concepto, la negación de la existencia de nuestro Señor Jesucristo, como creador de todas las cosas. Mientras yo intentaba que esta integración fuese lo menos problemática posible.&lt;br /&gt;Este problema era cada vez mayor: los franciscanos se veían cada vez con menos “poder” dentro de la organización del poblado y esto les irritaba cada vez más, hasta el punto de amenazar con la excomunión y eso que asistíamos estoicamente a todas las misas, aguantando todas sus disertaciones y charlas, cada vez más corrosivas.&lt;br /&gt;Para apaciguar un poco la tensión existente, les autoricé la construcción de una Iglesia, parecían estar construyendo una Catedral, y nada de madera, nos hicieron ir por piedras, hasta cerca del lago utilizando las barcazas. Lo daba todo por bueno con tal que se entretuvieran con algo y nos dejaran trabajar tranquilos.&lt;br /&gt;¡Ingenuo de mí!, aquello no fue sino el comienzo de los verdaderos problemas: terminada la Iglesia –claro está- había que llenarlas, y ese era la cuestión, quería llenarla a fuerza de amenazas y otras “historias” extrañas. De esa forma era imposible.&lt;br /&gt;Al poblado le faltaba de todo, terminadas las casas, empezamos con las infraestructura, construyendo en primer lugar la canalización del desagüe, mediante unos canales que, saliendo de cada cabaña, llegaba al cauce del río a través de canales el suelo. Un embalse en el centro del poblado, que comunicado con el río, mediante dos canales, lo suficientemente amplios como para garantizar la continúa regeneración del agua embalsada, servía para tener cerca el agua y ahorrar los continuos desplazamientos al río.&lt;br /&gt;Otra gran obra fue la construcción de una empalizada que rodeaba todo el poblado, en prevención de posible ataque de otras tribus indígenas enemigas, cosa poco probable pero conseguimos estar más tranquilo. Al final de todo este frenético ajetreo, nos encontramos con dos poblados. Totalmente definidos, por un lado el español limpio, organizado y “moderno”, por otra parte el de los indígenas, que continuaban con su estructura original. Intentábamos de esa forma que poco a poco fuesen acogiendo aquellas “novedades” que pensaran que les serían útiles, pero pasaba el tiempo sin que “acogiesen” ninguna pronto, sabríamos por que.&lt;br /&gt;Una mañana me despertaron con urgencia por el cauce del río, bajaban cuerpos sin vida de indígenas; esos cuerpos estaban atravesados por fechas totalmente diferentes a todas las vistas hasta ahora. Pregunte a los ancianos si reconocían aquellas fechas, contestándome con una negativa. Tendrían que ser indudablemente, de algún poblado situado río arriba, bastante más arriba, porque los ancianos, tampoco lograron identificar a qué tribu podrían pertenecer. A mi, ya me había intrigado lo suficiente como para pensar en la organización de una expedición, que intentar localizar dicho pueblo.&lt;br /&gt;Mientras tanto, la época de las lluvias había comenzado con una intensidad inusitadas; el agua volvió a inundarlo todo. Menos mal que construimos las casas tomando la necesaria precaución de elevarlas del suelo, que si no, habríamos salido todos nadando río abajo. Las canalizaciones pronto se vieron desbordadas, por la torrencial afluencia de agua, demostrando con ello su ineficaz resultado con este tipo de lluvia.&lt;br /&gt;Así comprendí el por que de la construcciones indígenas, ellos construían sus chozas circulares rodeando un patio central y a su vez, todo el conjunto lo elevaban levemente del suelo, el resultado era fantástico el agua resbalaba bordeando el conjunto circular, recorriendo sin problemas los canales naturales que quedaban entre choza y choza de esa forma, era prácticamente imposible que se anegasen. Para nuestra desgracia, cuando todo esa agua terminaba de recorrer el poblado indígena, se precipitaba sobre el nuestro, complicando aún más nuestra situación; el agua pasaba bajo nuestras casas, con tal fuerza, que llegamos a temer por su estabilidad.&lt;br /&gt;Aquello suponía un desastre para nosotros, nos mantenía inmóviles en nuestras cabañas, y lo peor estaba por llegar. al cabo del tiempo de llover sin parar, empezó a pudrirse la madera del techo, goteras, humedades… ¡otra vez con el agua por todos lados!. Mientras tanto, los indígenas, secos en sus chozas, cubiertas con las hojas frescas entrelazadas.&lt;br /&gt;Lo primero que hicimos cuando pudimos, fue imitar en lo posible sus construcciones, trasladando nuestras casas a lugares más elevados, construyéndolas de forma que permitieran desalojar el agua fácilmente, y por supuesto, los techos con los mismos materiales que los indios, siguiendo sus instrucciones.&lt;br /&gt;Como resultado, un poblado de la más extravagante, tenía un poco de todo y, por supuesto, los sacerdotes, también se vieron obligados a construir una iglesia más “natural”, ayudados de los sabios consejos de los constructores indígenas.&lt;br /&gt;La gran lección aprendida de los indios, era que no nos podíamos enfrenar con la naturaleza de forma tan directa, sino que teníamos que intentar fundirnos con ella, utilizando sus recursos, que para eso estaban allí. Pensaba si –quizás- no terminaríamos todos paseándonos desnudos por allí, siguiendo las enseñanzas indígenas. Tan solo el tiempo no lo diría.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8273081455983586363-6872827403962448057?l=elmorrion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmorrion.blogspot.com/feeds/6872827403962448057/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/iv-el-pueblo.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/6872827403962448057'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/6872827403962448057'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/iv-el-pueblo.html' title='IV EL PUEBLO'/><author><name>Pedro Ignacio Altamirano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17642706570438990808</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_eLgEfuYb4U4/SggAM-shrYI/AAAAAAAAAIQ/jf4bvqMF1wM/S220/APOIII.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8273081455983586363.post-1118867460120580429</id><published>2009-04-20T13:41:00.000-07:00</published><updated>2009-04-20T13:42:01.204-07:00</updated><title type='text'>III RIO ARRIBA</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;III RIO ARRIBA &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegamos al río, lo primero que me impresionó fue su magnitud: ¡era enorme!. Más que un río, parecía un lago, el otro lado se veía lejano. Su color, gris plata muy intenso, tanto que era imposible ver algo en su interior: parecía opaco. Su movimiento era tan inapreciable que era difícil adivinar el sentido de la corriente.&lt;br /&gt;La primera decisión fue subir por el río, aprovechando su bondad. De esa forma nuestro avance sería muchísimo más rápido, aunque algunos opinaron que sería más cómodo aprovechar la corriente del río y dejarnos arrastrar por ella el máximo tiempo posible, ya que su desembocadura estaría bastante lejos de allí, pero esa opción nos llevaría de nuevo al mar.&lt;br /&gt;Empezamos la construcción de barcazas lo suficientemente grandes, como para que en cada una cupieran cincuenta hombres, unos diez caballos y algunos cañones. Las balsas irían protegidas por un parapeto de madera, en previsión de algún hipotético ataque desde la orilla, por muy distante que ésta estuviese del centro del lecho, por donde navegaríamos, con la intención de mantenernos siempre, lo más alejados posible de ella.&lt;br /&gt;Las balsas iban unidad mediante dos cabos por banda; uno servía para mantener a la distancia correcta, tanto a la barcaza que precede como a la que sigue, al estar este cabo fijado a ambos costados de la barcaza, y el otro cabo, fijado a la primera y última barcaza, deslizándose entre ellas, a través de pasadores. Este segundo cabo, servía para que por él se desplazaran pequeñas barcas, encargadas de enlazar las barcazas.&lt;br /&gt;El gran problema que nos planteaban las barcazas era cómo desplazarlas contra corriente y para resolverlo, ideamos dos métodos; el primero y cuando el terreno nos lo permitiese, seria utilizar los caballos como remolques, mediante cuerdas, que unirían con la barcazas. Este método sería el más rápido, pero a la vez, el más peligroso por quedar al descubierto, en caso de ataque, hombres y caballos. El segundo método, consistía en empujar las barcazas mediante la utilización de largas pértigas; este método era mucho más lento que el primero, pero a su vez, resultaba más seguro.&lt;br /&gt;Con este sistema, las barcazas se impulsaban de forma autónoma, intentando mantener la distancia para no forzar las cuerdas de unión, y todo este trabajo, sin saber hasta cuando podríamos utilizar el río para desplazarnos. En cualquier momento la corriente podría aumentar, hasta hacernos imposible continuar por él. Pero, si estaba en lo cierto, después de lo visto desde lo alto del monte, donde se observaba la enorme distancia que recorría el río de forma pacífica, podríamos avanzar un largo trecho de camino sin mayores complicaciones. Eso esperábamos todos, porque, la idea de volver a cortar ramas y soportar humedades, no nos gustaba a ninguno, y menos a mí, que estaba bastante cansado. Cuando zarpamos río arriba, el Padre Jesús, nos “regaló” una larga y pesada misa, rogando por nosotros; misa que soportamos con resignación, previendo males mayores, ¡Cualquiera hubiese aguantado al padres…!&lt;br /&gt;Yo me acomodé en la segunda barcaza, me habían construido una caseta, con tal esmero, que no faltaba detalle en ella: sillas, mesas y un camastro “confortable”. Sorprendente, por el poco tiempo que tardaron en hacerlo.&lt;br /&gt;El día era bueno, el cielo estaba despejado y como siempre hacía bastante calor. Los animales empezaron a tirar de las balsas; les costó empezar a arrastrarlas, pero, una vez en movimiento, el trabajo resultaba bastante más fácil.&lt;br /&gt;El primer día de navegación fluvial, transcurrió en el más profundo aburrimiento. Al llegar la noche, recogíamos los cabellos y amarrábamos los cabos a los árboles más grandes que encontramos, para evitar ser arrastrados por el río. Reuní a los oficiales en mi barcaza para cenar, mientras comentábamos las incidencias de la primera jornada y organizábamos la siguiente.&lt;br /&gt;Señor, creo que sería bueno que algunos hombres se dedicaran a pescar, para comer pescado fresco de vez en cuando, me comentó Juan el cocinero.&lt;br /&gt;¿Por qué no?, pero… tened cuidado con las especies que apreséis por si no fueran comestibles. Por cierto, Juan de víveres, ¿Cómo andamos?.&lt;br /&gt;¡Bien!. Tenemos de todo en buena cantidad: además, los hombres suelen comer bastante fruta fresca, con el consiguiente ahorro, muy bueno.&lt;br /&gt;Ya lo sé, la he probado.&lt;br /&gt;Terminada la reunión, nos retiramos a descansar. Al tercer día de navegación fluvial, sobre el mediodía, me avisaron de un posible avistamiento en la orilla derecha, sin haber podido apreciar que era. Sin darle demasiada importancia, nos pusimos en alerta, por si acaso.&lt;br /&gt;Más tarde o más temprano, estos indígenas tendrían que dar señales de vida. Así, a la mañana siguiente, vimos aparecer a bastante distancia, cinco canoas, ocupadas con siete u ocho hombres cada una, que se mantenían siempre a la misma distancia. Al intentar acercarnos, ellos aceleraban su ritmo y desaparecían durante un buen trecho del río.&lt;br /&gt;Como era imposible acercarnos a ellos, decidimos continuar a nuestro aire y esperar que fuesen ellos quienes tomaran la iniciativa. Ya se acercarían cuando quisieran. Por otro lado, este tema me tenía particularmente preocupado; pasaban los días sin que nada cambiara. Empezaba a sospechar que nos estaban preparando alguna “Fechoría”.&lt;br /&gt;No tardamos mucho en confirmar nuestro temor: dos días después comprobamos que los indígenas habían desaparecido. Este hecho terminó poniendo nerviosos a todos; recogimos a los hombres y caballos de tierra, y continuamos río arriba empujando las barcazas con las pértigas preparadas para ello. En previsión de sorpresas, dispusimos las armas, parapetamos los costados de las barcazas y orientamos los cañones hacia los puntos que creímos más estratégicos, permaneciendo en espera de acontecimientos.&lt;br /&gt;Transcurrieron varias horas sin que diesen la mínima señal, para desesperación de los hombres. Ordené disparar varias salvas de advertencia, antes de bajar la guardia, con la intención de mantener a raya a los posibles atacantes. El estruendo de los cañonazos, retumbó en toda la selva, los impactos sobre los árboles, hicieron caer varios sobre el lecho del río, agitando el agua, con tal fuerza que movieron las balsas hasta romper alguna que otra cuerda. La primera experiencia fue negativa: tendríamos que tener muchísimo cuidado con el uso de los cañones, utilizándolos solo cuando fuese imprescindible.&lt;br /&gt;Volvimos a enviar hombres y caballos a tierra - no podíamos estar permanentemente en tensión -; empezando a tirar de nosotros, aunque, cada vez, con mayor dificultad, por la pequeña franja que quedaba entre los árboles y la orilla del río. Al caer la tarde nos reunimos para comentar las incidencias; estábamos fracasando estrepitosamente, nosotros teníamos la fuerza y sin embargo, estábamos escondidos y temerosos de los indígenas; teníamos que retomar la iniciativa. Deberíamos atraer su curiosidad, para hacerles acercase a nosotros, sin demasiado peligro para ninguno, pero, tendríamos que pensar como lograrlo, y en eso empleamos la tarde hasta que la noche se nos hecho encima.&lt;br /&gt;Pensamos en principio, que bastaría con un poco de fuego de artificio con unas cuantas bengalas traídas desde la china por comerciantes venecianos, pero decidimos que era una lástima utilizarlas para esto, dejándolas para una verdadera urgencia. Otra forma de intentarlo sería mediante la utilización de espejos. Si formábamos algunos ángulos, de modo que el sol se reflejara sin ellos, y con el movimiento de las barcazas, lograríamos producir unos haces de color sobre los árboles, idea ésta que desechamos, por considerarla de dudoso resultado, comparado con el trabajo que conllevaría montar el sistema de espejos.&lt;br /&gt;Al final, decidimos no hacer nada, esperaríamos a que aparecieran de nuevo; ya resolveríamos el problema cuando surgiera. No sé cuándo tiempo transcurrió, hasta que aparecieron de nuevo. Un par de canoas se vieron a lo lejos, como siempre, a distancia suficiente para su seguridad. En una de las pequeñas balsas de las que utilizábamos para comunicarnos entre las barcazas mayores, partieron un grupo de hombres totalmente desarmados, llevaban con ellos todo tipo de curiosidades (espejos, cuchillos, telas, cuentas)&lt;br /&gt;Esta vez, - no sé cómo -, lograron situarse a su lado, empezaron a dialogar con ellos, y poco después observamos cómo se pasaban a las canoas de los indígenas tres de los cuatro hombres, para a continuación, desaparecer con ellos río arriba, seguidos del cuarto hombre, ayudado por otros dos indígenas que se habían pasado a la barcaza.&lt;br /&gt;Este hecho, nos dejó a todos paralizados, sin saber cómo reaccionar. Allí esperaríamos durante todo el día. Si a la siguiente mañana no teníamos noticias de ellos, partiríamos en su búsqueda, todos los hombres tenían instrucciones para estos casos, debiendo dejar señales para su fácil seguimiento y, sería lógico que estos hombres cumplieran sus órdenes al pie de la letra, sin embargo esto estaba por ver; solamente nos quedaba esperar a que amaneciera para ver qué ocurría.&lt;br /&gt;Tardaríamos poco en salir de dudas, como temíamos. No volvieron y tuvimos que salir en su búsqueda. Esta vez partió una barcaza grande con cincuenta hombres a bordo, bien armados, por lo que pudiese ocurrir, y conmigo al frente. Avanzábamos muy lentamente, buscando alguna seña de ellos, sin resultado alguno hasta que vimos llegar flotando el casco de unos de los hombres. Esto nos alarmó, aunque pensamos que se le podría haber caído, intentando restar importancia al hecho. Más tarde se confirmaría la sospecha: el cuerpo sin vida de uno de los hombres, bajaba flotando río abajo. Estaba lleno de golpes, señal inequívoca de haber sido torturado, lo que aumentó nuestro temor y desconcierto.&lt;br /&gt;De inmediato, tomamos las medias de seguridad oportunas, que consistían en permanecer parapetados, con las armas siempre a mano y los cañones dispuesto para abrir fuego en cualquier momento. La búsqueda del resto de los hombres, se tornó triste y tensa, pendientes de cualquier movimiento extraño. Tanto fue así que la caída de la rama de un árbol, ocasionó que la mayoría de los hombres abriesen fuego sin mi permiso; y por disparar, hasta los cañones dispararon. Aquello fue un caso de histeria colectiva e intenté aprovechar la ocasión para arengar a los hombres y “meterlos en cintura”.&lt;br /&gt;No teníamos que estar tan nerviosos, ya que éramos superiores, nuestro peor enemigo eran precisamente nuestros temores e indirectamente, los indígenas estaban aprovechando extraordinariamente bien el desbarajuste.&lt;br /&gt;El paisaje – como siempre – era impresionante, había lugares en que aunque la anchura del río era grande y las orillas amplias como las copas de los árboles se entrelazaban entre sí, consiguiendo un efecto increíbles nos parecía ir navegando por un túnel vegetal.&lt;br /&gt;Lo que más me preocupaba, por los daños que nos podrían ocasionar, era la posibilidad de una emboscada desde los árboles. Esa mañana, en previsión de lo que pudiese pasar, me puse la armadura nueva que me regaló mi padre antes de partir. Era muy bonita, dorada y con repujados en plata, y para colmo, bastante cómoda; se sujetaba mediante un revolucionario sistema de correas, que hacía muy fácil. El complejo proceso de quitar y ponerse la armadura, comparado con el de las clásicas era preferible dormir con ella, a quitársela.&lt;br /&gt;De nuevo aparecieron en el horizonte dos canoas repletas de indígenas, con la misma actitud que las anteriores. Esta vez envié una barcaza con hombres armados con arcabuces y ballestas, ellos no se movieron creyendo que nuevamente caeríamos en la trampa. Al llegar a su altura, abrieron fuego librándose sólo uno de los indígenas para que regresar a su poblado y contara cuáles eran nuestras propuestas de negociación, si volvía a ocurrir lo del hombre que recogimos del agua, aún a riesgo de perder a los otros que tenían en su poder, en caso de seguir con vida.&lt;br /&gt;El río, de repente, empezó a agrandarse y amansarse aún más, obligándonos a recoger los caballos e impulsarnos con las pértigas. Nos adentramos en lo que parecía un lago de grandes proporciones, tanto que no se distinguían sus límites, teníamos la impresión de estar navegando en mar abierto.&lt;br /&gt;Nos propusimos continuar por él, hasta llegar al otro lado para una vez allí, empezar con la búsqueda del poblado indígena. Transcurridos dos días, llegamos por fin a la orilla opuesta, la extensión del terreno existente entre el margen y el comienzo de la selva, era exageradamente grande, atracamos allí las barcazas y montamos un pequeño campamento en tierra.&lt;br /&gt;Al amanecer, nos dispusimos a bordear el lago en busca de la continuación del río y de señales que nos pudieran indicar la localización exacta del poblado. Esta vez – para regocijo de todos - , marchábamos a caballo, para aprovechar las ventajas de estos en caso de producirse un ataque.&lt;br /&gt;En total, partimos cincuenta hombres, llevando con nosotros la mayor cantidad posible de armamento y víveres, al no saber el tiempo en que emplearíamos en esta misión. El resto quedó acampado junto a las balsas en espera de nuestro regreso.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8273081455983586363-1118867460120580429?l=elmorrion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmorrion.blogspot.com/feeds/1118867460120580429/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/iii-rio-arriba.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/1118867460120580429'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/1118867460120580429'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/iii-rio-arriba.html' title='III RIO ARRIBA'/><author><name>Pedro Ignacio Altamirano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17642706570438990808</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_eLgEfuYb4U4/SggAM-shrYI/AAAAAAAAAIQ/jf4bvqMF1wM/S220/APOIII.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8273081455983586363.post-7252889996966609488</id><published>2009-04-20T13:38:00.000-07:00</published><updated>2009-04-20T13:39:26.185-07:00</updated><title type='text'>II HACIA EL RIO</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;II  HACIA EL RIO&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Iniciamos la marcha con buen ánimo; lo único en contra, la lluvia, que no había cesado desde el día que llegamos, y esto aunque poco a poco nos íbamos acostumbrando, resultaba molesto. La humedad y la sensación de andar permanentemente sobre una capa de agua, que , algunos sitios nos llegaba a los tobillos, además de incómodo, resultaba un verdadero problema para nuestra, ya de por sí, lenta marcha.&lt;br /&gt;El espectáculo era realmente impresionante: los trescientos cincuenta hombres, marchaban en fila de a uno, configurando una larga serpiente metálica. En cabeza marchaban cinco infantes con grandes machetes abriendo camino por la senda que previamente había abierto la expedición de González Ledesma. A continuación, avanzaba acompañado de algunos de los capitanes con los discutía sobre los posibles problemas con los que nos podríamos encontrar y el cómo resolverlos.&lt;br /&gt;- Sr. Como siga lloviendo, vamos a tener que llamar a las naos para que nos lleven -, me comentó el oficial de logística Luis de Uría&lt;a class="sdendnoteanc" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8273081455983586363#sdendnote1sym" name="sdendnote1anc"&gt;&lt;span style="font-size:78%;"&gt;1&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-size:78%;"&gt;1&lt;/span&gt;, a lo que le respondí que no se preocupara que, en todo caso, le pondríamos flotadores a los caballos. Así pasamos toda esa primera y agotadora jornada, entre comentarios y anécdotas de todo tipo. cosa que, por otro lado, se agradecía. De ese modo, el tiempo transcurría de forma más rápida y ayudaba a mantener alta la moral y constante el ritmo de la marcha.&lt;br /&gt;Al llegar la noche, nos detuvimos en el lugar más seco que pudimos encontrar, un montículo donde el agua no llegaba a acumularse, pero que corría de forma torrencial con el consiguiente peligro que esto suponía para montar las tiendas. Así pués, decidimos acostarnos sobre hamacas amarradas en los árboles y dejar los enseres cargados en los animales. En aquellas circunstancias…, no se podía hacer más.&lt;br /&gt;Por fortuna, había traído desde mi casa la hamaca que en su día me confeccionara un lugareño en su cortijo de tierras extremeñas, lo que ayudado por el toldo con el que me tapé, me libró casi por completo de la intensa lluvia que caía sin cesar.&lt;br /&gt;Por la mañana, me desperté con el ruido de los infantes que empezaba a recoger para reprender la marcha, bajo la incesante caída del agua a la que ya nos habíamos acostumbrado a soportar, y que terminaríamos por agradecer ya que nos ayudaba a soportar el sofocante calor.&lt;br /&gt;La lluvia era muy fina, formando en su caída una película a través del arbolado que más que agua, parecía niebla. La luz nos llegaba bastante debilitada, después de atravesar las copas de los altísimos árboles, que lo dominaban todo. Cuando la casualidad lo quería, un haz de luz limpio e intenso, coincidía en su caída con alguna flor llena de colorido, resultando de una extraordinaria belleza, y el ruido de fondo predominante era el del agua al caer desde las copas de los árboles, deslizándose través de las plantas, hasta el chasquido final al llegar suelo mojado.&lt;br /&gt;Todo esto, resaltaba el espectáculo que desarrollaba ante nosotros lo me hacía sentir a veces como un vulgar violador, por el estado virginal en que se encontraba la zona, pero para eso había llegado hasta aquí, precisamente para eso “desvirgar la zona” Para nuestra Corona. Alguien tenía que hacerlo, y me toco a mí.&lt;br /&gt;Caminamos sin descanso durante todo el día. Solo se hizo un breve alto para comer y a continuación reanudar la marcha hasta que se nos hecho la noche y montar el campamento. Así, día a día, hasta que por fin, nos encontramos el pie de la montaña tras la que estaba el río visto por González Ladesma y sus hombres. La verdad, ya teníamos ganas de llegar, porque, por lo menos, nuestros pies saldrían del agua durante algún tiempo, mientras subíamos el monte.&lt;br /&gt;Lo más difícil, iba a ser subir la artillería por esas cuestas tan empinadas, pero, como siempre, nos salvó el ingenio, uno de nuestros jóvenes infantes que invento un extraño artilugio, gracias al cual lo conseguimos sin grandes dificultades. Una vez coronada la montaña, pudimos observar con asombro, la impresionante masa de vegetación verde. Al fondo se divisaba la mar, perdiéndose en el horizonte. Imaginé por un momento que tras aquella línea azul del horizonte se encontraban las costas españolas. Pensar que, hasta hace poco, creíamos que la tierra era plana, era de locura, nadie creía que por estas latitudes existiesen nuevas tierras, hasta la llegada de Colón. ¿Qué no nos quedaría todavía por descubrir?.&lt;br /&gt;Sin darnos cuenta, se nos hecho de nuevo la noche encima. Había luna llena, y su luz iluminaba toda la selva; se reflejaba con una maravillosa intensidad sobre el lecho del río y la superficie del mar, al fondo se trasformaba en un gran espejo plateado, donde se multiplicaba la luna en cada cresta de ola. Allí dejó de llover casi de forma milagrosa, aprovechamos para poner todo a secar e intentar al menos por unas horas olvidar la sensación de humedad continua sobre nuestra piel.&lt;br /&gt;La mañana siguiente, iniciamos la marcha hacia el siguiente monte, bastante más alto que éste y tendríamos una mejor visión del terreno. Llegamos ya entrada la tarde, y mereció la pena llegar hasta allá, el paisaje era increíble. El río era el más grande que jamás había imaginado, su color plateado resaltaba con fuerza sobre el intenso verde selvático, no observándose ningún otro monte en lo que alcanzaba la vista. Selva y más selva, y el omnipresente río, que zigzagueaba por el interior de la selva. Debería desembocar bastante lejos de allí ya que desde nuestra posición no de divisaba donde desembocaba. En él, estuvimos todos de acuerdo sería nuestra vía más rápida de comunicación.&lt;br /&gt;De nuevo comenzó a llover de forma torrencial, tornándose la luz grisácea y dándole un nuevo aspecto a la selva. Allí estuvimos, bajo resguardo de los toldos hasta que después de no sé cuanto tiempo, dejó de llover de forma tan instantánea como empezó. Por otro lado tendríamos la oportunidad de dormir secos otra noche.&lt;br /&gt;Cuando me disponía a recostarme en mi hamaca, vi a lo lejos un extraño reflejo; lo situé al otro lado del río. No podía dar crédito a lo que “podrían” estaba estar viendo mis ojos. Todos estábamos de acuerdo: aquello que estábamos viendo era la luz de un fuego, en algún lugar al otro lado del río. Se veía lejano, pero al mirar más detenidamente con mi catalejo, pude observar como, en efecto, se trataba de una fogata, señal inequívoca de la existencia de indígenas en aquel lugar. Solo quedaba intentar contactar con ellos y ver si eran pacíficos o no. Tras una larga conversación con mis capitanes, por fin, pude retirarme a descansar.&lt;br /&gt;Por la mañana y una vez recogido el campamento, iniciamos el camino hacía el río. Desde donde nos encontrábamos, no parecía mucha la distancia a recorrer, pero imaginaba que una vez en plena selva, no importaría tanto la distancia, sino las complicaciones para recorrerla y, esta vez con la dificultad de la necesidad de llevar el armamento dispuesto por si acaso.&lt;br /&gt;La bajada fue un verdadero calvario. La oculta y exagerada inclinación del terreno, hacía resbalar a los hombres con sus pesadas cargas, y esto sin hacer referencia a la artillería y caballos, porque ésta sí que fue complicada. Lograr bajarlo todo nos costo dos días completos de duro trabajo, pero, al fin, lo teníamos todo abajo.&lt;br /&gt;Allí mismo pasamos la noche, preocupados y alertas por lo que pudiese acontecer. Al iniciar la jornada, comprobamos que allí había mucho más trabajo del que habíamos imaginado. Comparado con la marcha que nos esperaba, la anterior nos pareció un paseo, pero había que comenzar por algún sitio. Así pues, allí mismo, empezamos con toda la paciencia del mudo a cortar ramas a rama, para ir abriéndonos camino. Resultó ser mucho más difícil de lo que ya pensábamos, porque, al terminar la primera jornada, y para nuestro pesar y desánimo, sólo habíamos avanzado unas cuantas leguas&lt;a class="sdendnoteanc" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8273081455983586363#sdendnote2sym" name="sdendnote2anc"&gt;&lt;span style="font-size:78%;"&gt;1&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-size:78%;"&gt;2&lt;/span&gt;.&lt;br /&gt;Con el transcurrir de los días, los hombres iban cogiendo práctica en eso de cortar ramas y cada día avanzamos un poco más rápido hacia nuestro destino. El recorrido no dejaba de asombrarnos a cada paso, la variedad de flores nuevas era interminable, sus coloridos resaltaban con gran belleza entre el intenso verdor de las plantas, como si se resistiesen a fundirse con el resto, fuertes, bellas y desafiantes. En un primer momento pensé en catalogar todas aquellas nuevas flores y plantas, pero mi misión era militar y no botánica, muy a mi pesar.&lt;br /&gt;Para mis hombres pasaban desapercibidos estos detalles, ellos habían sido educados únicamente para lo militar y unido al enorme cansancio, era más normal que no repararan en “florituras”. Estaban todos locos por llegar al río y descansar un par de días tal como les tenía prometido para recuperar algo de las fuerzas perdidas. Jamás recuerdo que se quejaran de nada, ni que pusieran impedimentos de ningún tipo no me había equivocado a la hora de elegirlos y estaba seguro de que me responderían en todo momento.&lt;br /&gt;De repente pillándonos desprevenidos, oímos un grito y otro. Nos quedamos paralizados, hasta que por fin reaccionamos, al darnos cuenta de lo que realmente estaba sucediendo: nos estaban atacando. Inmediatamente abrimos fuego con todo que teníamos a mano, gracias a Dios, al escucharnos, salieron corriendo como locos, señal inequívoca de que era la primera vez que escuchaban y veían armas de fuego. Por desgracia tuvimos nuestra primera baja, falleciendo uno de los ballesteros a causa de un impacto directo en el cuello de una de esas pequeñas fechas envenenadas. Del mismo modo, a causa de las carreras para ponerse a cubierto, hubo dos heridos mas graves, uno en el brazo izquierdo y el otro en el muslo izquierdo, sin que fuesen demasiado importantes las demás heridas sufridas por algunos de los hombres.&lt;br /&gt;Lo que si comprobamos con satisfacción, fue el resultado de los petos metálicos. Este hecho nos tranquilizó al saber que disponíamos de alguna defensa contra estos ataques. Para hacernos realmente daño, tendrían que acertar justo en el cuello, o en la cara, y para ello también encontraríamos una solución.&lt;br /&gt;A partir de ese momento la situación iba a ser distinta ahora tendríamos que ir con la armadura puesta, el mayor tiempo posible con el engorro que esto suponía ya que estaríamos amenazados de forma permanente por algún nuevo ataque con métodos parecidos al ya empleado.&lt;br /&gt;De todas formas reuní a la plana mayor de mis oficiales, con el fin de entre todos, tomásemos las medidas más oportunas para nuestra seguridad, hasta que llegásemos al río. Una vez allí descreeríamos la forma más conveniente de acometer nuestro próximo objetivo.&lt;br /&gt;De ahora en adelante, siempre llevaríamos cinco arcabuceros en cabeza, formando una cadena donde uno a uno y sin perderse de vista, protegerían a los que habrían el camino cortando con sus machetes toda planta que entorpeciera la marcha. De esa forma, si nos atacaban por la vanguardia, nos daríamos cuenta rápidamente y podríamos reaccionar. Sin embargo éste no era mi mayor preocupación; creí que si nos atacaban, sería por la retaguardia, si no teníamos cuidado, podrían ir eliminando poco a poco y casi sin darnos cuenta. Con esta idea, ordené que en la retaguardia fueran siempre agrupados, sin dejar a nadie sólo en la cola, para evitar que lo matasen sin percatarnos. En este punto estuvo todo el mundo de acuerdo e intentaron cumplirlo “a rajatabla”.&lt;br /&gt;El camino se hacía cada vez más tenso. Todos teníamos la impresión de que, en cualquier momento, nos iba a suceder algo, por la “extraña” tranquilidad reinante a nuestro alrededor. Quizá, en el fondo, teníamos la esperanza de que, después de la reacción que tuvimos con las armas de fuego, no osarían atacarnos. Los caballos iban a un paso tranquilo, cargados de bultos; su uso en la selva, nos resultaba de vital importancia para el transporte, pero, dudábamos mucho de su rendimiento en combate, por el espesor de la vegetación. La comida, tampoco era un problema para ellos, diariamente, se daban “atracones” de verde hierba y, como el agua no nos faltaba, el mantenimiento de los mismos, resultaba barato y fácil. Las pequeñas piezas de artillería eran otra historia, pesaban como demonios y, gracias que, entre los caballos, traíamos algunos mulos que iban tirando de ellos, como podían. Teníamos que limpiar los cañones continuamente, para evitar su oxidación por la humedad reinante.&lt;br /&gt;El camino se hacía interminable, los días pasaban tranquilos, pero llenos de trabajo. Teníamos la sensación de estar dando vueltas y vueltas, ya que por la distancia y por el tiempo empleado, tendríamos que haber llegado al río.&lt;br /&gt;En vista de que no da vamos con él. Decidimos destacar unos hombres para que avanzaran más rápido e intentaran llegar al río. Los hombres dispondrían como máximo de una semana para encontrarlo; pasado este tiempo sin resultado, regresarían sobre sus pasos, para modificar el rumbo y en caso de encontrarlo, dejarían allí la mitad de los hombres; regresando el resto para indicarnos el camino correcto.&lt;br /&gt;Al amanecer partieron, según lo indicado, una treintena de hombres. Al despedirnos, les deseamos toda la suerte del mundo, ya que la muestra dependía directamente de la suya. Si éstos volvían sin encontrar el río. Tendríamos que enviar a otros en distinta dirección, y si estos fallaban también, tendríamos que regresar con algunos hombres a la cumbre de la montaña, para intentar orientarnos y, desde allí, enviar las órdenes necesarias para corregir la dirección.&lt;br /&gt;Nuestro gran problema de orientación se debía a que no sé por qué extraño fenómeno, los instrumentos funcionaban, y las copas de los árboles eran tan altas y frondosas que era prácticamente imposible orientarnos con las estrellas. Por ello, teníamos que montar las incómodas expediciones de reconocimiento. Esa noche no pude pegar ojo pensando en el problema que teníamos con la orientación y en la suerte que estarían corriendo los hombres que habían partido. Pero en el fondo tenia la seguridad de ir por buen camino. Decidí quedarnos allí acampados y descansando unos días, en espera de noticias de la expedición. Los hombres estaban cansados de cortar y cortar sin resultado y sin la certeza del ir en la dirección correcta, siendo éste el motivo del insomnio colectivo que padecíamos. Esperaba que el descanso nos relajara a todos un poco y repusiéramos las fuerzas necesarias para continuar.&lt;br /&gt;Al tercer día de su salida, ya estaban de regreso los hombres de la expedición con la buena nueva: habían encontrado el río. Este estaba a tan sólo uno o dos días de camino, ellos habían empleado sólo uno en el regreso, gracias a que el camino ya estaba limpio de plantas.&lt;br /&gt;De inmediato organizamos todo el campamento, recogimos todo lo más rápido posible. Saldríamos ese mismo días, sin más espera, porque cuando estos hombres llegaron, era aún temprano y quería aprovechar el tiempo ahora que sabíamos donde íbamos. Al anochecer, los hombres querían seguir marchando, pero me negué a ello y ordené descansar; nos daba igual llegar un día más tarde, reflexioné más tranquilo, y de ese modo llegaríamos más enteros.&lt;br /&gt;En efecto, a la mañana siguiente, empezamos el trabajo con gran animo esperando llegar ese mismo día y no tener que esperar al siguiente. Con este ánimo, la gente empezó a forzar la marcha con el mayor brío que jamás los había visto, parecía que habían empezando el camino hoy mismo. A eso de la media tarde fue cuando, entre los árboles, apareció por fin el río.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;_____________________________________________________________&lt;br /&gt;&lt;a class="sdendnotesym" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8273081455983586363#sdendnote1anc" name="sdendnote1sym"&gt;1&lt;/a&gt;1 Luis de Uría Capitán de intendencia&lt;br /&gt;&lt;a name="globalWrapper1"&gt;&lt;/a&gt;&lt;a class="sdendnotesym" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8273081455983586363#sdendnote2anc" name="sdendnote2sym"&gt;1&lt;/a&gt;2 La legua es una medida de longitud que expresa la distancia que una persona a caballo puede avanzar en una hora que va de 4 a 7 km más o menos&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8273081455983586363-7252889996966609488?l=elmorrion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmorrion.blogspot.com/feeds/7252889996966609488/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/ii-hacia-el-rio.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/7252889996966609488'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/7252889996966609488'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/ii-hacia-el-rio.html' title='II HACIA EL RIO'/><author><name>Pedro Ignacio Altamirano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17642706570438990808</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_eLgEfuYb4U4/SggAM-shrYI/AAAAAAAAAIQ/jf4bvqMF1wM/S220/APOIII.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-8273081455983586363.post-7425426890273711076</id><published>2009-04-20T13:26:00.000-07:00</published><updated>2009-04-20T13:32:55.261-07:00</updated><title type='text'>I LA LLEGADA</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;I  LA LLEGADA&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;De repente me despertó el frío. Intente abrigarme para seguir descansando, pero las primeras luces del alba, que se colaba entre las rendijas de las escotas de mi camarote me lo impedía. Así pues, y tras el último retozo en esa cama siempre húmeda que comenzaba a odiar, recordé que hoy era el día indicado por el capitán para avistar tierra. Mi primera oración al Santísimo fue para que así fuese después de un larguísimo y cansado viaje.&lt;br /&gt;Subí desde la cámara del Capitán al castillo de popa&lt;/span&gt;&lt;a class="sdendnoteanc" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8273081455983586363#sdendnote1sym" name="sdendnote1anc"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:78%;"&gt;1&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;. Allí, apoyado en el palo de la mesana, me volvió a invadir ese poco de rencor que aún guardo mi hermano Luis. Engaño a mi padre para que me enviara a mí en vez de a él, aduciendo que él tenia que casarse con Doña Catalina, hidalga del Marqués de Río Verde, a quien había dejado embarazada. Hecho este, que al poco de mi marcha, se aclaró en sentido contrario; ni Doña Catalina estaba embarazada, ni deseaban casarse, y ni mantenían relaciones. Así pues y debido al alto linaje de ambas familias, este delicado tema no trascendió más allá de los salones del Palacio de Río Verde, y como yo además, yo tenía fama de aventurero y alocado, les fue fácil justificar ante la corona enviarme a mí, en vez de a mi hermano Luis, mucho más diestro en los temas militares, haciendo ver que me ofrecía voluntariamente y de muy buen grado. A cambio, y en pago a mi esfuerzo y silencio,eso sí, se amplió mi participación en los derechos hereditarios de la fortuna de la familia, cosa esta que la verdad, no me parecía suficiente, en comparación con lo que se me venía encima, pero, en fin, la cosa estaba hecha.&lt;br /&gt;Hacia el mediodía, el vigía nos anunciaba el avistamiento de tierra firme, con la lógica algarabía a bordo de la Nao capitana Nuestra Señora del Rosario&lt;/span&gt;&lt;a class="sdendnoteanc" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8273081455983586363#sdendnote2sym" name="sdendnote2anc"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:78%;"&gt;2&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt; y de la Rata Coronada&lt;/span&gt;&lt;a class="sdendnoteanc" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8273081455983586363#sdendnote3sym" name="sdendnote3anc"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:78%;"&gt;3&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;, ya que las otras dos, la Gerona y la San Esteban, teóricamente, habrían perdido dos días con respecto a nosotros, según los cálculos del Capitán Cristóbal García de Ávila&lt;/span&gt;&lt;a class="sdendnoteanc" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8273081455983586363#sdendnote4sym" name="sdendnote4anc"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:78%;"&gt;4&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;, que mandaba la flotilla&lt;/span&gt;&lt;a class="sdendnoteanc" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8273081455983586363#sdendnote5sym" name="sdendnote5anc"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:78%;"&gt;5&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;. Bajo mi mando, y con la inestimable ayuda de diez capitanes de reconocida y sobrada experiencia, mas de 350 hombre, algunos caballos, y artillería ligera. Todo ello pagado por la fortuna de mi Padre, y en parte mía, a cambio de títulos y tierras para nuestra familia.&lt;br /&gt;Mientras nos acercábamos a la costa, pregunté al capitán que me indicara en las cartas&lt;/span&gt;&lt;a class="sdendnoteanc" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8273081455983586363#sdendnote6sym" name="sdendnote6anc"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:78%;"&gt;6&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;, el lugar donde habíamos llegado, a lo que me contestó que estábamos bastante más al sur de Puerto España, pero que no me lo podía garantizar al no disponerse de cartas fiables de navegación de aquella zona. Que aprovecharía la estancia por allí para corregir en lo posible las cartas ya que tendría que necesitarlas para volver a por nosotros cuando fuese necesario, la mismo tiempo que aumentar la seguridad de la navegación por aquellas costas tan traicioneras.&lt;br /&gt;Unas horas después, echábamos las anclas lo mas cerca de la costa posible y con la alegría consiguiente, los hombre comenzaron los preparativos para el desembarco. El primero en realizar el mismo, fue un grupo de cincuenta hombres armados con arcabuces&lt;/span&gt;&lt;a class="sdendnoteanc" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8273081455983586363#sdendnote7sym" name="sdendnote7anc"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:78%;"&gt;7&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;, en cinco barcazas, para segurar la playa y vigilar, durante el desembarco de los demás. Al llegar a tierra, avanzaron con la máxima cautela, atentos a cualquier contingencia que pudiese surgir desde la selva.&lt;br /&gt;Al llegar al borde de la selva, que se encontraba muy cerca de la amplia playa repleta de palmeras, avanzaron de forma lenta unos cientos metros; sin encontrar señales de peligro alguno. Al poco nos hicieron señales indicando que podíamos empezar el desembarco en cuanto estuviese todo dispuestos.&lt;br /&gt;Desembarqué en la primera barcaza. Lo primero en encontrar extraño fue la arena: muy fina, de color blanco, casi trasparente, tanto, que no se distinguiría donde termina la orilla, al no ser por el reflejo de las palmeras sobre el agua caliente de la playa, y la extrema humedad que lo empapaba todo de forma continua.&lt;br /&gt;Al poco, con todos los pertrechos extendido sobre la playa, los hombres comenzaron a organizar y montar las tiendas. Montaje que ordené parar al poco a causa del sofocante calor y la humedad, que hacía que esos momentos cada esfuerzo que se realizara no haría otra cosa que cansar a los hombres, al margen que la tropa prefería dormir a descubierto, ahorrándose, de camino, montar y desmontar un buen número de tiendas.&lt;br /&gt;Una vez con todo organizado, celebramos una reunión alrededor de unos candiles que tuvimos que apagar a causa de la cantidad de insectos que atrajeron. Asistieron, además los capitanes de las dos Naos, los oficiales y representantes del clero, a quines comuniqué las normas de conducta que habrían de seguir mientras permaneciéramos en aquel lugar, en espera del resto de la expedición, si es que ésta conseguía llegar, para emprender la misión. Del mismo modo y en vista de la intensidad de la lluvia ordené que parte del velamen de reserva de las naos, se utilizara inmediatamente para confeccionar toldos que reforzaran las tiendas, por la lluvia que pudiera caer por estas tierras, durante nuestra expedición.&lt;br /&gt;Con las tropas que habían llegado en las dos primeras naos, de dispusieron dos compañías de cien hombres cada una, destinando cincuenta a intendencia, en espera de la llegada del resto de la expedición en las que llegarían los cien hombre que faltaban. El oficial de guardia se encargó de organizar la vigilancia del campamento ya que, aunque no se percibió peligro alguno, no podíamos confiarnos ni un solo instante.&lt;br /&gt;Concluida la reunión, me retiré a mi camastro, instalado entre los dos gruesos troncos de dos palmeras, me tumbé y a pesar de lo húmedo de la noche, que nos hacía sudar a todos como condenados a muerte, quede dormido de forma profunda. De repente, me desperté bajo una tromba de agua indescriptible. Los hombres ya se encontraban tapando las municiones y demás pertrechos en el intento de que no terminaran pudriéndose. De inmediato, y con algo de remordimiento por mis hombre, me trasladé a la nao, donde todavía se espetaba mi camarote con mi cama y sábanas, que aunque durante el viaje me resultaron húmedas, en ese momento me parecieron secas y muy confortables.&lt;br /&gt;Al despertar, la lluvia continuaba cayendo, aunque no con tanta intensidad. Pasé el resto de la mañana en el barco comprobando nuestras inexactas cartas de navegación, intentando averiguar donde estábamos y atendiendo las novedades que me traían desde tierra. Ya por la tarde, vino a hablar conmigo el oficial de guardia, para comunicarme que una patrulla había visto unas montañas. Lo suficientemente altas, como para que pudiésemos tener una visión general del terreno.&lt;br /&gt;Para llevar a cabo esta misión, escogí como responsable a González Ledesma&lt;/span&gt;&lt;a class="sdendnoteanc" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8273081455983586363#sdendnote8sym" name="sdendnote8anc"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;8&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;, a mi parecer el oficial más aguerrido e indicado para adentrarse por primera vez en la selva. Acompañándole para este menester, diez infantes armados con arcabuces y pertrechos suficientes para una semana.&lt;br /&gt;Una vez llegaran a la cima del monte más alto, debería realizar un plano de la zona, con la mayor cantidad de detalles posibles, a la vez que intentar localizar manantiales de agua potable y comida que pudiéramos utilizar en caso de urgencia o necesidad extrema. González Ledesma debería prepararlo todo para partir lo antes posibles, ya que hasta que no regresara con noticias no nos adentraríamos todos en la misma.&lt;br /&gt;En la playa, permanecía constantemente encendida una fogata que, durante la noche alumbraba la costa, y durante el día, ayudada por un baño de aceite que provocaba una columna de humo que servía de señal al resto de las naves en su intento de localizarnos. Esto era relativo, dado que estas señales sólo se podían divisar desde una corta distancia, pero, si se acercaban a la zona, les sería de gran utilidad.&lt;br /&gt;Horas después a González Ledesma que partiera sin más dilatación y, tras darle las últimas ordenes y pasar revista a los hombres que con él partían, emprendió la marcha. La verdad es que eran los más expertos; todos habían estado ya en campañas, y aunque algo indisciplinados y con no muy buena “pinta”, eran los únicos seguros para llevar a buen fin la misión, por lo que estaba totalmente convencido de su éxito.&lt;br /&gt;Mientras tanto, nosotros continuamos esperando a los demás, aprovechando el tiempo para buscar algún sitio seguro donde construir un embarcadero. Madera no nos faltaba y contentaba al capitán, quien no paraba de indicarme el peligro que corrían las naos fondeadas al pairo de ser dañadas por un fondo tan rocoso y poco conocido.&lt;br /&gt;Gracias al Santísimo y a la Virgen del Carmen, tercer día de la partida de González Ledesma, por fin aparecieron en el horizonte las Velas de la Gerona&lt;/span&gt;&lt;a class="sdendnoteanc" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8273081455983586363#sdendnote9sym" name="sdendnote9anc"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:78%;"&gt;9&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt; y la San Esteban&lt;/span&gt;&lt;a class="sdendnoteanc" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8273081455983586363#sdendnote10sym" name="sdendnote10anc"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;1&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;span style="font-size:78%;"&gt;0&lt;/span&gt; con el resto de la expedición. Ya sólo faltaba el regreso de González Ledesma con sus informes, para comenzar a adentrarnos en aquellas desconocidas tierras, hecho éste que se produjo junto una semana después.&lt;br /&gt;En el mismo instante de llegar González Ledesma y sin darle un momento para descansar, me reuní en privado con él para analizar el informe de la misión. Básicamente, el informe nos informaba que estábamos en una zona de abrupta vegetación y muy húmeda, por la cantidad de afluentes y riachuelos de un gran río que se divisaba a lo lejos, detrás de los montes. No habían tenido contacto alguno con indígenas, con la ventaja que esto suponía para la tranquilidad de la misión. Del mismo modo, tampoco vieron un lugar más seguro para las naos que el actual, y lo más importante para la misión, las montañas sólo eran unas pequeñas elevaciones sin continuación y tras ellas aparecía una interminable extensión selvática, bañada por ese inmenso río, todo un enigma se abría ante nosotros.&lt;br /&gt;Al terminar la reunión, hice una exposición detallada de los planes que seguidamente a la vista de lo expuesto por González Ledesma. Al no existir señales de vida por allí, y en vista de lo espeso de la selva, no construiríamos el embarcadero. Todo lo contrario, decidí despedir las cuatro naos con toda la información recopilada hasta la fecha y con las ordenes oportunas a su llegada a España, quedamos en volver a vernos en aquel mismo lugar dos años después.&lt;br /&gt;Una vez perdimos de vista en el horizonte a aquella pequeña flotilla de naves, partimos todos hacia nuestro primer objetivo: el río.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;_____________________________________________________________&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;a class="sdendnotesym" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8273081455983586363#sdendnote1anc" name="sdendnote1sym"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;1&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt; Castillo de Popa, parte elevada en la zona trasera de los barcos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;a class="sdendnotesym" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8273081455983586363#sdendnote2anc" name="sdendnote2sym"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;2&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Nao de 1.150 tn, 46 cañones, 118 tripulantes y hasta 304 infantes.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;a class="sdendnotesym" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8273081455983586363#sdendnote3anc" name="sdendnote3sym"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;3&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Nao de 820 tn, 35 cañones, 84 tripulantes y hasta 335 infantes.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;a class="sdendnotesym" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8273081455983586363#sdendnote4anc" name="sdendnote4sym"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;4&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Capitán de la Nao Capitana Ntra. Sra. del Rosario.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;a class="sdendnotesym" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8273081455983586363#sdendnote5anc" name="sdendnote5sym"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;5&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Grupo pequeño de barcos, cuando son en mayor número se denomina Flota.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;a class="sdendnotesym" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8273081455983586363#sdendnote6anc" name="sdendnote6sym"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;6&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Planos de los mares, costas y fondos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;a class="sdendnotesym" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8273081455983586363#sdendnote7anc" name="sdendnote7sym"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;7&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt; El arcabuz es una antigua arma de fuego de avancarga, antecesor del mosquete. Su uso estuvo extendido en la infantería europea de los siglos XV al XVII.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;a class="sdendnotesym" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8273081455983586363#sdendnote8anc" name="sdendnote8sym"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;8&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Capitán de Infantería de la máxima confianza y experiencia.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;a class="sdendnotesym" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8273081455983586363#sdendnote9anc" name="sdendnote9sym"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;9&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;Nao de 701 tn, 50 cañones, 120 tripulantes y hasta 169 infantes.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;a class="sdendnotesym" href="http://www.blogger.com/post-create.g?blogID=8273081455983586363#sdendnote10anc" name="sdendnote10sym"&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;1&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:verdana;font-size:85%;"&gt;0 Nao de 736 tn, 26 cañones, 68 tripulantes y hasta 169 infantes.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/8273081455983586363-7425426890273711076?l=elmorrion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://elmorrion.blogspot.com/feeds/7425426890273711076/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/i-la-llegada.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/7425426890273711076'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/8273081455983586363/posts/default/7425426890273711076'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elmorrion.blogspot.com/2009/04/i-la-llegada.html' title='I LA LLEGADA'/><author><name>Pedro Ignacio Altamirano</name><uri>http://www.blogger.com/profile/17642706570438990808</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='27' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_eLgEfuYb4U4/SggAM-shrYI/AAAAAAAAAIQ/jf4bvqMF1wM/S220/APOIII.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
